XXVI DOMINGO ORDINARIO, CICLO B

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Lecturas: Num 11, 25-29; St 5,1-6; Mc 9, 38-43.45.47-48.

 

 

A la luz de las lecturas del domingo pasado, comentaba la diferencia entre el “poder sobre” y el “poder con”. Citando a Inbal Kashtan recordaba que “en la CNV nos referimos al uso del poder para obligar a hacer lo que queremos como “poder sobre” en contraste con el uso del poder para satisfacer las necesidades de todos, a lo cual nos referimos como “poder con.” Las lecturas del día de hoy refuerzan este tema.

En cualquier interacción humana, hay una parte que usualmente ostenta más poder que la otra. Es decir, una parte posee más información que la otra, acumula más recursos, tiene mayor capacidad de decisión, quizá tiene más capacitación académica o técnica, etc.  Habitualmente, en las empresas y organizaciones los jefes tienen más poder que los empleados. En la escuela los maestros tienen más poder que los alumnos. En casa los padres tienen más poder que los hijos. En la Iglesia los curas tenemos más poder que los laicos. En la sociedad civil los políticos tienen más poder que el pueblo… Por eso, lo primero para lograr una interacción no violenta es buscar el equilibrio de poderes, hasta donde esto sea posible; o, por lo menos, ser conscientes del no equilibro en el reparto del poder, buscando que el que tiene más poder procure escuchar más y el que tiene menos poder se anime a hablar y a expresarse más.

Las lecturas de hoy añaden a la reflexión del domingo anterior un aspecto fundamental: el reparto del poder entre varios. Pues el poder es como el dinero. Mientras más se acumula en pocas manos, más fácilmente se corrompe; y mientras más se reparte en varias manos, más fácilmente se pone al servicio de la construcción de la comunidad y del bien común.

La lectura del libro de los Números subraya la bondad de que el espíritu de poder que viene de Dios se reparta a muchos individuos. Así dice el libro de los Números: “El Señor bajó en la nube y habló a Moisés; tomó parte del espíritu que había en él y se lo pasó a los setenta ancianos. Cuando el espíritu de Moisés se posó sobre ellos, comenzaron a profetizar, pero esto no volvió a repetirse. Dos de ellos se habían quedado en el campamento, uno se llamaba Eldad y otro Medad. Aunque estaban entre los elegidos, no habían acudido a la tienda. Pero el espíritu vino también sobre ellos y se pusieron a profetizar en el campamento. Un muchacho corrió a decir a Moisés: Eldad y Medad están profetizando en el campamento. Josué, hijo de Nun, ayudante de Moisés desde joven, intervino diciendo: «¡Señor mío, Moisés, prohíbeselo!» Moisés replicó: ¿Tienes celos por mí? ¡Ojalá que todo el pueblo profetizara y el Señor infundiera en todos su espíritu!”

Moisés, anciano y sabio, reacciona de muy diversa manera que el joven e inexperto Josué. Él se alegra de que todo el pueblo profetice y crezca en conocimiento del Espíritu. En cambio, Josué quiere mantener el monopolio de la inspiración -y por tanto del poder- para unos cuantos.

A nosotros nos pasa con frecuencia lo que al joven Josué. Pensamos que tiene que haber una sola cabeza, un solo cerebro; lo demás nos parece sinónimo de caos y desorden. Pero la ciencia ha comprobado que ni en el organismo humano existe un solo cerebro, sino tres: uno, el más grande, en el cráneo; otro en el corazón y otro en las entrañas[1]. Y si en esa “maravillosa organización” que es el cuerpo humano hay tres centros de operación y los tres se ponen de acuerdo y se enriquecen mutuamente en orden a los mismos fines, ¿por qué no puede suceder lo mismo en la sociedad, en la empresa, en la escuela, en la familia, en las iglesias?

La segunda lectura, por su parte, también subraya la importancia de la repartición del poder, del poder del dinero. Lo hace subrayando los peligros que corre una desmedida acumulación en pocas manos: “Vosotros los ricos, gemid y llorad ante las desgracias que se os avecinan. Vuestra riqueza está podrida y vuestros vestidos son pasto de la polilla. Vuestro oro y vuestra plata están oxidados y este óxido será un testimonio contra vosotros y corroerá vuestras carnes como fuego. ¿Para qué amontonar riquezas si estamos en los últimos días? Mirad, el jornal de los obreros que segaron vuestros campos y ha sido retenido por vosotros está clamando y los gritos de los segadores están llegando a oídos del Señor todopoderoso. En la tierra habéis vivido lujosamente y os habéis entregado al placer; con ello habéis engordado para el día de la matanza. Habéis condenado, habéis asesinado al inocente, y ya no os ofrece resistencia.”

¡Que fuertes y contundentes palabras las del apóstol Santiago! Y además de una actualidad asombrosa. Porque si en tiempos de las primeras comunidades existía una fuerte inequidad, en nuestros días en este aspecto no hemos hecho sino empeorar, lamentablemente. Por ello, es urgente volver al espíritu evangélico, que nos invita a no pretender acaparar el poder ni el dinero, sino a buscar repartirlo.

El evangelio nos invita a que, si vemos a “unos que expulsan demonios en nombre de Jesús y que no son de nuestro grupo”, que no se lo prohibamos, pues “todo aquél que no está contra nosotros está a favor nuestro.” También nos invita a apreciar el más mínimo gesto de generosidad, como el de quien nos dé a beber un vaso de agua porque somos del Mesías. Y a no ser ocasión de escándalo para los pequeños.

Es esencial revisar nuestra manera de usar el poder. Podemos ofrecer nuestra mano abierta al que necesite, o podemos cerrar el puño para golpear sin piedad. Podemos caminar con los hermanos o podemos someterlos, poniéndoles el pie encima. Podemos tener “el ojo sano”, es decir ser espléndidos y dadivosos, o podemos tener “el ojo enfermo” por nuestra tacañería. Pues más nos vale entrar mancos, cojos o tuertos en la Vida, que perdernos por nuestros abusos de poder.

 

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

 

[1] Ver F.LALOUX, Reinventing organizations. A guide to creating organizations inspired by the new stage of human conciousness, Nelson Parker, Bruselles 2014, pp.1-2.

Imagen destacada: Jesús Resucitado, de Cecilia Valadez.

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