XX DOMINGO ORDINARIO, CICLO B

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Lecturas: Prov 9, 1-6; Ef 5, 15-20; Jn 6, 51-58.

 

El Evangelio de hoy continúa con el discurso en el que Jesús se presenta como pan vivo bajado del cielo. Y Jesús insiste que el pan que él da para la vida del mundo es su carne. Sabemos que la palabra carne (sarx) en la teología del cuarto evangelio refiere a lo más humano que hay en el Hombre Jesús, a su solidaridad absoluta con nosotros, con todo lo que en nosotros hay de fragilidad, limitación, debilidad y pobreza; a lo más humano de nuestra propia humanidad. Dice así José Ignacio González Faus:

“La encarnación no es la asunción de figura humana, sino de figura de esclavo (cf. Flp 2). O, con el lenguaje de Juan: la palabra no se hace «hombre» (como dirán luego los griegos con su fórmula la Logos-anthropos), sino que se hace «carne» (logos-sarx). Y «carne», en todo el cuarto evangelio, marca siempre la negatividad de lo humano: no es simplemente la materia, sino lo menos valioso, lo más servil del hombre. Pero, curiosamente, tras esta formulación kenótica, Juan añade una consecuencia que no es «redentora», sino reveladora: la Palabra se hizo carne, «y vimos..». Una encarnación de ese tipo (kenótica o anonadada) es la que posibilita la Cruz (si Dios se hubiera encarnado en la figura de la Transfiguración, su cruz ya no sería posible, o sería un mero paréntesis artificial). Y, a través de la cruz, posibilita también la identificación del Dios encarnado con todos los crucificados de la tierra.[1]

Las palabras de Jesús nos escandalizan tanto a nosotros, como a los judíos que lo escuchaban: “¿Cómo puede éste darnos de comer [su] carne?” Jesús no está hablando de antropofagia, sino de algo muy distinto. Está diciéndonos que Dios se identifica con lo más bajo y excluido de este mundo. Y eso sí que nos escandaliza. Porque todavía estamos muy llenos de xenofobias y racismos. ¿Acaso los cristianos, precisamente por nuestra condición de hijos de Dios, no estamos obligados a acoger en plan de igualdad a todos aquellos que son tan hijos de Dios como nosotros, aunque sean distintos de nosotros por la razón que sea? ¿O sólo son sujetos de derechos humanos los que son iguales a nosotros?

Jesús insiste: “Os aseguro que, si no coméis la carne y bebéis la sangre del hijo del Hombre, no tendréis vida en vosotros. Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. Quien come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Como el Padre que me envió vive y yo vivo por él, así quien me come vivirá por mí. Éste es el pan bajado del cielo y no es como el que comieron vuestros padres, y murieron. Quien come este pan vivirá siempre.”

Los cristianos hemos aplicado de una manera excluyente estas palabras. Al referirlas al sacramento eucarístico (cosa que no está mal), las hemos entendido dirigidas solamente a quienes, como católicos, vamos a misa y comulgamos cada ocho días. Pero estas palabras son incluyentes, y guardan relación con otras palabras, también de Jesús, citadas en el Evangelio de Mateo:

“Cuando el Hijo del Hombre llegue con majestad, acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria y ante él comparecerán todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Colocará a las ovejas a su derecha y a las cabras a su izquierda. Entonces el rey dirá a los de la derecha: Venid, benditos de mi Padre, a heredar el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era inmigrante y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, estaba enfermo y me visitasteis, estaba encarcelado y vinisteis a verme. Los justos le responderán: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, sediento y te dimos de beber, inmigrante y te recibimos, desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o encarcelado y fuimos a visitarte? El rey les contestará: Os aseguro que lo que hayáis hecho a uno solo de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis.” (Mt 25, 31-39)

Cito otra vez a González Faus: “Los Santos Padres decían que «Dios se ha hecho hombre para que el hombre se haga Dios». Esto es verdad -¡faltaría más!-, pero decir eso solo sería exactamente comenzar la casa por el tejado. Dios se hizo hombre para que aquellos a quienes reducimos a infra-hombres y les negamos los derechos humanos tengan unos derechos divinos. Y es en ese respeto a los derechos divinos como «el hombre» (en general) se hará «Dios» o se pondrá en el camino de su deificación. Después de eso podremos añadir que Dios se hizo hombre para que los que buscan a Dios fuera de Cristo comprendan que «no hay otro mediador» entre Dios y los hombres más que ese «hombre-Cristo» que es el pobre, como hombre que clama por un Mesías. Y para que quienes afirman haber conocido a Dios en Cristo sepan que ese Cristo no tiene en esta tierra más «vicarios» que el inmenso ejército de los distintos, de las víctimas y los excluidos de la humanidad.[2]

Así queda claro que, si queremos encontrarnos con Cristo Jesús, si queremos comulgar con él, si queremos comer su carne y beber su sangre para tener vida en nosotros, entonces hemos de buscarlo donde él está con toda seguridad: En los pobres, los distintos, los excluidos, en todos aquellos que nuestra sociedad ha privado de dignidad y encanto. Entonces podremos escuchar a Jesús que nos dice: “Venid, benditos de mi Padre, porque estaba desempleado y me buscasteis trabajo. Estaba mal pagado y me disteis un salario justo. Era indígena o migrante sin papeles y reconocisteis mis derechos. Estuve en la cruz y me acompañasteis en mi calvario…” Entonces participaremos de la Sabiduría de Dios, que nos dice: “Si alguno es sencillo, que venga acá.”

 

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

 

[1] http://www.uca.edu.ni/diakonia/Documentos/Diak-105/Xenofobiaracismoidentdida105.PDF

[2] Ibid.

Imagen destacada: Jesús Resucitado, de Cecilia Valadez.

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