XIX DOMINGO ORDINARIO, CICLO B

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Lecturas: 1Re 19, 4-8; Ef 4,30-5,2; Jn 6, 41-51.

 

En este domingo seguimos con el tema del pan. El pan es un potente y plurivalente símbolo. Potente, porque hace referencia a necesidades y valores muy apreciados por todos los seres humanos, como son la subsistencia, la alimentación, la seguridad material, el cuidado, el compartir, la celebración, el agradecimiento, la comunión, la contribución a la vida, la solidaridad, la necesidad de reponer energía. Plurivalente, pues puede ser metáfora de una vida entregada, de la mesa compartida, de la búsqueda de seguridad, de la presencia bondadosa y nutriente, en fin.

Por eso, el símbolo del pan aparece con frecuencia en los textos bíblicos. Aparece en la travesía de los Israelitas por el desierto en forma de manhu, esa “cosa rara” que hizo llover Dios del cielo y que se podía transformar en pan para que el pueblo se alimentase. Aparece en la vida del profeta Elías como alimento que le da tal fuerza, que puede caminar cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios. Aparece en los evangelios, como pan multiplicado que Jesús ofrece y que es capaz de saciar a una multitud de personas.

Jesús mismo se presenta como “pan  de la vida.” Si los padres comieron el maná en el desierto y, sin embargo, murieron, Jesús ha bajado del cielo para que quien lo coma, no muera. Jesús es “el pan vivo que ha bajado del cielo, el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que él nos da es su carne para que el mundo tenga vida.”

Este aserto de Jesús no se refiere únicamente al pan eucarístico, sino que se refiere a la “carne” del Hijo del hombre, es decir, a este Jesús que se nos ha regalado como luz para toda la humanidad. Este Jesús concreto, el hijo de José. El término “carne” refiere al Hombre Jesús, consubstancial a nosotros en su humanidad; es decir, este Jesús que participa plenamente de todo lo que en nosotros hay de fragilidad, limitación, debilidad y pobreza. Este Jesús que comparte lo más humano de nuestra propia humanidad.

El Misterio inefable, insondable, inalcanzable, incomprensible e incognoscible para nuestra comprensión humana y al que los creyentes llamamos Dios, nos excede por todos los costados. Karl Rahner, en uno de sus últimos discursos, decía: “Quisiera testimoniar la incomprensibilidad de Dios, el inalcanzable, el auténtico y único objeto de la teología. La experiencia, de la cual yo quisiera dar testimonio, es ésta: sólo llegamos a ser verdaderos teólogos en el momento en que experimentamos y testimoniamos, con temor y gozo al mismo tiempo, la tensión de todo discurso analógico, que cubre, entre el sí y el no, el abismo de la incomprensibilidad de Dios. Quisiera simplemente confesar que el pobre teólogo que yo soy, piensa muy poco -a pesar de toda su teología- en este coeficiente analógico de todos sus enunciados. Nos gusta insistir demasiado en el discurso y olvidamos, en todo este discurso, Aquel que es su causa [1].”

Este Misterio del Dios inalcanzable, se ha manifestado en el Hombre Jesús. Eso es lo que confesamos los cristianos: que el mismo Dios inefable se nos ha dado a conocer en la persona de Jesús. En Jesús de Nazaret se da el evento supremo de la auto-comunicación de Dios a los hombres. Como dice el cuarto evangelio: “A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado.” (Jn 1, 18)  

En Jesús, Dios se ha dado a conocer. Pero para conocer a Dios, no se puede empezar por Dios. Si uno quiere conocer a Jesús, incluso conocer a Jesús como Hijo de Dios, si empieza por Dios, no va a conocer a Jesús, ni va a descubrir a Jesús como Hijo de Dios. No empecemos pues por decir: “Jesús es Dios”, sino “Jesús nos reveló a Dios, nos dio a conocer quién es Dios y cómo es Dios”.  Porque si decimos que Jesús es Dios, lo que en realidad estamos afirmando es que nosotros ya sabemos quién es Dios y cómo es Dios, antes de conocer a Jesús. Como afirma Jon Sobrino: “La tentación fundamental es abordar directamente el problema de la divinidad de Cristo, como si ya se conociese directamente en qué consiste la divinidad y se pudiesen aplicar a Jesús los criterios de esa divinidad ya conocida [2].”

Por eso, hay que partir del Hombre Jesús, pan bajado del cielo, de Joshua ben Joseph, judío marginal acusado como comilón y bebedor, amigo de recaudadores y pecadores (Mt 11, 19), blasfemo (Mc 2, 7) y endemoniado (Mt 12, 24), crucificado por el procurador Poncio Pilato. Ése y no otro es quien nos da a conocer al Dios santísimo y purísimo, al excelso e inefable Dios. Debemos partir del hombre Jesús y desde ahí reflexionar sobre su divinidad. Citando de nuevo a Rahner, afirmamos que “para una justificación de la fe cristiana, el punto de partida fundamental y decisivo está dado en un encuentro con el Jesús histórico de Nazaret, o sea, en una ‘cristología ascendente’. En este sentido la palabra ‘encarnación de Dios’, la ‘encarnación del Logos eterno’ es el final y no el punto de partida de todas las reflexiones cristológicas [3].”

Escuchamos a Jesús decir: “El pan que yo les voy a dar es mi carne, para que el mundo tenga vida.” La base de todo, la vida del mundo, es el impacto que Jesús de Nazaret produjo: su palabra con fuerza, su gesta liberadora, su libertad frente a la Ley, su autoridad soberana, y después su muerte vergonzosa y su resurrección gloriosa. Tales hechos, especialmente la resurrección, cambiaron el destino del mundo y trajeron esperanza a los perdidos.

Jesús es pan que alimenta y da la vida. Nosotros también podemos alimentar y dar vida si vivimos “amando como Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros, como ofrenda y víctima de fragancia agradable a Dios.

 

[1] Texto en http://www.tinet.cat/~fqi_sp04/rahn_anal_sp.htm

[2]  J. SOBRINO, Cristología desde América latina. Esbozo a partir del seguimiento del Jesús histórico, CRT, México 1976, p. 64.

[3] K. RAHNER, Curso fundamental sobre la fe. Introducción al concepto del cristianismo, Herder, Barcelona 1984, p. 215.

 

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

 

Imagen destacada: Mural en Medjugorje.

 

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