XVII DOMINGO ORDINARIO, CICLO B

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Lecturas: 2Re 4, 42-44; Ef 4, 1-6; Jn 6, 1-15.

 

El pasaje de la multiplicación de los panes viene atestiguado en los cuatro evangelios, con variantes. Este tipo de milagro pudiera llevarnos a pensar que Jesús fue una especie de mago.  Pero “que Jesús pactó con el diablo (Mc 3,22), que fue un impostor y mago (Jn 7,12; Mt 27, 63) es una insidia de los adversarios para descalificar sus milagros y su predicación (…) La conciencia de Jesús era profética, no mágica. Las manipulaciones mágicas de las curaciones de Jesús, propiciadas por la religiosidad popular, no modifican en nada esa conciencia profética. La frase dirigida a todos los enfermos sanados, atribuible probablemente a Jesús – “tu fe te ha curado”- desvela una conciencia contraria a las manipulaciones mágicas¹.

Jesús no fue un mago, fue un profeta cuidador de la vida, sanador y exorcista. Los exorcismos y las curaciones constituyen la verdadera actividad de Jesús. A los exorcismos en los que Jesús neutraliza el poder del demonio, a las terapias en las que Jesús ayuda a superar una fragilidad humana y a los “milagros de norma” en los que Jesús quebranta el precepto del sábado revelando así la voluntad divina, los estudiosos les conceden un origen en el Jesús histórico. En cambio, a los milagros de salvamento en los que Jesús doblega el poder del viento y las olas, a los milagros de dádiva en los que Jesús remedia una carencia material, y a las epifanías en las que Jesús revela su ser divino, los estudiosos los ubican en el contexto de la fe pascual: aquí se atribuyen a Jesús unas capacidades que exceden todas las humanas y hablan, por tanto, del Jesús resucitado más que del Jesús terreno.

La multiplicación de los panes es un milagro de dádiva y tiene el sello específico de la primera comunidad. Al leer este milagro, los primeros cristianos podían evocar espontáneamente las palabras institucionales de la última cena: “Enseguida tomó Jesús los panes, y después de dar gracias a Dios, se los fue repartiendo…” En el cuarto evangelio es clarísimo el tratamiento eucarístico que se da a este hecho y que abarca todo el capítulo 6 de este evangelio. Así que el milagro de la multiplicación nos habla “no tanto del alimento transitorio, cuanto del duradero, el que da vida eterna. Este es el alimento que les dará el Hijo del hombre, a quien Dios Padre ha acreditado con su sello.” (Jn 6, 27)

Sin embargo, de este milagro que nos habla de Jesús resucitado como pan de la vida que sacia todas nuestras hambres, podemos también extraer la invitación a compartir para que haya pan para todos. En todos los relatos de la multiplicación de los panes aparece claramente el hecho de que, con pocos panes y peces, Jesús sació el hambre de una multitud de personas. No sólo alcanzó para todos, sino que además sobró. Con cinco panes de cebada y dos pescados fue alimentada una multitud tan grande que ni “aunque se gastase uno el salario de más de medio año, no alcanzaría para que cada uno de estos probase un bocado.” (Jn 6,7), como dijo Felipe el discípulo. Ese es el verdadero milagro, el milagro del compartir que consiste en propiciar que los recursos fluyan hacia las necesidades. Si compartiéramos más, alcanzaría para todos.

Nuestro mundo de hoy pide a gritos que se repita este milagro del compartir. A propósito de esto, dice el papa Francisco en el número 93 de su reciente encíclica Laudato si’ sobre el cuidado de la Casa Común: “Hoy creyentes y no creyentes estamos de acuerdo en que la tierra es esencialmente una herencia común, cuyos frutos deben beneficiar a todos. Para los creyentes, esto se convierte en una cuestión de fidelidad al Creador, porque Dios creó el mundo para todos. Por consiguiente, todo planteo ecológico debe incorporar una perspectiva social que tenga en cuenta los derechos fundamentales de los más postergados. El principio de la subordinación de la propiedad privada al destino universal de los bienes y, por tanto, el derecho universal a su uso es una «regla de oro» del comportamiento social y el «primer principio de todo el ordenamiento ético-social». La tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada y subrayó la función social de cualquier forma de propiedad privada. San Juan Pablo II recordó con mucho énfasis esta doctrina, diciendo que «Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno». Son palabras densas y fuertes. Remarcó que «no sería verdaderamente digno del hombre un tipo de desarrollo que no respetara y promoviera los derechos humanos, personales y sociales, económicos y políticos, incluidos los derechos de las naciones y de los pueblos». Con toda claridad explicó que «la Iglesia defiende, sí, el legítimo derecho a la propiedad privada, pero enseña con no menor claridad que sobre toda propiedad privada grava siempre una hipoteca social, para que los bienes sirvan a la destinación general que Dios les ha dado». Por lo tanto, afirmó que «no es conforme con el designio de Dios usar este don de modo tal que sus beneficios favorezcan sólo a unos pocos». Esto cuestiona seriamente los hábitos injustos de una parte de la humanidad.”

La tierra es esencialmente una herencia común, cuyos frutos deben beneficiar a todos. Para empezar a construir esa herencia común, hemos de liberarnos de la conciencia de escasez y separación desde la que los discípulos actúan. Ellos se des-responsabilizan pues piensan que no alcanza para todos y que cada quien tiene que buscarse la vida. Jesús, en cambio, actúa desde una conciencia de abundancia; él sabe que con los cinco panes y los dos pescados (5+2=7. El 7 es número de totalidad, de plenitud) hay suficiente para todos.

El anti-milagro de la multiplicación de los panes es que “hoy un veinte por ciento de la población mundial consume recursos en tal medida que roba a las naciones pobres y a las futuras generaciones lo que necesitan para sobrevivir.” Estas palabras fuertes de los obispos de Nueva Zelanda citadas por el papa Francisco, nos recuerdan la urgencia de que entre todos volvamos a realizar el milagro del compartir. Hemos de abrirnos a la conciencia de unidad y de abundancia y encontrar maneras colaborativas de trabajar con otros, aunque ellos no vean el mundo como nosotros lo vemos.

 

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, msps.

 

(1)  G.THIESSEN, A. MERZ, El Jesús histórico, Sígueme, Salamanca 2012, p. 306.

 

Imagen destacada: La multiplicación de los panes y los peces, Francisco Goya, 1796-1797. Actualmente encuentra en el Oratorio de la Santa Cueva, Cádiz, España.

 

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