XXX DOMINGO ORDINARIO, CICLO A

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Lecturas: Ex 22, 20-26; 1Tes 1, 5-10; Mt 22, 34-40.

 

Ya son varios domingos en los que el evangelio nos ha presentado las controversias que Jesús afronta con el grupo de los saduceos y los sumos sacerdotes. Esta vez Jesús se encara con el grupo de los fariseos. Uno de ellos, versado en la Ley, le plantea una pregunta con la que pretende ponerlo a prueba. A ver qué es capaz de contestar este Jesús, a quien el pueblo tiene por Rabbí, a una pregunta capciosa: ¿Cuál de los 613 preceptos, entre mandamientos y prohibiciones que los fariseos habían deducido de la Ley de Moisés, era el más importante?

El doctor de la Ley quizá esperaba que Jesús se quedara callado o no supiera qué responder. Pero no fue así. Con aplomo y claridad, Jesús hace alusión al Shemá, la oración que todo buen judío recitaba por lo menos tres veces al día: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es solo uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas.” (Dt 6, 4-5). Ése es el más grande y primero de los mandamientos. Para Jesús está bien claro que Dios nos invita a vivir en el amor, a amarle ante todo a Él, amar lo que Él ama y amar como Él ama.

Por eso, Jesús introduce una novedad en su respuesta, al unir a este precepto del Deuteronomio, otro mandamiento tomado del libro del Levítico, que “baja a la tierra” el amor a Dios: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19, 18). No sólo se trata de no ser vengativo ni guardar rencor a tu propia gente, sino de amar positivamente al otro como a ti mismo.

Shemá, escucha Israel. Éste es el primer mandamiento. ¡Qué importante es saber escuchar! Escuchar a Dios, escuchándome a mí mismo con autenticidad, para comprenderme y cuidarme. Escuchar al otro con empatía, para comprenderlo y ayudar a que cuide de sí. Los ídolos “tienen oídos pero no escuchan”; en cambio, el Dios vivo sabe escuchar de corazón. Por eso Pablo exhorta a los tesalonicenses a “abandonar a los ídolos y a convertirse al Dios vivo y verdadero para servirlo”.

La verdad es que no sabemos escuchar. “Una cosa es escuchar sólo con los oídos. Escuchar para comprender es otra cosa muy distinta. Pero la escucha del espíritu no se limita a una sola facultad, del oído o de la mente. Exige el vacío de todas las facultades. Y cuando las facultades están vacías, todo el ser escucha. Es entonces cuando se da un conocimiento directo de lo que está ahí más allá de ti, de aquello que nunca se podrá escuchar con el oído o entender con la mente.[1]

Thomas Bond dice que “la escucha empática es la práctica básica que me lleva a la compasión. Es algo bastante simple, y a la vez es todo un reto. Desde pequeños, y en la mayor parte de nuestra vida adulta, hemos aprendido a escuchar con la mente, a menudo con una finalidad diferente de conectar con la persona con que estamos. Mientras escuchamos a la gente, nos centramos en el futuro “¿Qué puedo decir como respuesta?” o “¿Cómo puedo solucionar este problema?” Otras veces nos vamos al pasado, “¿Qué es lo que me recuerda esto?” Mientras pensamos estas cosas, nos distraemos del momento, nos desconectamos y somos menos capaces de entender lo que la otra persona está experimentando.

“Entonces descubrimos la empatía. La empatía es la exploración de nuestra experiencia humana… nuestros sentimientos… nuestras necesidades… nuestra energía vital tratando de emerger y guiarnos. Es el cuestionamiento consciente y la curiosidad genuina sobre lo que está vivo a cada momento, en nosotros y en los demás. La empatía nos permite conectar en un plano más profundo y, a veces incluso abrirnos a la escucha del espíritu. La empatía nos permite descubrir lo que el otro realmente necesita en ese momento.

“La posibilidad de estar presentes en esta forma nos desafía a muchos de nosotros, seres humanos del siglo 21 altamente capacitados para pensar… y no simplemente para escuchar. A menudo, cuando estamos tratando de ser empáticos, podemos decir cosas que no nos conectan con la otra persona. Podemos aconsejar, dar soluciones, minimizar la situación, tratar de resolverla… Este tipo de respuestas tienden a llenar el espacio, no a abrirlo. Solamente la empatía puede ayudarnos a optar por una conexión más profunda. [2]

Si verdaderamente escuchamos con profundidad empática, entonces también nos moveremos a un amor que no se queda únicamente en bellas palabras o en buenas intenciones, sino que pasa a la acción. Un amor que se manifiesta en las obras, como tan claramente nos dice el libro del Éxodo que hoy escuchamos. Este libro cita al extranjero, a la viuda, al huérfano, al pobre; es decir, a todos aquellos necesitados que no tenían ni marido, ni padre, ni tribu ni clan que los protegiese.

La escucha empática nos lleva a liberar la energía amorosa divina que actúa en nuestro interior y que nos conecta con la compasión. Entonces no solamente amamos a Dios, sino que amamos lo que Él ama, y amamos como Él ama. Amamos preferentemente a nuestros hermanos más necesitados, reconociéndonos nosotros mismos en todos esos necesitados: “No hagas sufrir ni oprimas al extranjero, porque ustedes fueron extranjeros en Egipto”. Los seres humanos podemos encontrarnos los unos con los otros , porque todos tenemos las mismas necesidades.

Nuevamente podemos reconocer en los mandamientos citados por Jesús el fundamento de toda la ley y los profetas, el fundamento también de la comunicación compasiva y no violenta. Practicar este nuevo lenguaje, con el que damos desde el corazón, nos lleva a hacernos imitadores del Señor Jesús quien – en medio de muchas tribulaciones y con la alegría que da el Espíritu Santo- ama a los necesitados hasta dar su vida por ellos.

 

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

 

[1] Esto dice Chuang Tzu.

[2] Los textos son del Compassion course on line 2014 de Thom Bond, del NYCNVC.

 

Imagen destacada: Coptic (6th Century ). Icon depicting Abbott Mena with Christ, from Baouit (6th-7th Jh)Actualmente en Paris, Musée du Louvre.

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