XXVI DOMINGO ORDINARIO, CICLO A

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Lecturas: Ez18,25-28; Flp 2, 1-11; Mt 21, 28-32.

 

Al igual que en el evangelio del domingo pasado, Jesús sigue mostrándose fascinante y desconcertante para nosotros. Esta vez con la comparación de los dos hijos: “A ver, ¿qué les parece? Un hombre tenía dos hijos. Se dirigió al primero y le dijo: Hijo, ve hoy a trabajar en la viña. El hijo le respondió: No quiero; pero luego se arrepintió y fue. Acercándose al segundo le dijo lo mismo. Éste respondió: Ya voy, señor; pero no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre? Le dijeron: El primero.”  Vista así, aisladamente, la comparación de Jesús no presenta ninguna dificultad de interpretación, es totalmente lógica. Pero inserta en el contexto en que Mateo la pone, toma un cariz totalmente distinto.

En el evangelio de Mateo podemos distinguir dos niveles sobrepuestos: el conflicto que Jesús mismo vivió con las autoridades religiosas de su tiempo, los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, a quienes dirige esta comparación. Y el  conflicto entre los destinatarios del evangelio de Mateo  -esto es, los judíos convertidos al cristianismo- y los judíos que permanecieron fieles a la tradición farisaica durante el sitio de Jerusalén del año 70 (año de composición del EvMt), y que trajo como saldo la destrucción del Templo y la caída de Masada ante el ataque del ejército romano dirigido por el futuro emperador Tito.

El conflicto que se dirimía era el siguiente: ¿quiénes eran realmente los que permanecían fieles a la Alianza que Dios había hecho con su pueblo y quiénes eran los traidores a ella? ¿Quienes hacían de la religión un medio para mantener su poder y quienes hacían de la compasión su forma de vida? Desde siempre, los seres humanos hemos experimentado la tentación de utilizar la práctica religiosa como un instrumento para demostrar a los demás nuestra honorabilidad, un pretexto para mantener nuestros oscuros intereses y una forma de ejercer el poder y el control sobre los demás.

El contexto en el que el evangelio de Mateo sitúa esta comparación no deja lugar a dudas. Jesús ha entrado en el Templo y ha encontrado el lugar Santo, la casa de oración convertida en una cueva de ladrones.(Mt 21, 13). Con un triple gesto profético  -su entrada triunfal a la ciudad santa (Mt 21, 1-11), la expulsión de los comerciantes del Templo (Mt 21, 12-13) y la maldición de la higuera sin fruto (Mt 21,18-22)-  Jesús ha declarado que todo el formalismo de la religión antigua ya no sirve para nada, ha quedado seco y estéril de raíz. Ahora el cuerpo de Jesús es el único Templo y la entrega amorosa e incondicional de la vida es la única ofrenda agradable a Dios.

En el inesperado terremoto cultual que la llegada mesiánica de Jesús nazareno, Hijo de David, provocó en el conciencia de la primera generación de discípulos, se hizo progresivamente clara a los servidores del evangelio que el hombre Jesús, su carne bendita, es la única Shekhiná,  el nuevo Templo en el que se ha posado la Nube y en el que, por identidad perfecta, se ha hecho presente y visible realmente en forma humana la Gloria de Yahvé. Ese es el sentido profundo del anuncio del ángel Gabriel a María: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios.” (Lc. 1, 26-38) Así como en el AT la “sombra” de Yahvé cubrió el Templo con su sagrada presencia, ahora esta misma sombra cubre a Jesús en el momento de su gestación. Jesús es el Nuevo Templo, Él es “Dios con nosotros, Emmanuel.”

Esto queda claro también en el diálogo de Jesús con la Samaritana: “Le dice la mujer: «Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en este monte y ustedes dicen que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar.» Jesús le dice: «Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adorarán al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad…» (Jn 4, 19-25)

Ha llegado la hora en la que ni sobre el Monte Garizín, ni en Jerusalén, será adorado el Padre. Los verdaderos adoradores sólo lo adorarán en espíritu y verdad, es decir, en la carne crucificada de Jesús, que proclama: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14,6).  La sagrada humanidad de Jesús es el lugar en el que se adora al Padre en espíritu y en verdad. Por eso, cuando el cuarto evangelio habla del Templo, en realidad, está hablando de la sagrada humanidad de Jesús, de su cuerpo roto (Jn 2,21-22). Quien toca el cuerpo sufriente de Jesús toca el Templo de Dios, y quién toca el Templo toca el cuerpo de Jesús.

Los verdaderos adoradores que adoran en Espíritu y en Verdad ya no son los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley, que se sienten “muy molestos al ver los milagros que Jesús había hecho y al oír que los niños gritaban en el Templo dando vivas al Hijo de David” (Mt 21, 15), sino aquellos que son capaces de reconocer a Cristo sufriente en la multitud de ciegos y tullidos (Mt 21, 14), en los pequeños y los niños de pecho (Mt 21, 16), en los recaudadores de impuestos y las prostitutas, en todos los excluidos y sobrantes de la sociedad, en el pueblo llano que tuvo a Juan bautista por profeta.

El asunto es, pues, reconocer a Jesús que nos muestra cómo se ha de adorar a Dios: sirviendo a los pequeños, a los excluidos, a los damnificados por cualquier catástrofe, a los publicanos y las prostitutas. La verdadera adoración, no consiste en ritos sagrados, ofrendas votivas, rezos y plegarias. El verdadero Templo en donde está presente Dios es el Crucificado, presente en los crucificados de la historia. El culto verdadero no lo rendimos quienes, por nuestra función religiosa,  “ocupamos los primeros puestos en los banquetes, nos sentamos en los lugares preferentes en las sinagogas, somos saludados en público y a los que la gente nos llama “Rabbi”( Mt 23, 6-7). El culto verdadero consiste en “no hacer nada por ambición o vanagloria, no buscar el propio interés, sino el de los demás. Tener los mismos sentimientos del Mesías Jesús, el cual, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de ser igual a Dios; sino que se vació de sí y tomó la condición de esclavo, haciéndose servidor de todos.”

 

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

 

Imagen destacada: Sin datos, tomada de internet.

 

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