XXVII DOMINGO ORDINARIO, CICLO B

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Lecturas: Gn 2, 18-24; Heb 2,8-11; Mc 10, 2-16.

 

Las tres lecturas de hoy cuadran perfectamente con el tema de la igualdad. Aunque han podido ser leídas en otra clave, tanto la lectura del Génesis como la del Evangelio contextualizan la igual dignidad de hombres, mujeres y niños, en culturas en las que estos tres no gozaban de los mismos derechos ni prerrogativas. Ni la cultura mesopotámica, de la que brotó el Génesis, ni la cultura judaica, de la que brotaron las palabras de Jesús, concedían a las mujeres y a los niños ningún derecho; prácticamente ellos no contaban en la sociedad. El texto del Génesis, y más aún Jesús con su comportamiento, pone en plano de igualdad a los tres. Y esto sí que es una buena noticia.

Por tanto, me parece que el evangelio de hoy no habla de moral de la sexualidad, sino de una igualdad de derechos basada en una igual dignidad, cuando a la pregunta de los fariseos: “¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?”, Jesús antepone la ley del Creador a la ley de Moisés, diciendo: “Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto (Moisés permitió divorciarse, dándole a la mujer un acta de repudio…). Pero al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.”

La ley de Moisés no era equitativa. El varón podía repudiar a la mujer por cualquier cosa, por pequeña que fuera, pero la mujer no podía hacer lo mismo. Jesús en cambio, recuerda la Ley del Principio: varón y mujer tienen la misma dignidad de personas, los mismos derechos, las mismas responsabilidades. El hombre y la mujer son “carne de la misma carne y hueso de los mismos huesos”.

El libro del Génesis resalta, además, la altísima misión del Adamah, el ser humano hecho de tierra -independientemente de la diferenciación de sexos-: poner nombre a las criaturas.  Para la cultura semita, el Reino es de Dios, el Gobierno de las cosas pertenece a Dios. Pero este rey finge ausentarse, y deja el mundo en manos del hombre, para que éste, actuando en nombre de Dios, cuide y transforme la realidad en dirección del Reino de Dios. Esta corresponsabilidad del hombre en el Reino de Dios la vemos simbólicamente expresada en el relato del Génesis: “Entonces el Señor Dios modeló de arcilla todas las fieras salvajes y todos los pájaros del cielo, y se los presentó al hombre, para ver qué nombre les ponía. Y cada ser vivo llevaría el nombre que el hombre le pusiera. Así, el hombre puso nombre a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las fieras salvajes.” Al respecto de este califato[1], del ser humano, comenta Abdelmumim Aya:

“El ser humano tiene un quehacer que no puede realizar ninguna otra criatura de la Creación. Ni siquiera el ángel. Porque el ángel desconoce los nombres de las cosas. En el Corán, por ejemplo, al ángel, los nombres de las cosas le son enseñados por Adâm. En este sentido, puede decirse que el ser humano es la revelación del ángel. La capacidad de nombrar las cosas que tiene Adâm es la capacidad de fundamentar la realidad. La amâna (encargo de confianza) que Dios da al ser humano no es propiamente conocer la realidad (el conocimiento es algo que simplemente sucede en él); la amâna del ser humano es reforzar los vínculos sin los que la existencia se desintegraría en la nada[2].”

El encargo de confianza que recibimos de Dios consiste en relacionarnos con el mundo y entre nosotros mismos, de una manera que refuerce los vínculos desde la compasión. Si nos vinculamos desde la violencia y la sobreexplotación de los recursos, entonces la existencia se desintegra en la nada. La comunicación consciente y no violenta es la práctica espiritual por la cual aprendemos a vincularnos con los demás desde la compasión y no desde el juicio, la exigencia o la violencia: al expresar con honestidad lo que está vivo en nosotros a cada momento, lo que sentimos y lo que en verdad necesitamos, y al escuchar con empatía lo que sienten y necesitan los demás, creamos las condiciones para que la energía amorosa divina, la energía creativa de Dios, se manifieste.

Y si hombres, mujeres y niños somos iguales, también Jesús es igual a nosotros. Jesús es también “carne de nuestra carne y hueso de nuestros huesos”. San Ireneo de Lyón señala: “así como aquel primer Adán fue plasmado de una tierra no trabajada y aún virgen –porque aún Dios no había hecho llover y el hombre aún no había trabajado la tierra- sino que fue modelado por la mano de Dios, o sea por el Verbo de Dios -ya que todo fue hecho por él y el Señor tomó barro de la tierra y plasmó al hombre- así, para recapitular a Adán en sí mismo, el mismo Verbo existente recibió justamente de María la que aún era Virgen, el origen de lo que había de recapitular a Adán[3].”

Así como el primer Adán está hecho de tierra virgen, el segundo Adán Jesús, está hecho de tierra virgen, en María. Jesús comparte nuestra carne y nuestra sangre, y no se avergüenza de llamarnos hermanos.  Jesús no fue hombre en apariencia. Si hombre y mujer somos “carne de la misma carne y hueso de los mismos huesos”, somos del mismo barro, también Jesús es de nuestro mismo barro y “no se avergüenza de llamarnos hermanos.” Esta es una maravillosa noticia, pues nos hace linaje de Dios mismo. Como dice el apóstol Pablo: “somos de su mismo linaje.” (Hch 17,28)

 

                        Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

 

[1] “Literalmente en árabe, el jalifa  -derivado del verbo jalafa– es un sustituto.” A.AYA, El arameo en sus labios. Saborear los cuatro evangelios en la lengua de Jesús, Fragmenta Editorial, Barcelona 2013 p. 37.

[2] Ibid. p. 36.

[3] Ireneo, AdvHaer III, 21, 10.

 

Imagen destacada: “Los desposorios de la Virgen”, de Luca Giordano,  1688.

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