XV DOMINGO ORDINARIO, CICLO B

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Lecturas: Am7,12-15; Ef 1, 3-14; Mc 6, 7-13.

Dios nos llama a todos los seres humanos a una hermosa vocación. Las siete bendiciones contenidas en el himno de la carta a los Efesios expresan esta vocación a la cual hemos sido llamados. La primera y mayor bendición es el mismo Dios, “Padre nuestro Señor Jesucristo”. El ser humano tiene un anhelo de eternidad, una hondura espiritual, una orientación natural al Misterio que llamamos Dios. La segunda bendición es Cristo, pues Dios “nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales.”

La tercera bendición es haber sido elegidos “en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor.” Hemos sido llamados a ser santos, a ser plenamente humanos, personas maduras, cristianos adultos, libres en el amor.

Esta bendición se concreta en una cuarta: la filiación divina. Dios nos ha “destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya.” Hemos sido llamados a ser hermanos unos de otros, a vivir en la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

La quinta bendición consiste en que, por la entrega amorosa de Jesús, “por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia ha sido un derroche para con nosotros, dándonos a conocer el misterio de su voluntad.” El amor redentor de Cristo es nuestra bendición.

La sexta bendición, “el plan que Dios había proyectado realizar por Cristo cuando llegase el momento culminante, es recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra.” La vocación a la que todos los seres hemos sido llamados es la reconciliación, la comunión y la armonía entre todas las cosas del cielo y de la tierra. Formamos parte de una hermosa unidad, todos los seres nos necesitamos los unos a los otros.

La séptima bendición es haber sido todos marcados con el Espíritu, que es Señor y dador de Vida. “A esto estábamos destinados por decisión del que hace todo según su voluntad. Y así, nosotros, los que ya esperábamos en Cristo, seremos alabanza de su gloria. Y también vosotros, que habéis escuchado la palabra de verdad, el Evangelio de vuestra salvación, en el que creísteis, habéis sido marcados por Cristo con el Espíritu Santo prometido, el cual es prenda de nuestra herencia, para liberación de su propiedad, para alabanza de su gloria.”

¿Qué nos ha pasado, que hemos olvidado tantas bendiciones? ¿Cómo es que nos hemos extraviado de esta vocación a la Vida y al Amor? Lo hemos hecho, porque hemos suplido el amor redentor manifestado por Dios en su Hijo Cristo Jesús, por un mito perverso: el mito de la “violencia redentora”. Este mito de la “violencia redentora” está presente por doquier: En las doctrinas de Seguridad Nacional, en los discursos de guerra, en los libros de texto de las escuelas, en los programas de televisión y hasta en los dibujos animados. Este mito tiene numerosos predicadores y sacerdotes, está presente en cultos y rituales públicos, y se repite desde hace siglos hasta la saciedad. Este mito consiste en invocar la violencia -cualquier tipo de violencia por sutil o pequeña que sea- como la solución última y única de los conflictos. Cada vez que elegimos la violencia como camino para la “paz”, estamos reproduciéndolo y reforzándolo, ofreciéndole nuestro sacrificio y dándole nuestra aprobación.

Este mito perverso e incuestionado, “habla por Dios, pero no escucha a Dios hablar. Invoca la soberanía de Dios como propia, pero no se abre a la posibilidad profética de ser juzgado por Dios. Se apropia indebidamente del lenguaje, los símbolos y las Escrituras del Cristianismo. No busca a Dios en orden a cambiar, sino que lo abraza para prevenir el cambio. Su Dios no es el Soberano imparcial de todas las naciones, sino un dios tribal adorado como un ídolo. Su metáfora no es el camino, sino la fortaleza. Su símbolo no es la cruz, sino la mirilla de un arma. Su oferta no es el perdón, sino la victoria. Su buena noticia no es el amor incondicional a los enemigos, sino su total eliminación. Su salvación no es un nuevo corazón, sino una ‘exitosa’ política exterior. Este mito ha usurpado el propósito que Dios ha revelado en Jesús para la humanidad. Es blasfemo. Es idólatra. Y es inmensamente popular.

Los profetas de ayer y de hoy siguen desenmascarando este mito de la violencia redentora, y nos siguen recordando que el camino de la no-violencia, esto es, la atención a las necesidades de todas las partes implicadas en un conflicto, es la única vía de solución. Por eso los profetas serán siempre incómodos para el Poder establecido.

Amós fue un profeta incómodo durante el reinado de Jeroboam, rey de Israel, porque habló en nombre de Dios, aunque no era profeta ni hijo de profeta, sino pastor y cultivador de higos. Pero el Señor lo sacó de junto al rebaño y le dijo: “Ve y profetiza a mi pueblo de Israel.”

Así como Amós en tiempos antiguos, el Señor sigue suscitando profetas entre nosotros. Nos envía a ti y a mí, de dos en dos, y nos da autoridad sobre los espíritus inmundos. Nos manda sin pertrechos, llevando para el camino un bastón y nada más, sin pan, sin alforja, sin dinero suelto en la faja, sin túnica de repuesto. Nos manda como mensajeros de paz y no-violencia, para predicar la conversión, para echar fuera los males que nos atormentan, para ungir con aceite a muchos enfermos y curarlos. ¡Bendito sea Dios, que de esta manera nos sigue bendiciendo en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales!”

 

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

 

Imagen destacada: “Communion of the Apostles, de Luca Signorelli. Actualmente en el Museo Diocesano de Cortona.

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