XVIII DOMINGO ORDINARIO, CICLO A

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Lecturas: 1Re 19, 9.11-13; Rm 9, 1-5; Mt 14, 22-33.

 

Si el evangelio de la multiplicación de los panes que escuchábamos el domingo anterior no tiene interpretación literal, el de este domingo menos. Este “milagro de la naturaleza” se refiere al Jesús resucitado, no al Jesús terreno. Es decir, no pensemos que el Jesús terreno, Joshua ben Joseph, efectiva y literalmente caminó sobre las aguas, por la sencilla razón de que él no hacía lo que los seres humanos normalmente no hacemos. Dicha esta obviedad, hay que ir a la interpretación profunda del texto. Porque cuando un texto no tiene posible interpretación material o ésta se agota, entonces hay que pasar a la interpretación espiritual, como diría el sabio Orígenes de Alejandría, padre y fundador de la exégesis cristiana.

Este texto nos habla, recurriendo a una imagen elocuente, del Jesús resucitado que camina victorioso sobre los poderes del mal y de la muerte, representados en el oleaje embravecido. Ese Jesús resucitado es el mismo que el artesano de Nazaret; y esto es lo que quiere poner de relieve el evangelista Mateo. Porque poco antes, en su evangelio recordaba el desprecio que los parientes de Jesús y sus paisanos le muestran. Así se lee en Mt 13, 54-58: “(Jesús) se dirigió a su ciudad y se puso a enseñarles en su sinagoga. Ellos preguntaban asombrados: ¿De dónde saca éste su saber y sus milagros? ¿No es éste el hijo del artesano? ¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Sus hermanas, ¿no viven entre nosotros? ¿De dónde saca todo eso? Y esto era para ellos un obstáculo. Jesús les dijo: A un profeta sólo lo desprecian en su patria y en su casa. Y por su incredulidad, no hizo allí muchos milagros.”

Pablo apóstol atestigua también, “con infinita tristeza y dolor incesante”, que los de su raza y los de su sangre, los israelitas que conocieron al Jesús terreno, no le dieron crédito y se cerraron en banda ante su buena noticia, a pesar de que a ellos les pertenecía “la adopción filial, la gloria, la alianza, la ley, el culto y las promesas”, a pesar de ser ellos “los descendientes de los patriarcas”. Mateo escribe para esos judíos que conocieron al Jesús de carne y hueso, para ese pueblo aferrado a sus tradiciones, “que honra a Dios con los labios, pero cuyo corazón está muy lejos de él.”(Mt 15, 8)

Para Mateo, el hombre Jesús, sanador de los enfermos (Mt 14, 14), que siente compasión ante el hambre de la gente y que enseña a compartir (Mt 14, 15-21), el artesano humilde y contemplativo (Mt 14, 23), es el Resucitado que tiene poder hasta para caminar sobre las aguas, y calmar al viento y al mar, porque él es – verdaderamente- el Hijo de Dios (Mt 14, 33).

A la comunidad judeo-cristiana para la cual escribe Mateo, le pasaba lo que a los discípulos que van en la barca: experimentando su fragilidad, sintiéndose sacudidos por olas y vientos contrarios, en la noche de su fe, se llenan de miedo, y no pueden reconocer a Jesús cuando se acerca hacia ellos. A la comunidad de Mateo le pasaba exactamente lo que a Pedro en este pasaje: cuando es invitado a ir por el agua hasta Jesús, “al sentir el [fuerte] viento, tuvo miedo, entonces empezó a hundirse y gritó – ¡Señor, sálvame! Al punto Jesús extendió la mano, lo sostuvo y le dijo -¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?”

El mensaje de Mateo para su comunidad dubitativa es de ánimo y aliento. Mateo quiere decir a los suyos que a pesar de las noches y las borrascas por las que pasa su fe, en medio de los vientos y las oscuridades, hay que seguir caminando, pues cuentan con la presencia cierta del Señor Jesucristo que, resucitado, los acompaña.

Nosotros no hemos conocido al Jesús terreno, como la comunidad de Mateo. Por eso, nuestra tentación es la opuesta que la de esta comunidad judeo-cristiana. Ellos podían despreciar a Jesús por ser demasiado humano; nosotros podemos deformarlo, por considerarlo demasiado “divino”. Para nosotros, que no hemos conocido al Jesús “de carne y hueso”, es más fácil “endiosarlo” y hacer de él alguien con “super-poderes”, con poderes mágicos y sobrehumanos. Y un Jesús mágico, que realiza cosas que los seres humanos normalmente no hacemos, no alimenta nuestra fe. A lo mucho, puede alimentar una curiosidad como la de Herodes, que decía: “es Juan Bautista resucitado, a quien yo mandé matar. Por eso tiene poder de realizar cosas milagrosas.” (Mt 14,2)

Creer en un Jesús con poderes mágicos, nos puede conducir a una religiosidad piadosa, sí, pero poco comprometida con la transformación de este mundo injusto que idolatra el dinero y lo pone en el lugar de Dios. Un Jesús que hace cosas mágicas, “milagrosas” y espectaculares, “no es de este mundo” ni tiene nada que ver con este mundo y sus contradicciones. Un Jesús divino y divinizado no nos incomoda ni nos interpela. ¡Cuánto hay de este Jesús en la predicación de mi Iglesia!

Hoy en día “para muchos creyentes, resulta más complicado afirmar la humanidad de Jesús que aceptar su divinidad[1].” La negación de la plena humanidad de Jesús sigue siendo un peligro constante en nuestra predicación. Si Jesús no se viera traspasado por el drama humano de la vulnerabilidad, de la tentación y de la debilidad, si Jesús hiciera cosas que nosotros no podemos hacer, sería un super-hombre. Y ese super-hombre terminaría siendo un no-hombre, y no “alguien de nuestra carne y sangre”, alguien que no se avergüenza de llamarnos hermanos.”(Heb 2, 11. 14) Si no creemos en la verdadera humanidad de Jesús, entonces viviremos una fe abstracta y nos refugiaremos en el mundo cerrado de las Iglesias, con sus discursos, su moral y sus instituciones[2]. La tarea urgente es recuperar la memoria del Hombre, Jesús de Nazaret, Hijo de Dios, y preguntarnos qué nos revela acerca del misterio de la vulnerabilidad humana y sus contradicciones.

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

[1] J. M. CASTILLO, La humanización de Dios. Ensayo de Cristología, Trotta, Madrid, 2009, p. 177.

[2] P. RICHARD, ¿En qué Jesús cree la Iglesia? En COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL (Asociación ecuménica de teólogos/as del tercer mundo), Bajar de la cruz a los pobres. Cristología de la liberación, Libro digital, 2007, p. 199. http://www.servicioskoinonia.org/LibrosDigitales

 

Imagen destacada: Jesús invita a Pedro a caminar sobre las aguas, de François Boucher, 1766.

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