XXX Domingo Ordinario

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Lecturas: Eclo 35, 15-17.20-22; 2Tim 4, 6-8. 16-18; Lc 18, 9-14.

 

La parábola del fariseo y del publicano refleja la controversia histórica entre la sinagoga y la Iglesia naciente. Estamos en los años en los que -a causa de la destrucción del Templo de Jerusalén- el judaísmo rabínico se prepara para subsistir, y el cristianismo se está separando dramáticamente del judaísmo. Como bien dice Xavier Pikaza, tanto el judaísmo rabínico como el naciente cristianismo, libraban una batalla por la recta interpretación de la herencia de Israel, desde la perspectiva de cada uno:

“Los cristianos lo hacen en línea mesiánico-universal, los fariseos en línea legal-nacional. Es lógico que los cristianos critiquen a los fariseos, pero lo hacen casi siempre «desde dentro», es decir, oponiéndose al riesgo de fariseísmo desde el interior del judaísmo, entendido por ellos en versión mesiánica… los cristianos acusan a los fariseos de hipocresía, es decir, de proponer y cultivar una religión sin libertad interior, más centrada en las leyes externas que en la libertad mesiánica…Éstas y otras críticas hay que situarlas en su contexto, desde la doble perspectiva del cumplimiento o de la aplicación de la Ley israelita, al interior del judaísmo, del que cristianos y fariseos forman parte. En esa línea se sitúa la parábola del fariseo y del publicano de Lc 18, que es la que mejor refleja la polémica anti-farisea de los cristianos”

Según este párrafo de Pikaza, el evangelio de hoy nos alerta sobre el peligro de vivir un cristianismo “fariseo”, un cristianismo sin libertad, legalista y demasiado satisfecho de sí mismo. Un cristianismo postizo de hueca vanagloria que -como el Talmud decía de los fariseos “negativos”- hace que el seguidor de Jesús se presente como:

 

  • El cristiano del hombro, que lleva su religión como una carga. Por eso va encorvado, bajo el peso de los mandamientos, como si llevara siempre un fardo sobre los hombros. Como su esfuerzo es mucho, quiere que todos vean la carga que lleva, el peso de ser «bueno».
  • El cristiano del cálculo, que obra por interés, dispuesto a hacer «obras de caridad», pero sólo para que lo vean. Lleva su contabilidad espiritual, calculando el provecho de sus obras, más ante los hombres que ante Dios.
  • El cristiano ciego, siempre triste y cabizbajo. Anda así para evitar las malas obras; cierra los ojos, para no caer en la tentación. Cuando pasa cerca de una mujer hermosa no la mira, para no mancharse, con el riesgo de caer en el hoyo o darse contra la pared. Ni disfruta ni deja disfrutar a los demás, pues su religión es pura represión y ceguera.
  • El cristiano campanilla, que obra por ostentación religiosa y social. Se llena de rosarios, novenas y devociones para que lo vean. Hace notar cuán piadoso es y qué buen ejemplo nos da, cual si fuera el único responsable de la salvación del mundo.
  • El cristiano contador, que va calculando sin cesar el haber y el debe de su cuenta religiosa. Capitalista de la religión que calcula bien sus méritos y el capital espiritual del que dispone.
  • El cristiano del temor, que no ama a Dios por sí mismo, sino por temor al castigo. Cristiano empequeñecido, que piensa que a Dios le gusta tenernos sometidos[1].

Todos estos “cristianos” no son los cristianos del amor, que aman a Dios por el gozo de amarle. No son los cristianos que se parecen al Padre, que intentan amar gratuitamente a todos sus hermanos y que, como Dios mismo, no se dejan impresionar por apariencias. Los cristianos que, a ejemplo de su Buen Dios, no menosprecian a nadie por ser pobre y escuchan las súplicas del oprimido; no desoyen los gritos angustiosos del huérfano ni las quejas insistentes de la viuda.

Hoy en día es indispensable volver a la religión del amor, y no de la vanagloria. Al cristianismo que hace vida las palabras del libro del Eclesiástico que escuchamos hoy. Un cristianismo en el que los publicanos de hoy, como el de la parábola, “bajen a su casa justificados”, pues saben que Dios se ocupa de ellos.

Es indispensable recordar que Dios escucha las súplicas de todos los “publicanos” de hoy. Que “el Señor no está lejos de sus fieles”. No está lejos, al contrario, está muy cerca de los huérfanos, de los niños golpeados por la pobreza desde antes de nacer, los niños callejeros y muchas veces explotados de nuestras ciudades.

El Señor está muy cerca de los pobres, de los jóvenes que no encuentran su lugar en la sociedad, porque no tienen oportunidades de capacitación y ocupación. Dios escucha las súplicas de los oprimidos, de los indígenas y afroamericanos, que son los más pobres entre los pobres.

El Señor no está lejos de los campesinos, privados de su tierra y sometidos a sistemas de comercialización que los explotan. El Señor no desoye el grito angustioso de los obreros mal retribuidos, y con dificultades para organizarse y defender sus derechos; o de los subempleados y desempleados, despedidos por las duras exigencias de crisis económicas.

El Señor no desoye las quejas insistentes de los marginados y hacinados urbanos, que sufren el doble impacto de la carencia de bienes materiales y la ostentación de la riqueza de otros sectores sociales. Él atiende a los ancianos y las viudas, cada día más numerosos y frecuentemente marginados de la sociedad del progreso, que prescinde de las personas que no producen.

 

Todos estos “publicanos” de hoy, son los rostros sufrientes de Cristo[2], el Hijo amado de Dios a quien nos dirigimos y le decimos con humildad: “Apiádate de mí, que soy un pecador”.

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

[1] Las ideas aquí recogidas se encuentran en la voz FARISEOS, en PIKAZA,X, & AYA,A, Diccionario de las tres religiones. Judaísmo, Cristianismo e Islam, Verbo Divino 2008, pp. 417-421.

[2] Según nos recuerda el Documento conclusivo de la III CELAM en Puebla, México 1979, nos. 31-39.

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