VII DOMINGO ORDINARIO, CICLO A

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Lecturas: Lev 19, 1-2, 17-18; 1Cor 3, 16-23; Mt 5, 38-48.

En este domingo leemos un pasaje del evangelio de Mateo que frecuentemente ha sido malinterpretado como invitación a la sumisión. Pareciera que Jesús, con los ejemplos que ofrece, está alentando la pasividad. Jesús parece decir: si tu adversario te hace violencia, no resistas al mal y agacha la cabeza. Pero Jesús nunca hizo nada parecido. Nunca se mostró cobarde o cómplice de la injusticia, ni alentó la colaboración con el opresor.

Ante las tres más frecuentes reacciones a la violencia: atacar, huir o congelarse, Jesús explora una tercera vía de resistencia no-violenta y que no es simple docilidad, sino invitación a responder a la violencia con creatividad. Dejo esta vez que Walter Wink[1] nos ayude a comprender los ejemplos de Jesús; de él es esta explicación:

“Primer ejemplo: “Si alguno te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la izquierda.” ¿Por qué la mejilla derecha? ¿Cómo se golpea a otro en la mejilla derecha? Trata de hacerlo. Un golpe con el puño derecho en ese mundo diestro daría en la mejilla izquierda del oponente. Para golpear la mejilla derecha con el puño tendría que usarse la mano izquierda, pero en la sociedad de Jesús la mano izquierda era utilizada sólo para tareas impuras. La única manera como alguien podía golpear la mejilla derecha con la mano derecha sería con el revés de la mano.

“A lo que Jesús alude con su ejemplo no es a un pleito, sino a una humillación. Un golpe con el revés de la mano era el modo normal de amonestar a los subordinados, era la manera de humillarlos. Los amos golpeaban con el revés de la mano a los esclavos, los padres a los niños, los hombres a las mujeres, los romanos a los judíos.

El que ha sido golpeado, si respondiera con otro golpe, se suicidaría, pues el agresor tiene más poder; la única reacción normal hubiese sido la sumisión. Los oyentes de Jesús -que no eran los que tienen poder, los que golpean, inician pleitos o imponen trabajos forzados, sino más bien sus víctimas- tenían que someterse a ese trato humillante que se les impone. ¿Por qué aconseja Jesús a esas personas ya humilladas que presenten la otra mejilla?

Porque esta acción priva al opresor del poder de humillarlos. Para poder golpear de nuevo la mejilla izquierda con la mano derecha, el golpeador no puede golpear con el revés de su mano derecha. Tiene que hacerlo con un puño. Pero si golpea así, está convirtiendo al otro en un igual, está reconociendo al otro como par. La persona que presenta la otra mejilla está diciendo, en efecto: “Prueba otra vez. Tu primer golpe no logró el efecto deseado. Te niego el poder de humillarme. Soy un ser humano como tú. Tu situación (género, raza, edad, riqueza) no cambia ese hecho. No puedes humillarme.”

Segundo ejemplo: “al que te quiera demandar en juicio para quitarte la túnica, cédele también el manto.” Un pobre ha pedido un préstamo y no tiene con qué pagar. Su acreedor lo lleva al tribunal y le exige la túnica para ofrecer como garantía por el préstamo. La ley judía requería estrictamente su devolución cada noche al ponerse el sol, porque era todo lo que los pobres tenían para dormir.

Los oyentes de Jesús son los miles de endeudados, víctimas de un sistema que los somete a la humillación despojándolos de sus tierras, de sus bienes y hasta de sus prendas exteriores. ¿Por qué entonces les aconseja que entreguen también el manto? ¡Eso significaría que salieran del tribunal totalmente desnudos! Ponte en el papel del deudor, imagínate las risitas que este dicho debe haberle evocado. Ahí están los acreedores, rojos de vergüenza, con tus prendas exteriores en una mano y tu ropa interior en la otra. Repentinamente les has vuelto la tortilla. No tenías esperanzas de ganar el pleito; la ley estaba enteramente a su favor. Pero te negaste a ser humillado. Al mismo tiempo registraste una despampanante protesta contra un sistema que engendra semejantes deudas. Dijiste, en efecto: “¿Quiere mi túnica? ¡Aquí tiene, tómelo todo! Ahora lo tiene todo excepto mi cuerpo. ¿Es lo próximo que me va a quitar?”

