XVII DOMINGO ORDINARIO

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Lecturas: Gn 18, 20-32; Col 2, 12-14; Lc 11, 1-13.

Se me ocurre aplicar las lecturas de hoy al tema de la mediación. El hermoso regateo que nos presenta el libro del Génesis, en el que Abraham hace de mediador entre un Dios irritado y un pueblo con el corazón endurecido, es un precioso ejemplo de mediación en el conflicto.

El conflicto entre los pobladores de Sodoma y Gomorra había escalado hasta alcanzar niveles intolerables. Las consecuencias eran demasiado graves y clamaban al cielo. Dios baja a verificar los hechos para ver si éstos corresponden a ese clamor. Abraham, entonces, apela a los sentimientos y necesidades de las partes en conflicto y permite que todas las partes sean plenamente escuchadas.

Por una parte está viva en Dios, por decirlo de alguna manera, la necesidad de equidad y colaboración. Pero también la necesidad de cuidado de la vida y de delicadeza. Así se lo hace saber Abraham cuando le dice: “¿Será posible que Tú destruyas al inocente junto con el culpable? Supongamos que hay cincuenta justos en la ciudad, ¿acabarás con todos ellos y no perdonarás al lugar en atención a esos cincuenta justos? Lejos de Ti tal cosa: matar al inocente junto con el culpable, de manera que la suerte del justo sea como la del malvado; eso no puede ser. El juez de todo el mundo ¿no hará justicia?”

El Señor escucha a Abraham y se abre al diálogo: “Si encuentro en Sodoma cincuenta justos, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos.” Abraham avanza e insiste, con tacto y respeto, logrando que la parte “irritada”, la que se ha sentido ultrajada, se abra a la comprensión: “Me he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza. Supongamos que faltan cinco para los cincuenta justos, ¿por esos cinco que faltan, destruirás toda la ciudad?” Y le respondió el Señor: “No la destruiré, si encuentro allí cuarenta y cinco justos.” Abraham sigue insistiendo una y otra vez hasta reducir a diez el número de justos por los que el Señor no destruirá la ciudad.

Este texto me hace pensar en la necesidad de creer en una sociedad en la que otro tipo de convivencia es posible. Una convivencia más sanadora en la que se logre la restauración entre las partes en conflicto y la restauración de la comunidad, y se trabaje en la evitación de la reiteración del conflicto. Una sociedad en la que las controversias y los conflictos sean ocasión de crecimiento, y en la que todas las partes afectadas y su comunidad sean plenamente escuchadas y tenidas en cuenta, para la pacificación de la convivencia.

También la lectura de Pablo a los Colosenses alude, en términos teológicos, al papel de mediador que ejerce Jesucristo. Él logró que quienes estaban muertos por sus pecados y no pertenecían al pueblo de la alianza recibieran una vida nueva y fueran perdonados. “El anuló el documento que nos era contrario, cuyas cláusulas nos condenaban, y lo eliminó clavándolo en la cruz de Cristo.”

Los seguidores de Jesús creemos en un mundo integrador, en el que todo está relacionado. Creemos que todos formamos parte de la vida y estamos constituidos del mismo barro, con las mismas semillas de bondad y odio en nuestro interior, con las mismas o similares capacidades para regar unas semillas u otras y con las mismas necesidades profundamente humanas y universales que colmar. Por eso, intentamos vivir nuestras controversias y conflictos buscando siempre que las necesidades de todas las partes se vean satisfechas. Y sabemos que los cambios profundos se producen cuando los que intervienen en un conflicto pueden expresar de manera honesta sus necesidades fundamentales y pueden ser escuchados con apertura y empatía. Cuando esto sucede, las partes en conflicto pueden reconstruir su relación desde el entendimiento.

El evangelio también nos presenta un ejemplo hermoso de mediación cotidiana, y del poder de la oración como herramienta de mediación. Después de enseñar a sus discípulos la preciosa oración del Padrenuestro, Jesús les dice: “Supongan que alguno de ustedes tiene un amigo que viene a medianoche a decirles: ‘Préstame, por favor, tres panes, pues un amigo mío ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle’. Pero él le responde desde dentro: ‘No me molestes. No puedo levantarme a dártelos, porque la puerta ya está cerrada y mis hijos y yo estamos acostados’. Si el otro sigue tocando, yo les aseguro que, aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo, por su molesta insistencia, sí se levantara y le dará cuanto necesite. Así también les digo a ustedes: Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, toquen y se les abrirá. Porque quien pide, recibe; quien busca, encuentra, y al que toca, se le abre, ¿Habrá entre ustedes algún padre que, cuando su hijo le pida pan, le dé una piedra? ¿O cuando le pida pescado le dé una víbora? ¿O cuando le pida huevo, le dé un alacrán? Pues, si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto más el Padre Celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan?”

El verdadero mediador ayuda a las partes en conflicto a ver su propia esencia humana y amorosa. Él sabe que las palabras y la comunicación pueden ser muros o ventanas, pueden condenar o liberar. Si con nuestra forma de hablar levantamos muros de incomprensión, de reproche y de juicio, si somos incapaces de escuchar qué es lo que llevó a nuestros contrincantes a comportarse de una determinada manera, si hacemos responsables a los demás de todos nuestro males, entonces nos llenamos de ira, de rencor, e incluso de deseo de venganza. A la vez, cuando se nos escucha, se nos mira y se nos presta atención, cuando se legitiman nuestras emociones y necesidades profundas, cuando se nos acoge y se nos da seguridad, entonces nos hacemos capaces de ver qué le ha podido también ocurrir al otro, de mirarle también a él, de escucharle, y comprenderle.

Esta es la función del mediador: abrir un espacio seguro de diálogo sin juicio, de legitimación y respeto mutuo. La labor maravillosa y transformadora del mediador es abrir las ventanas para que entre la luz de la conciencia por los muros que habitualmente levantamos en nuestro interior. Pensemos en tantos conflictos políticos y sociales que aquejan a nuestro mundo y a nuestro país, y en la imprescindible labor de mediación que los cristianos podemos ofrecer, siguiendo el camino que nos abrió Jesús.

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, msps.

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