X DOMINGO ORDINARIO

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Lecturas: 1Re 17, 17-24; Gál 1, 11-19; Lc 7, 11-17.

Tanto la primera lectura como el Evangelio de hoy nos hablan de dos personas que “resucitan.” El primero es el hijo de la dueña de la casa donde se hospedaba Elías. El joven cayó enfermo y murió. Entonces la mujer le reprocha al profeta: “¿Qué te he hecho yo, hombre de Dios? ¿Has venido a mi casa para que recuerde yo mis pecados y se muera mi hijo?” Elías se tiende tres veces sobre el niño y suplica a Dios que le devuelva la vida al niño; y así sucede. El niño vuelve a la vida y el profeta lo devuelve a su madre.

Algo semejante pasa en el relato de Lucas. Jesús llega a Naím en el momento en el que una marcha fúnebre tiene lugar. Llevaban a enterrar al hijo único de una viuda. Al ver a la viuda, Jesús se compadece, toca el ataúd y se detiene la procesión. Luego dice: “Joven, yo te lo mando: ¡Levántate!”. Inmediatamente el que había muerto se levantó y comenzó a hablar. Jesús se lo entregó a su madre.

¿Cómo interpretar estos textos? Para hacerlo, creo yo que hay que despejar primero una sospecha que la crítica freudiana del hecho religioso puso de manifiesto, “haciendo pensar a muchos que tras la experiencia religiosa se ocultan siempre mecanismos de represión, proyección, neurosis que acaban alienando al ser humano o, al menos, bloqueando de manera importante su desarrollo y plenitud personal[1].”

¿No se esconderá acaso en estos textos una omnipotencia inconsciente que niega el hecho ineludible de la muerte? Nuestro deseo inconsciente, nuestra omnipotencia infantil, nos llevan a creer que lo podemos todo, que lo sabemos todo, que seremos inmortales. Pero la realidad desmiente al deseo. “La madurez del ser humano pasa, pues, por la renuncia a esta primacía del mundo interno de los deseos sobre el de la realidad. Sencillamente el adulto ha realizado un duelo por sus antiguos e infantiles sentimientos de omnipotencia.

“Pero este duelo no resulta nada fácil. Y ahí, según la opinión de Freud, es donde la religión se presta en su doble vertiente de ilusión protectora y de lugar camuflado para perpetuar el conflicto…En algún lugar existe el todo poder, el todo saber y la ilimitación de la inmortalidad. Es la omnipotencia infantil jugando en el corazón de la ilusión religiosa.”

Qué fácil es sostener la imagen infantil y omnipotente de un Dios que nos des-responsabiliza, nos ahorra nuestros fracasos, nos sana mágicamente de nuestras enfermedades, nos hace “milagritos” y puede darnos la ilusión de ser inmortales e invulnerables. Esta imagen infantil se expresa en la manera como acudimos a Dios cuando el fracaso, la enfermedad o la muerte nos visitan.

¿Acaso los textos de las curaciones de Jesús -y concretamente estos dos textos no sólo de curaciones sino de resurrecciones- no pueden reforzar en nosotros la imagen de un Dios intervencionista? ¿Acaso la representación de un Dios que anula la muerte no se nos ofrece a los seres humanos como una tentación para proyectar los sueños infantiles de omnipotencia?

Dios es Omnipotente, todopoderoso. Pero su todo-poder es el nada-poder del Amor. Como dice Domínguez Morano, “la omnipotencia que debemos proclamar del Dios de Jesús guarda un sentido muy particular. Tan sólo podemos entenderla desde el contexto general de la Revelación que Jesús nos trae. Efectivamente, tan sólo cuando situamos el atributo de la omnipotencia junto con el del amor y la misericordia, que es el que de modo más claro y manifiesto se nos da a conocer a través de las palabras y la vida de Jesús, podemos entender el sentido cristiano de la afirmación de Dios como Todopoderoso. En este sentido, la teología paulina lo expresa de un modo tan rotundo como desconcertante.

La sabiduría de Dios se ha hecho manifiesta no en el ejercicio del poder sino en la locura y el escándalo de la cruz (I Cor 1,23), en la debilidad. La locura de Dios es más sabia que los hombres y la debilidad de Dios (asthenés tou Theou) más potente que los hombres (1 Cor 1,25).

“Y es, por eso, en la debilidad extrema del crucificado donde podemos entender el sentido de la omnipotencia de Dios. Omnipotencia, pues, que no podemos ya entender como domino de la fuerza sobre la debilidad, sino tan sólo como una expresión del amor. De lo que se sigue también que el reto supremo que se nos plantea a los creyentes en la persona del Señor Jesús, radica en llegar al convencimiento de que si existe alguna fuerza o poder capaz de transformar el mundo será sólo la del amor, la misericordia y la entrega que se hace capaz, como en el caso de Jesús, de soportar la mayor y la más extrema de las debilidades.”

Desde estas coordenadas, podemos interpretar los textos de hoy como dos joyas en las que se manifiesta la ternura amorosa de Dios que se encuentra con la más extrema debilidad. La delicadeza de un Dios que no anula la muerte, sino que la asume plenamente y nos invita a superarla. Un Dios que no bajó a su Hijo de la cruz, sino que lo confirmó en su entrega, resucitándolo.

Jesús se compadece en lo más hondo de la indefensión de esta pobre viuda que se quedaba sola en el mundo. Esa tierna compasión es la que lo mueve decir con energía a su hijo muerto: “Joven, yo te lo mando: ¡Levántate!” Jesús convoca a la vida a este joven, le dice que no ha llegado todavía su tiempo de claudicar. Su madre viuda lo necesita. No puede sucumbir al desaliento mortal que lo invade, no puede dejar de luchar ni dejarse morir. Como a Lázaro, a quien Jesús le dice: ¡sal fuera de tu sepulcro!, a este muchacho le ordena: ¡levántate!

Si conservamos una imagen infantil de Dios, es fácil que nos des-responsabilicemos, y que “le colguemos a Dios el muertito”. Que nos dejemos caer ante las adversidades, esperando a que se arreglen mágicamente nuestros problemas. Podemos claudicar cuando la vida se pone cuesta arriba. Si, en cambio, nos convertimos al Dios de Jesús, nos sabremos acompañados en nuestras dificultades. Y cuando el miedo a perder y el miedo a morir hagan presa de nosotros, escucharemos la voz clara del Señor que nos dice: “Joven, yo te lo mando: ¡Levántate!”

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, msps.

[1] Ver C. DOMÍNGUEZ MORANO, Psicoanálisis y cristianismo, en:

http://www.aiempr.net/articles/pdf/aiempr219.pdf

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