XIII Domingo Ordinario

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“Cuando se acercaba el tiempo en que tenía que salir de este mundo, Jesús tomó la firme determinación de emprender el viaje a Jerusalén”.

¿Conocía Jesús que era el momento decisivo de su vida? ¿Recordaría Jesús aquel momento, cuando tenía doce años y estaba en el Templo de Jerusalén, las palabras que les dijo a sus padres: “por qué me buscaban, ¿no sabían que debo estar en la casa de mi Padre?” (Lc 2, 49).

Decirle “sí” a Dios en un momento de euforia, de experiencia viva de salvación, en un especial retiro de evangelización, en un enamoramiento inicial, donde todo, en uno, se pone de pie para gritar: “sí, te amo”, es fácil.

El primer “sí” de María fue gozoso y gratificante, era la llena de gracia. Pero el segundo “sí” de María al pie de la cruz es vital, es cuando más vale la pena. Lo mismo en Jesús: hay en este evangelio un segundo “sí” definitivo a la voluntad del Padre para amarnos, que tuvo que tomar “la firme determinación” y mantenerla hasta el final.

Por eso, no nos extrañe que, a los tres diferentes llamados, Jesús les haga ver estos momentos decisivos:

1º “Los animales tienen madrigueras, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza”;

2º “deja que los muertos entierren a sus muertos, tú sígueme”;

3º “el que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios”.

Con Jesús no hay engaño. Lo escuchamos el domingo pasado: “si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga” (Lc 9, 33).

Jesús no quiere alumnos, quiere discípulos, que no es lo mismo. Discípulo es alguien que “va detrás de Jesús” para aprender su nuevo estilo de vivir y trabajar, de amar y servir y para adoptar su manera de pensar, de sentir y de actuar, con tal fuerza que pueda decir con el apóstol san Pablo: “no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Gál 2, 19-20).

Alumno dice relación a una materia y a una evaluación, discípulo dice relación a la persona de Jesucristo, cuyos pasos sigue sin pretextar otros intereses.

Dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “Aún en medio de los intentos salvajes del mercado que pretende convertir a todos en sujetos consumidores, los discípulos de Jesucristo somos llamados a vivir y proponer otro camino: el de la dignidad humana y la libertad, la solidaridad, la austeridad de vida, la gratuidad y el servicio a los demás en un amor obediente y entregado, aprendido en el constante seguimiento de Jesús” (CIC n. 1929).

Pero volvamos al primer y al segundo ¡sí! en Jesús y en nosotros.

El primero “si” puede tener tal energía concentrada, tal experiencia vivida, tanta fuerza implicada, que hará posible el segundo que lleva en sí mismo generosidad, lucha por la fidelidad, entusiasmo por la vida, pasión por el evangelio, servicio incondicional al hermano. El primero es el propio del enamoramiento, el segundo es característico de la fidelidad y de la fecundidad.

Hoy Jesús “tomó la firme determinación de emprender el viaje a Jerusalén”. ¡Tan a gusto que estaba en Galilea, tantos frutos conseguidos, tantos seguidores entusiasmados, tantos lugares hermosos!

Y ahora, a la lucha, al enfrentamiento propio de la fidelidad. En este tiempo de cambios y nuevas experiencias aprendemos de Jesús su “firme determinación”. Llegar al lugar del “sí” definitivo.

Empezar es fácil, perseverar hasta el final es difícil, pero posible. Él lo hace posible. Cuando el ambiente se enrarece, cuando aparece en el horizonte cercano la persecución, cuando hay que ir contra corriente para mantener los principios fundamentales, las convicciones profundas, es de vital importancia mantener el “si”, aunque en ello nos vaya la vida.

La consecuencia es por demás significativa, al decir de san Pablo: “Cristo nos ha liberado para ser libres… su vocación hermanos es la libertad”. Y cantaremos amor como dice Don Miguel de Unamuno: “No canta libertad más que el esclavo, el pobre esclavo; el libre canta amor”.

P. Sergio García, MSpS.

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