XXXIV DOMINGO ORDINARIO, CICLO B

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Lecturas: Dn 7,13-14; Ap1, 5-8; Jn 18, 33b-37.

 

El proclamar a nuestro Señor Jesucristo como Rey del Universo nos puede llevar a equívocos. Podemos pensar que Él es un rey autárquico, que ejerce el dominio como los seres humanos lo hacemos. Pero no es así. En el evangelio de Marcos, inmediatamente después del logion de Jesús: “muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros”, el evangelista narra lo siguiente:

 

“Iban de camino, subiendo hacia Jerusalén. Jesús iba adelante y ellos se sorprendían; los que seguían iban con miedo. Él reunió otra vez a los Doce y se puso a anunciarles lo que le iba a suceder: Mirad, estamos subiendo a Jerusalén y el hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y los letrados, lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos, que se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y le darán muerte, y al cabo de tres días resucitará.

 

“Se le acercaron los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir. Les preguntó: ¿Qué queréis de mí? Le respondieron: Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda. Jesús replicó: No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber la copa que yo he de beber o bautizaros con el bautismo que yo voy a recibir? Ellos respondieron: Podemos. Jesús les dijo: La copa que yo voy a beber también la beberéis vosotros, el bautismo que yo voy a recibir también lo recibiréis vosotros; pero sentaros a mi derecha y a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes está reservado.

 

“Cuando los otros lo oyeron, se enfadaron con Santiago y Juan. Pero Jesús los llamó y les dijo: Sabéis que entre los paganos los que son tenidos por gobernantes tienen sometidos a los súbditos y los poderosos imponen su autoridad. No será así entre vosotros; más bien, quien entre vosotros quiera llegar a ser grande que se haga vuestro servidor; y quien quiera ser el primero que se haga esclavo de todos. Pues el hijo del hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por todos.” (Mc. 10, 32-45)

 

Cuando Jesús ya había abrazado su destino de cruz como la consecuencia de su fidelidad a Dios y a nosotros, asumió para sí el título de “hijo de hombre.” (Haya sido Jesús mismo el que asumiera ese título, o haya sido la primera comunidad cristiana la que se lo diera, es por el momento irrelevante). La figura misteriosa del “hijo de hombre” aparece en el libro de Daniel: “Mientras miraba, en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin.”

 

Jesucristo es este hijo de hombre a quien le ha sido dado poder real y dominio eterno, porque él es el “testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra.” Porque él “nos ama, y nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre.” Por eso podemos cantar jubilosos: “¡A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos! ¡Amén!” Porque “Él viene en las nubes. Todo ojo lo verá; también los que lo atravesaron. Todos los pueblos de la tierra se lamentarán por su causa.” Porque Él es “el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que viene, el Todopoderoso.”

 

Jesucristo es presentado como Pantókrator. Pero este todo-poder de Jesucristo no tiene nada que ver con el “todo-poder” que los humanos ejercemos. Su “todo-poder” es el más vulnerable, el más desnudo y frágil de cuantos poderes puedan existir en el mundo. Es el todo-poder del Amor, que en realidad es un “nada-poder”; porque el amor nunca se impone por la fuerza, únicamente se entrega en gratuidad.

 

Esta es la razón por la cual Jesús tuvo a buen recaudo el nunca presentarse a sí mismo como rey, ni como mesías. Únicamente cuando le presentaron desnudo y desvalido ante Pilato para ser condenado a muerte, es cuando se manifestó a sí mismo como rey.

Pilato le dijo: “Conque, ¿tú eres rey?” Y Jesús le contestó: “Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.” Y también aclaró: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.”

 

El reino de Jesús no es como los de este mundo, que suelen gobernar por la violencia. Su gobierno no es como el de los gobernantes que someten a los súbditos e imponen su autoridad. Su reino es de humilde servicio. En estos tiempos en los que se escuchan de tantos modos las amenazas de los poderosos sobre los débiles, es reconfortante volver la mirada al único Señor, Jesús, Príncipe de la Paz. Y otorgarle sólo a Él nuestra adoración, con gestos efectivos de humilde servicio y de perdón.

 

Este Rey nos decía: no juzgues a nadie y no serás juzgado; con la medida que midas serás medido. Desde el momento en que ponemos la etiqueta de “malo” a quien sea, o que calificamos de “bueno” a alguien, estamos contribuyendo a que se perpetúe la violencia en el mundo, esa violencia que grita ¡castigo! para los “malos” y ¡recompensa! para los “buenos”. Ante tantos actos de terror como hay en el mundo, lo que nos queda es multiplicar los actos de servicio y perdón humilde, de amor incondicional que -en medio de tanta barbarie- vemos florecer en algunos seres humanos por igual, sean de este o aquel grupo, religión o país. Solamente así habrá paz y seguridad duraderas en el mundo.

 

Marshall Rosenberg decía: “…las acciones motivadas por el deseo de castigar generan represalias del otro lado, y las acciones motivadas por un deseo de paz generan actos de paz del otro lado. En ambos casos las acciones crean ciclos que continúan por años, generaciones, siglos… Si hay una respuesta al enorme problema que tenemos delante, es buscar soluciones que satisfagan las necesidades de todos los involucrados. Esto no es idealismo utópico: he visto soluciones así crearse —una y otra vez— alrededor del mundo.”

 

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

 

Imagen destacada: Cristo Pantocrátor, en la Iglesia de Santa Sofía en Estambul.

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