XVIII DOMINGO ORDINARIO, CICLO C

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Lecturas: Eclo 1,2; 2, 21-23; Col 2, 12-14; Lc 11, 1-13.

La lectura del libro del Eclesiástico o Cohélet nos da una perspectiva de la vida que suena a un realismo desencantado, casi pesimista: “Todas las cosas, absolutamente todas, son vana ilusión.” El sentido profundo de la vida –según este autor- no parece estar en la acumulación de haberes o dinero: “Hay quien se agota trabajando y pone en ello todo su talento, su ciencia y su habilidad, y tiene que dejárselo todo a otro que no lo trabajó. Esto es vana ilusión y gran desventura. En efecto, ¿qué provecho saca el hombre de todos sus trabajos y afanes bajo el sol? De día dolores, penas y fatigas; de noche no descansa. ¿No es también eso vana ilusión?

Escuchar esto es rompedor, sobre todo en una época como la nuestra en la que se nos presenta la acumulación del dinero como el camino más seguro a la felicidad y al bienestar. La parábola que propone Jesús en el evangelio de Lucas es todavía más contundente: “Un hombre rico obtuvo una gran cosecha y se puso a pensar: ‘¿Qué haré, porque no tengo ya en dónde almacenar la cosecha? Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes para guardar ahí mi cosecha y todo lo que tengo. Entonces podré decirme: Ya tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y date a la buena vida’. Pero Dios le dijo: ‘¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?’

Creo que la parábola de Jesús no habla en contra del descanso o del disfrute de la vida, sino de lo insensata que resulta la acumulación estéril. Los bienes son para compartirse, no para acumularse. El dinero es como el agua, que si se estanca se pudre; por eso se le dice también “circulante”.

El dinero, que es hoy una estrategia que cubre un sinnúmero de necesidades, no existía hace unos cientos de años. Y, sin embargo, las necesidades ya existían. ¿No será que podamos encontrar una estrategia distinta de intercambio de bienes, de tal manera que las necesidades de todos sean cubiertas? Porque la manera como hoy está organizada la economía y el uso del dinero, no facilita la distribución, sino que fomenta la acumulación. Y eso no ayuda a que las necesidades de todos sean atendidas, no favorece que las necesidades de todos importen.

¿Cómo sería un mundo en el que las necesidades de todos importen? ¿Cómo sería la organización económica? ¿Habría mayor lugar para el trueque y el intercambio creativo? ¿Cómo podemos iniciar pequeñas acciones, que puedan ser asumidas por mucha gente, y que marquen la diferencia y la orientación hacia otro futuro posible?

Recordemos, por ejemplo, la famosa marcha de la sal de Mahatma Gandhi de abril de 1930. El impopular impuesto sobre la sal que el imperio británico aplicaba se convirtió en una oportunidad única que Gandhi supo aprovechar muy bien. La producción de sal en la India era un monopolio de Gran Bretaña. Todo mundo necesitaba la sal para conservar los alimentos, pero se habían impuesto leyes para perseguir y multar a las personas que produjeran sal de forma autónoma. Gandhi desafió esas leyes con un gesto que luego mucha gente pudo repetir: inició una marcha desde Sabarmati hasta la ciudad costera de Dandi y, cuando llegó allí, de forma simbólica cogió un poco de agua de mar, lodo con sal, para arengar a la gente a que se atreviera a desobedecer y crear su propia sal.

Su ejemplo fue seguido por todo el país. Desde Karachi hasta Bombai, muchos empezaron a evaporar el agua de mar para crear su propia sal, sin ocultarse y a plena luz del día. La represión no se hizo esperar. Las cárceles se llenaron de “ladrones de sal”; más de 60,000 fueron encarcelados, entre ellos el propio Mahatma, quien pasó nueve meses en prisión.

Pero al fin, el poder del imperio británico reconoció su impotencia para hacer valer su ley, no sin tener que recurrir a la fuerza bruta, a la represión violenta, misma que desfondaba de toda autoridad y todo crédito a los británicos frente a los indios, incluidas las élites. Cediendo a las peticiones de Gandhi, el virrey liberó a todos los prisioneros y, presionado por las circunstancias, reconoció a los indios el derecho a recolectar ellos mismos la sal.

Cito este gesto de Gandhi como un ejemplo creativo, un gesto sencillo que tuvo gran repercusión. Como este, hubo otros gestos similares que propuso Gandhi, como la recuperación del hilado artesanal para que los pobladores confeccionaran su propia ropa, en lugar de comprar las costosas telas que los ingleses producían con el algodón que compraban a India a precios bajísimos.

¿Qué sería de nuestro mundo si, en lugar de poner todo nuestro talento, nuestra ciencia y nuestra habilidad en simplemente amasar fortunas, lo pusiéramos en ver la manera de que las necesidades de todos sean atendidas? ¿Cómo se vería nuestra sociedad si usáramos nuestro ingenio y talento, antes que en resguardar nuestras riquezas, en ver la manera que fueran lo mejor empleadas para cuidar –insisto- de las necesidades de todos?

El enriquecimiento y la acumulación, en sí mismos, dejan un grande vacío. El vacío de quien se da cuenta de que todos los afanes son inútiles, el vacío de quien un buen día se topa con que tiene que dejar toda su fortuna a otro que no la trabajó. Esto es vana ilusión y gran desventura.

El contribuir a la vida de otros, en cambio, trae felicidad y alegría de corazón. Claro, eso supone el esfuerzo de cultivar la generosidad, el verdadero desapego de los bienes, sean estos “materiales” o “espirituales”. La conciencia clara de que todo es de todos y de que lo que llamamos nuestro es sólo prestado. La convicción de que no somos dueños de nada ni de nadie, ni siquiera de nuestra propia vida; sino que simplemente somos administradores de los recursos que se nos han confiado para beneficio de todos.

Hay que despojarnos del viejo yo, de la vieja mentalidad que nos lleva a la avaricia, que es una forma de idolatría. El dinero puede ser un fiel esclavo, pero también se convierte en ídolo cuando pide sacrificios, muchos sacrificios humanos. Precisamente por eso es un ídolo, porque se alimenta de sangre humana para mantener su poder.

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

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