La desnudez es tabú en el judaísmo. La vergüenza caía no sólo sobre la parte desnuda sino sobre la persona que contempla o causa la desnudez (Gn 9, 20-27). Al desnudarse le has impuesto al acreedor la misma prohibición que llevó a la maldición de Canaán. Cuando te muestras en la calle, tus amigos y vecinos, estupefactos, pasmados, preguntan qué sucedió. Les explicas. Se unen a tu creciente procesión, que ahora parece un desfile victorioso. Todo el sistema por el cual se oprime a los deudores ha sido desenmascarado públicamente. Quedó en evidencia que el acreedor no es un “respetable” prestamista sino parte de un sistema perverso que despoja a los pobres a la carencia de tierras y a la miseria. Este desenmascaramiento no es simplemente punitivo, ofrece al acreedor la posibilidad de ver, tal vez por primera vez en su vida, lo que causan sus prácticas- y de arrepentirse.

Tercer ejemplo: “Si alguno te obliga a caminar mil pasos en su servicio, camina con él dos mil.” Los soldados romanos podían obligar a los civiles de los pueblos sometidos a llevarles su mochila sólo una milla; si obligaban al civil a ir más lejos podían recibir severos castigos bajo la ley militar. De esta manera Roma trató de limitar el enojo de la gente ocupada y asegurar a la vez el movimiento de sus ejércitos. Esta imposición recordaba amargamente a los judíos que, a pesar de estar en la Tierra Prometida, eran un pueblo sometido.

A este pueblo orgulloso pero subyugado Jesús no le aconseja la revuelta. Los sicarios, por ejemplo, no se “hacen amigos” del soldado, lo llevan a un lado, y le meten un cuchillo entre sus costillas. Jesús tenía plena conciencia de la futilidad de la revuelta armada contra el poder imperial romano. ¿Pero por qué aconseja caminar la segunda milla? ¿No significa esto irse al extremo opuesto de ayudar y favorecer al enemigo?

De ninguna manera. La pregunta en este caso, como en los otros dos, es cómo el oprimido puede recuperar la iniciativa, cómo puede hacer valer su dignidad humana en una situación que no puede ser modificada, al menos por el momento. Las reglas las fija el César, pero no cómo se responde ante ellas. La respuesta es de Dios, y César carece de poder al respecto.

Imagina por un momento la sorpresa del soldado cuando, en el hito de la milla siguiente, se prepara a regañadientes a recuperar su mochila (30 a 40 kilos con el equipo completo). Le dices: “Oh, no, déjeme llevársela una milla más”. Normalmente tiene que forzar a tus congéneres a que lleven su mochila, ¡ahora tú lo haces alegremente y no dejas de hacerlo! ¿Es una provocación? ¿Estás insultando su fuerza? ¿Estás siendo amable? ¿O estás tratando de que lo castiguen porque parecería que te hace ir más lejos de lo que debieras? ¿Tienes la intención de presentar una queja? ¿Crear problemas?

Ante una situación de requisición servil, has vuelto a tomar la iniciativa. Has recuperado el poder de elección. El soldado está desconcertado porque se le ha privado de la previsibilidad de tu reacción. Imagínate la situación hilarante de un soldado de la infantería romana rogando a un judío: “¡Ah!, venga, ¡por favor devuélvame mi mochila!” El humor de la escena debe haberles encantado a los oyentes de Jesús. ¡Imagínate tú la posibilidad de dejar perplejos de esa manera a nuestros opresores!

En los tres ejemplos, Jesús dice a sus oyentes: Toma la iniciativa moral. Encuentra una alternativa creativa a la violencia. Haz valer tu propia humanidad y dignidad como persona. Enfrenta a la fuerza mediante el ridículo o el humor. Rompe el ciclo de la humillación. Niégate a someterte o a aceptar la posición inferior. Denuncia la injusticia del sistema. Toma el control ante la dinámica del poder. Avergüenza al opresor hasta que se arrepienta. Mantén tu posición. Fuerza al poder establecido a tomar decisiones para las que no está preparado. Reconoce tu propio poder. Obliga al opresor a verte de otro modo. Priva al opresor de situaciones en las que la fuerza es efectiva. Muéstrate a sufrir el castigo por romper leyes injustas.

Brillante explicación de Walter Wink que nos muestra la manera concreta de vivir este mandato de Jesús, el más importante y retador de sus mandatos: “Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y manda su lluvia sobre los justos y los injustos.  Porque si ustedes aman a los que los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen eso mismo los publicanos? Y si saludan tan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen eso mismo los paganos? Ustedes, pues, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto”

 Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.


[1] Toda la homilía está tomada de W.WINK, Jesus and Nonviolence. A third way, Fortress press, Minneapolis 2003, pp9-21 y 27-28. Una traducción al español en www.rebelion.org/noticias/2005/1/9632.pdf.

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