XVIII DOMINGO ORDINARIO, CICLO B

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Lecturas: Ex 16, 2-4.12-15; Ef 4, 17.20-24; Jn 6, 24-35.

 

Hace poco tiempo escuché a una madre decir: “yo puedo dar testimonio de que el Señor jamás abandona a los hijos de una madre, cuando ella se acoge a Él y se abandona completamente en sus brazos”. Escuchar este testimonio fue algo hermoso, mucho más grande para mí después de que hube conocido un poco la historia de dolor de esta madre.

Este mismo testimonio es el que nos dan las lecturas del día de hoy. La primera, del libro del Éxodo nos narra la historia de un pueblo rebelde y testarudo al que Dios nunca abandona. A pesar de que YHWH había liberado a su pueblo de la dura esclavitud a la que estaba sometido en Egipto, a pesar de que lo había guiado amorosamente a través de sus siervos Moisés y Aarón, “la comunidad de los israelitas protestó contra Moisés y Aarón en el desierto, diciendo: ¡Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos junto a la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos! Nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta comunidad.”

La respuesta de Dios ante las quejas de su pueblo no fue movida por la decepción de alguien que se siente traicionado por quien más quiere, ni fue impulsada por la intención de castigar o vengarse del agravio. Fue más bien la del cuidado amoroso y maternal de quien nunca abandona. Gracias al amor incondicional de Dios, los israelitas pudieron comer carne por la tarde y por la mañana se saciaron de pan. Dios escuchó los lamentos y reproches de su pueblo, sabiendo que eran una manera trágica de expresar sus necesidades no satisfechas. Pudo traducir los juicios en necesidades y responder a ellas de una manera creativa que sirvió a la vida.

Nosotros podemos actuar de la misma manera. Cuando recibimos un mensaje negativo, cuando otra persona dice o hace algo que no nos gusta, o que no cuida de nosotros, podemos recordar esto: los juicios que emitimos son expresión alienada de necesidades no satisfechas. Podemos, pues, traducir los juicios en necesidades. Cuando nos encontremos juzgando o criticando a los demás, démonos cuenta de ello y preguntémonos: ¿qué necesidades mías no están cubiertas en este preciso momento? Cuando recibamos juicios, críticas o reproches de los demás, detengámonos antes de reaccionar y tratemos de imaginar qué necesidades de la otra persona están gritando atención.

De esta misma manera podemos leer el evangelio de hoy, que es continuación del evangelio del domingo pasado. Jesús solamente había hecho cosas buenas por su pueblo: había curado a los enfermos, había dado de comer a una multitud, había protegido a sus discípulos en medio de la tempestad. La gente se agolpaba esperándolo. Cuando Jesús desenmascara sus intenciones y los invita a purificarlas, invitándolos a creer en él y diciéndoles: “os aseguro que me buscáis, no por las señales que habéis visto, sino porque os habéis hartado de pan. Trabajad no por un sustento que perece, sino por un sustento que dura y da vida eterna; el que os dará este Hombre. En él Dios Padre ha puesto su sello”, entonces viene el reproche de parte de sus oyentes: “¿Qué señal haces para que veamos y creamos? ¿En qué trabajas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo.”

Jesús responde como lo haría el Padre Dios. Al ser cuestionado por la gente, se ofrece él mismo como pan que da la vida al mundo: “Os lo aseguro, no fue Moisés quien os dio pan del cielo; es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo. El pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo. Le dijeron: Señor, danos siempre de ese pan. Jesús les contestó: Yo soy el pan de la vida: el que acude a mí no pasará hambre, el que cree en mí no pasará nunca sed.”

¡Qué hermosa manera de traducir los juicios en necesidades! Jesús sabe que el pueblo está hambriento de atención y cuidado, hambriento de vida y esperanza. Jesús mismo ofrece su vida como pan bueno que sacia todas las hambres. No escatima nada, nos ama hasta el extremo de entregarse todo él para la vida del mundo. Y lo hace no sólo de palabra sino con su vida toda: Jesús se partió y se repartió hasta la muerte, y muerte de cruz, para vida y salvación de todos. Y así él nos ha dado ejemplo, para que sigamos sus huellas.

Si -como invita Pablo a los efesios- abandonamos nuestro antiguo modo de vivir, este viejo yo, corrompido por deseos de placer; si dejamos que el Espíritu renueve nuestra mente y nos revestimos del nuevo yo creado a imagen de Dios, en la justicia y en la santidad de la verdad, entonces podremos seguir las huellas de Jesús.

Para ello, hay que adquirir ciertas habilidades. Pienso que una de las habilidades determinantes para que opere en nosotros la transformación de nuestro yo, es la destreza de conectar con la vida de una manera nueva. Esa nueva manera nos la ofrece la comunicación consciente y compasiva, al darnos la capacidad de vivir conectados con nuestras propias necesidades y las de los demás.

El camino para llegar a las necesidades es doble. El primero -más directo- es el de “sentir nuestros sentimientos”, pues los sentimientos son como el “tablero de mando” que nos guía hacia las necesidades: si experimento sentimientos inconfortables, eso es señal de que alguna necesidad mía está insatisfecha. Si experimento sentimientos confortables, eso indica que una necesidad mía está satisfecha.

El segundo camino son los juicios. Es un camino más indirecto y por tanto más difícil, pero no imposible. Pues como he dicho, los juicios son expresión alienada de necesidades no satisfechas. Podemos aprender a traducir los juicios en necesidades, si nos entrenamos cotidianamente en esa práctica. Seguramente la vida nos dará muchas ocasiones para hacerlo. Te invito a asumir este reto. Verás que tu vida se abre a nuevas posibilidades y tus relaciones se vuelven más hermosas y disfrutables.

 

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, msps.

 

Imagen destacada: Triunfo de la Fe Sobre los sentidos, de Juan Antonio de Frías y Escalante, 1667. Obra en el Museo del Prado, Madrid. España.

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