XII DOMINGO ORDINARIO, CICLO C

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Lecturas: Za12,10-11 y 13, 1; Gál 3, 26-29; Lc 9, 18-24.

El seguimiento de Jesús supone una evolución radical de nuestra conciencia y de nuestros paradigmas. Las lecturas del día de hoy dan cuenta de ello. No las podemos comprender, a menos que hayamos hecho un viaje interior muy profundo y que hayamos transformado nuestra visión de nosotros mismos, del mundo y de Dios.

Este viaje interior requiere la libertad más absoluta y la capacidad de abandonar creencias que nos limitan. Y eso no es algo sencillo de realizar. Los discípulos de Jesús tardaron mucho en realizar ese viaje. No pudieron hacerlo con totalidad sino hasta haber pasado por la noche oscura de la cruz, haber asistido a la experiencia desconcertante de la resurrección y haber recibido la asistencia del Espíritu el día de Pentecostés. Es previsible que nosotros tardemos otro tanto en realizar el mismo viaje.

Intentemos dimensionar la escena que hoy nos narra el evangelio de Lucas y ubicarla en el contexto que se la coloca. Unos versículos antes, el evangelista dice que “Herodes se enteró de todo lo sucedido (con Jesús) y estaba desconcertado; porque unos decían que era Juan resucitado de la muerte, otros que era Elías aparecido, otros que había surgido un profeta de los antiguos. Herodes comentaba: A Juan yo lo hice decapitar. ¿Quién será éste de quien oigo tales cosas? Y deseaba verlo.”

¿Qué sentiría Jesús al enterarse de que el mismísimo gobernador Herodes deseaba verlo? ¿Acaso miedo, preocupación, inseguridad? El evangelio no lo dice. Simplemente habla del milagro de la multiplicación de los panes y luego de que “estando Jesús una vez orando a solas, se le acercaron los discípulos y él los interrogó: ¿Quién dice la multitud que soy yo? Contestaron: Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha surgido un profeta de los antiguos. Les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondió Pedro: Tú eres el Mesías de Dios.”

Jesús no tenía un pelo de tonto. Sabía que los poderosos le seguían los pasos. Sabía que los jefes de los judíos veían con atenta preocupación la influencia que su mensaje tenía en el pueblo pobre. Se cernía sobre él la posibilidad de la represión, de la persecución y quizá hasta de una muerte violenta. Jesús contaba con esta posibilidad y, me imagino yo, sentía angustia por ello.

El Maestro necesitaba confiar, tener claridad. Quería saber si sus discípulos estaban comprendiendo en profundidad lo que él quería transmitirles, o tenían quizá ideas distorsionadas de su mensaje. Por eso les interroga, les escruta, les insta a definirse. ¿Comprenden de verdad? ¿De verdad están con él? ¿Son capaces de captar lo que se juega en su propuesta?

Por su parte los discípulos estaban confundidos, absolutamente desconcertados. Las palabras de Jesús los desconcertaban aún más: “Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día”. Ellos no habían hecho el viaje interior que Jesús había logrado y por el cual tenía claro que “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo. Pero si muere, da mucho fruto”.

A nombre de los discípulos, Pedro responde a la pregunta de Jesús con aplomo: “Tú eres el Mesías.” Pero, ¿qué tipo de mesianismo esperaban los discípulos? No ciertamente, el mesianismo que marcaba Jesús. Ellos esperaban a un mesías triunfador que, finalmente, restableciera la soberanía de las tribus de Israel. No esperaban a un Mesías- Siervo, hombre de dolores, habituado al sufrimiento. No podían siquiera imaginar que la “fuente para la casa de David y los habitantes de Jerusalén -profetizada por Zacarías- y que los purificaría de sus pecados e inmundicias”, brotaría del costado abierto y traspasado de un Crucificado.

Jesús viene a cambiar nuestra visión de nosotros mismos, del mundo y de Dios. Nosotros imaginamos a un Dios todopoderoso, con el todo-poder que los humanos ejercemos. Un poder sobre los demás que soluciona las cosas mágicamente, que se arroga la posesión de la verdad y que ordena cómo y cuándo se han de hacer las cosas. Un poder que se impone desde arriba y desde afuera. Ese no es todo-poder de Dios. Su único todo-poder es el Amor que se entrega.

Tenemos una conciencia autoritaria, de separación y de escasez. Pensamos que existen claras diferencias entre judíos y no judíos, entre esclavos y libres, entre varón y mujer. Y con esta conciencia hemos organizado el mundo de tal manera que ni los derechos ni las oportunidades son las mismas para todos.

Para revertir esta falacia, esta conciencia de separación y escasez, hay que recordar que todos vamos en el mismo barco. Y que, si el barco se hunde, todos morimos. Sin embargo, dado que las averías a las que hemos sometido este barco no tienen la misma repercusión sobre todos, vivimos con la ilusión de que podemos salvarnos buscando soluciones individuales a problemas que son estructurales. Y como nadie quiere perder nada de lo que es aparentemente suyo, pues así vamos.

Hasta que cambiemos nuestra mirada y actuemos en consecuencia con ese cambio de mirada, hasta que aceptemos la verdad del dicho de Jesús: “el que quiera conservar para sí mismo su vida, la perderá; pero el que la pierda por mi causa, ése la encontrará,” hasta entonces podremos empezar a modificar las cosas y a darnos cuenta de que “ya no existe diferencia entre judíos y no judíos, entre esclavos y libres, entre varón y mujer, porque todos nosotros somos uno en Cristo Jesús.”

Este cambio que se opera en el interior, ha de ir acompañado de un cambio social, que favorezca nuevas interacciones más inclusivas, más equitativas y menos violentas. Un cambio social en el que todos ganemos y que funcione para todos. ¿Es esto una utopía? Quizá. Pero ese fue el sueño por el dio la vida nuestro Señor Jesús. Y si somos sus discípulos, es porque soñamos sus mismos sueños.

 Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, msps.

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