XVI DOMINGO ORDINARIO, CICLO A

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Lecturas: Sab 12, 13.16-19; Rm 8, 26-27; Mt 13, 24-43.

 

Con frecuencia vemos la vida como si fuera una película del Oeste, un “Western” al estilo Hollywood, en donde por un lado está el bando de los “héroes” y en otro el de los “villanos”. Buenos/malos, justos/injustos, santos/pecadores; este sistema binario desde el cual juzgamos, diagnosticamos, interpretamos y evaluamos la realidad, nos desconecta de la vida y nos aleja de los demás.

En la realidad, las cosas no son así de burdas y simples. La realidad de la vida es una cuestión dialéctica, es un ir y venir constante. Puesto que nuestra vida se resuelve entre luces y sombras, en un constante caer para luego levantarse, en un aprendizaje hecho gracias a múltiples fallos y errores. La tan conocida parábola de Jesús que escuchamos hoy ejemplifica esta continua dialéctica de la tarea de la vida:

“El reinado de Dios es como un hombre que sembró semilla buena en su campo. Pero, mientras la gente dormía, vino su enemigo y sembró cizaña en medio del trigo, y se marchó. Cuando el tallo brotó y empezó a granar, se descubrió la cizaña. Fueron entonces los siervos y le dijeron al amo: Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿De dónde le viene la cizaña? Les contestó: Un enemigo lo ha hecho. Le dijeron los siervos: ¿Quieres que vayamos a arrancarla? Les contestó: No; que, al arrancarla, vais a sacar con ella el trigo. Dejad que crezcan juntos hasta la siega. Cuando llegue la siega, diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña, atadla en gavillas y echadla al fuego; luego recoged el trigo y guardadlo en mi granero.”

Somos seres necesitados, niños que vamos creciendo poco a poco. Por ello, en lo más profundo de nosotros mismos conviven el trigo y la cizaña, la compasión y la agresividad, la confianza y el miedo, la generosidad y la mezquindad, las energías del eros y el thanatos. Es necesario tomar conciencia de esta batalla que se libra en nuestro interior para ser capaces de desactivar las numerosas formas de violencia que nos habitan. Con esa conciencia podremos dar desde el corazón. Y aprenderemos a vivir desde la comprensión y la compasión, desde el respeto mutuo en las relaciones.

En términos de comunicación compasiva, conviven en nuestro interior dos sistemas, dos paradigmas con los que podemos ver e interpretar el mundo, a semejanza del trigo y la cizaña en el ejemplo de Jesús. Por una parte está el sistema jirafa, que se basa en que el ser humano ama más que nada contribuir a la vida de los demás y por ello puede ser educado en la conciencia de las necesidades humanas. Y por otra parte está el sistema chacal que parte de la convicción de que el ser humano es malo y debe ser educado para diferenciar el bien del mal.

Al primer lenguaje o sistema se le simboliza con la jirafa, porque ella es el animal que tiene el corazón más grande y más alejado de la cabeza, además desde su altura tiene una perspectiva más completa de las cosas. El lenguaje jirafa es la forma de referirse a uno mismo y a los demás con comprensión, amor, aceptación y cariño. En cambio, el lenguaje chacal son los pensamientos o palabras acusadoras, culpabilizantes, castigadoras, con las que nos referimos a nosotros mismos o a los demás. Es el lenguaje de la exigencia y de los juicios, ¡muchas veces ese incesante parloteo mental que nos tortura!

Ambos lenguajes, jirafa y chacal, se usan para practicar la comunicación no violenta. La comunicación no violenta no cae en la trampa de la dualidad, del sistema binario de lo “malo” y lo “bueno”, lo “positivo” y lo “negativo”. Lo importante es saber traducir y darnos cuenta cuándo estamos en clave o paradigma chacal y cuándo en clave o paradigma jirafa. Cuándo estamos empezando a juzgar y a evaluar, o cuándo estamos en la escucha comprensiva. Al darnos cuenta de ello, siempre podremos reconducir el barco para llevarlo de nuevo a buen puerto. En cualquier momento podemos elegir entre servir la vida o alienarnos de la vida.

Para ejemplificar estos dos lenguajes, chacal y jirafa, se recurre en comunicación no violenta a una narración. Dicen que un abuelo indio hablaba con su nieto acerca de cómo se sentía ante la tragedia que había caído sobre su pueblo, atacado, diseminado y en retirada ante el avance de sus enemigos. Le decía: “Tengo dos lobos luchando en el interior de mi corazón. Uno es vengativo, furioso, violento, sólo preocupado por sí mismo y por satisfacer su enojo. El otro es capaz de sentir amor y compasión, solidario con la manada, quiere mirar hacia adelante y empezar a reconstruir.” El nieto le preguntó: “¿Cuál crees que va a ganar en tu corazón?” Y el abuelo respondió: “El que yo alimente…” Si alimentamos un lenguaje y un sistema chacal, ése prevalecerá. Pero si alimentamos y practicamos otro tipo de lenguaje en nuestra vida, el lenguaje jirafa, poco a poco irá permeando todo nuestro ser y nuestro actuar.

Estos dos tipos de lenguaje constituyen dos paradigmas básicos, dos modos de ver e interpretar el mundo: El sistema chacal piensa que el ser humano es malo y debe ser educado para diferenciar el bien y el mal. La manera de educarlo es a través del castigo y la recompensa, de las exigencias, del lenguaje de los juicios, de la negación de la responsabilidad de elegir. Este sistema lleva a perpetuar un sistema de dominación, que fomenta la rivalidad por un lenguaje en el que prevalecen los juicios, las interpretaciones y las evaluaciones.

El sistema jirafa parte de la convicción de que el ser humano ama, por encima de todo, contribuir al bienestar de los demás. Y por tanto, puede ser educado en la conciencia de las necesidades mutuas. La manera de lograr esto es el aprendizaje del diálogo por la expresión auténtica y la escucha empática, y la toma de responsabilidad personal. Este sistema busca -por la práctica de un lenguaje en el que prevalezca la comprensión y la compasión- la interdependencia, la conexión y la mutua colaboración entre las partes.

Te invito a preguntarte: ¿Cuál de los dos sistemas estás alimentando? ¿El trigo o la cizaña, el chacal o la jirafa? ¿Intentas asemejarte a nuestro Dios, que conoce nuestras necesidades y cuida de ellas, a este Dios que “enseña a su pueblo que el justo debe ser humano”?

 

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

Imagen destacada: El sembrador, Vincent van Gogh, junio, 1888. Actualmente en  el Museo Kröller-Müller.

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