Lecturas: Is 11, 1-10; Rom 15, 4-9; Mt 3, 1-12.

La hermosa lectura de Isaías, que es la base bíblica de los siete dones del Espíritu Santo, expresa el sueño de paz que esperamos ver cumplido con la venida del Salvador. La imagen del lobo habitando con el cordero, de la pantera echada con el cabrito, el novillo y el león paciendo juntos apacentados por un muchachito, es una imagen elocuente de un mundo en el que la violencia ha sido erradicada.

Este sueño que nos parece lejano, casi imposible en un mundo como el nuestro, es un sueño posible que empieza a cumplirse desde el momento en el que cada uno de nosotros abraza los principios de la no-violencia. Estos principios se plasman en el modo de vida de Jesús. Jesús es el hombre en quien se posa el Espíritu del Señor, espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de piedad y temor de Dios.

Nos dice Isaías que este hombre del Espíritu no juzgará por apariencias, ni sentenciará de oídas; defenderá con justicia al desamparado y con equidad dará sentencia al pobre; herirá al violento con el látigo de su boca, con el soplo de sus labios matará al impío. Será la justicia su ceñidor, la fidelidad apretará su cintura.

Jesús, en efecto, no se dejó llevar por apariencias, juicios, prejuicios ni etiquetas. Todas esas cosas nos alejan de los demás, nos alienan de la vida. Él mantuvo un compromiso continuo con la equidad y con el cuidado de las necesidades de todos. Y eso mismo es lo que nos invita a hacer a nosotros.

El mundo está colapsando en muchos sentidos, y ninguno de nosotros tiene la solución completa para empezar a revertir la violencia y a lograr que el sueño expresado por Isaías se empiece a hacer realidad. Pero si cambiamos la manera como nos relacionamos unos con otros, eso puede ser el inicio de algo distinto.

Muchos de nosotros nos sentimos sobrepasados por la violencia que está sucediendo en el mundo y en nuestro país cada día. Los signos de violencia de todo tipo se multiplican: violencia común, violencia del crimen organizado, violencia intrafamiliar, violencia económica, ecológica, planetaria. Muchos queremos comprometernos con el cambio social, pero nos encontramos desalentados por lo que podemos conseguir y no sabemos por dónde empezar.

Quizá una forma posible de empezar a sembrar no-violencia, y que además está al alcance de nuestra mano, es comenzar a practicar una comunicación menos violenta y más compasiva. Una forma de dirigirnos a nosotros mismos y a los demás desde otra conciencia, libre de juicios y palabras acusadoras. Una manera de alinear nuestros pensamientos y nuestras acciones con el amor a la verdad y con el valor de la expresión auténtica y la escucha empática.

Si asumimos cabalmente una serie de principios básicos en nuestro pensar, en nuestro hablar y en nuestro actuar, podemos empezar a generar cosas que estén en sintonía con el tipo de mundo que queremos crear, un mundo que funcione para todos. Podremos entonces proponer cosas, no sólo oponernos. Podremos idear nuevos modos de relación que apunten hacia el futuro, hacia el cambio de las estructuras que gobiernan nuestra vida.

Uno de estos principios básicos a los que me refiero es el de la fraternidad universal. Muchas tradiciones, incluido el catolicismo, comparte este principio. “Uno es el Padre de todos y todos ustedes son hermanos” decía Jesús. Podemos traducir este supuesto en otras palabras: todos los seres humanos compartimos las mismas necesidades. Todos tenemos las mismas necesidades, aunque las estrategias que usamos para satisfacerlas pueden ser distintas. 

Los seres humanos de todo tiempo y lugar, de toda raza y religión, compartimos las mismas necesidades fundamentales. Aquello que nos mueve a hacer lo que hacemos, aquello que todos los seres humanos valoramos para tener una vida plena, se puede resumir en pocas palabras. Aunque la lista de necesidades humanas puede variar un poco, en general ésta se reduce a un centenar de palabras a lo mucho.

Todos necesitamos alimento, comodidad, movimiento, relajación, descanso, seguridad, abrigo, agua. Todos necesitamos ver y ser vistos, escuchar y ser escuchados, tocar y ser tocados, amar y ser amados. Todos necesitamos conexión,  aceptación, afecto, reconocimiento, cuidado, pertenencia. Todos necesitamos cooperación, comunicación, cercanía, compañerismo, consideración, compasión, empatía. Todos necesitamos inclusión, intimidad, mutualidad, respeto, sentirnos a salvo, confianza, calidez. Todos necesitamos celebrar, reír, jugar, trascender. Todos necesitamos libertad de elección, sentido de vida, vivir de acuerdo a nuestros valores, opciones y sueños…

Cuando nos movemos desde la conciencia de las necesidades fundamentales, y aprendemos a diferenciar las necesidades de las estrategias, podemos empezar a aportar a la no-violencia. Porque los conflictos ocurren al nivel de las estrategias, no al nivel de las necesidades. Para cada necesidad existen muchísimas estrategias o formas posibles de satisfacerlas. Podemos encontrar formas de satisfacer nuestras necesidades, atendiendo a la vez a las necesidades de los demás.

Generalmente los conflictos son causados por desacuerdos sobre las estrategias o formas de satisfacer una necesidad, ya que tendemos a defender una posible estrategia o solución, y apegarnos a ella, con la intensidad con la que buscaríamos satisfacer una necesidad básica. Identificar claramente cuál o cuáles necesidades tenemos en el momento, es muy importante, porque nos da la oportunidad de revisar las estrategias que estamos empleando, si éstas perturban nuestra relación con otros, o nuestro propio bienestar. Esta es una manera práctica, concreta, de empezar a hacer posible el sueño de Dios expresado en las lecturas de hoy.

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

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