XXII DOMINGO ORDINARIO, CICLO C

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Lecturas: Eclo 3, 19-21.30-31; Hb 12, 18-19.22-24; Lc 14, 1.7-14.

Dentro de las sentencias breves que hoy nos regala el libro de Ben Sirac o Eclesiástico, está una que me llama particularmente la atención: “El hombre prudente medita en su corazón las sentencias de los otros, y su gran anhelo es saber escuchar.”

Las diferentes traducciones varían, pero esta que nos ofrece el texto litúrgico me gusta mucho, porque nos recuerda algo que en este siglo conviene recuperar., pues la mayoría de nosotros hemos sido entrenados para responder más que para escuchar. En efecto, desde pequeños, y en la mayor parte de nuestra vida adulta, hemos aprendido a escuchar con la mente, a menudo con una finalidad diferente de conectar con la persona con que estamos. Mientras escuchamos a la gente, nos centramos en el futuro … “¿Qué puedo decir como respuesta?” o “¿Cómo puedo solucionar este problema?” … Otras veces nos vamos al pasado, “¿Qué es lo que me recuerda esto?” Mientras pensamos estas cosas, nos distraemos del momento, nos desconectamos y somos menos capaces de entender lo que la otra persona está experimentando.

Esta invitación a escuchar constituía un pilar fundamental en la fe Israelita. En cierta ocasión un letrado que había asistido al debate de Jesús con los saduceos acerca de la resurrección y que había quedado asombrado por lo acertado de sus respuestas, se acercó y le preguntó: ¿Cuál es el precepto más importante? Jesús respondió: El más importante es: “Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es uno solo. Amarás al Señor, tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás al prójimo como a ti mismo. No hay precepto mayor que éstos. (Mc 12, 29-31)

El mandamiento principal es escuchar: Shemá Israel. Cuando encontramos a una persona verdaderamente capaz de escuchar encontramos un tesoro, una perla preciosa. La escucha profunda no se limita a una sola facultad, sino que involucra toda nuestra persona. Implica observar, observar, observar, con mente, corazón y voluntad muy abiertos, tratando de conectar con la fuente, con el manantial que fluye más allá y más abajo de nuestros comportamientos. La fuente, es decir, el lugar profundo del que brotan nuestra intención, nuestra atención y nuestras acciones.

Jesús, pienso yo, era alguien capaz de escuchar con una profundidad así; el evangelio de hoy lo refleja. Cuenta Lucas que un sábado, Jesús fue a comer en casa de uno de los jefes de los fariseos, y éstos estaban espiándolo. Mirando cómo los convidados escogían los primeros lugares, les dijo esta parábola: “Cuando te inviten a un banquete de bodas, no te sientes en el lugar principal, no sea que haya algún otro invitado más importante que tú, y el que los invitó a los dos venga a decirte: ‘Déjale el lugar a éste’, y tengas que ir a ocupar, lleno de vergüenza, el último asiento. Por el contrario, cuando te inviten, ocupa el último lugar, para que, cuando venga el que te invitó, te diga: ‘Amigo, acércate a la cabecera’. Entonces te verás honrado en presencia de todos los convidados. Porque el que se engrandece a sí mismo, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido”.

Jesús está muy atento a observar no sólo las palabras o los comportamientos de la gente, sino el lugar de sus intenciones profundas. Se daba cuenta de que los invitados escogían los primeros lugares en la mesa, e intuía desde qué intención lo hacían. Su relato invita a los oyentes, no a negar su necesidad de ser vistos y reconocidos socialmente, sino a cambiar la estrategia para cuidar de esas aspiraciones de manera más transparente y efectiva. Les dice: cuando te inviten, no te sientes en el lugar principal, pues puede haber alguien más importante que tú. Más bien, ocupa el último lugar, y así serás reconocido y honrado. Y después, aplica esta invitación a un nivel más abarcador, aconsejando hacer de este un criterio de discernimiento para cualquier circunstancia vital: “el que se engrandece a sí mismo, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido.” 

Ben Sirac había aconsejado algo muy parecido: “Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te amarán más que al hombre dadivoso. Hazte más pequeño cuanto más grande seas y hallarás gracia ante el Señor, porque sólo El es poderoso y sólo los humildes le dan gloria.”

Este hermoso y pertinente recordatorio nos puede iluminar. Si hacemos algo para contribuir a la vida de los demás, no lo hagamos desde la intención de buscar ser elogiados u honrados, o con la finalidad de ser recompensados, sino desde la alegría de dar gratuitamente.

Los seres humanos necesitamos dar y recibir reconocimiento, para contribuir al bienestar de los demás, para sentirnos útiles y para mantener la motivación en la acción. Me parece que esto es distinto a recibir aprobación, halago o elogio.  En efecto, actuar desde el corazón, por compasión, por la felicidad que siento al ver la alegría o el alivio en los otros, es distinto de actuar siendo motivado por el deseo de gustar o ser querido.

La aprobación, el halago o el elogio son juicios o evaluaciones que hacemos sobre las acciones propias o de los demás, que no nos conectan con la energía amorosa divina que nos habita. Puede ser grato que te halaguen, diciéndote: “¡qué bueno, qué amable, o qué inteligente eres!”, pero es mucho más enriquecedor aprender a expresar concretamente la acción realizada por el otro que contribuyó a enriquecer nuestra vida y la necesidad particular que quedó satisfecha con dicha acción.  Cuando lo hacemos así, sabemos de qué manera concreta contribuimos a la vida del otro, y ello nos conecta más plenamente con el fluir de la vida, con el agradecimiento y la abundancia.

Yo mismo puedo cuidar de mi necesidad de reconocimiento, ejercitando la auto-empatía, escuchándome, comprendiéndome, cuidando de mí.  Y puedo recibir con un profundo sentimiento de placer el reconocimiento que recibo de otros, cuando ellos experimentan que algunas de sus necesidades se ven satisfechas con mis acciones. Permitir que llegue el reconocimiento que recibo de otros -sin rechazarlo ni minimizarlo- me permitirá dar reconocimiento de manera más abierta y generosa a los demás, especialmente a quienes no reciben ningún agradecimiento, sino que son invisibles a nuestra vida: los pobres, los lisiados, los “siervos”, los humildes de la tierra.                                  

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

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