VI DOMINGO ORDINARIO, CICLO A

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Lecturas: Eclo 15, 15-20; 1Cor 2, 6-10; Mt 5, 17-37.

 

 

La larga perícopa que escuchamos este domingo y los siguientes, ha recibido numerosas interpretaciones. Este pasaje es propio de Mateo, el evangelio escrito para judeo-cristianos, muy preocupados por el vínculo entre la Toráh, la Ley, y el movimiento de Jesús. Leemos en Mateo la declaración: “No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento.” Esta frase, inscrita en el contexto histórico concreto en el que se dirimía la separación entre la Iglesia y la Sinagoga, cobra suma relevancia.

El evangelio de hoy refleja, según mi opinión, un conflicto entre hermanos. Los fariseos-judíos, aquellos que habían optado por permanecer fieles a la Alianza, denostaban a sus hermanos de sangre, los cristianos-judíos, por lo que les parecía una traición a la fe de sus Padres, a la fe de su pueblo. Ellos habían olvidado la Ley y los profetas, la sagrada Toráh, para sumarse al movimiento de un judío marginal y advenedizo, Jesús el hijo de José.

Ante la grave crisis que había supuesto la destrucción del Templo Santo por parte del futuro César Tito, el año 70 d. C. (época en la que presumiblemente se escribió el Evangelio de Mateo), los judíos fieles a la Toráh increpaban a sus hermanos de sangre, judeo-cristianos, a tomar partido: o con ellos o contra ellos. El saqueo de Jerusalén y el Templo, cuya representación puede verse todavía en el arco de Tito en Roma, es el contexto histórico de este texto. Quizá la radicalización de los preceptos de la Torá, que escuchamos en el Evangelio de hoy, pueda interpretarse como una respuesta a este contencioso histórico.

Me explico. Todos los preceptos de la Ley que cita Jesús a la letra, son llevados por él al máximo de su radicalidad. ¿Con qué finalidad? Las respuestas que se han dado a esta pregunta han sido múltiples por parte de los exégetas. Yo lanzo la siguiente hipótesis: si los “judíos fieles” acusaban a sus hermanos judeo-cristianos de ser traidores y apóstatas de la Ley, los judeo-cristianos respondían afirmando que no sólo no eran traidores infieles, sino que eran los más fieles y radicales observantes de la Ley, puesto que no sólo cumplían con la “letra”, sino con el precepto en toda la radicalidad de su espíritu. Este puede ser el sentido de la radicalización de los preceptos, puesta en boca de Jesús: “Habéis oído que se dijo a los antiguos…Pero yo os digo:…” Con este texto, los judeo-cristianos decían a sus hermanos de sangre: si vosotros os gloriáis de ser fieles a la Ley, nosotros lo somos por doble motivo. Lo somos, no sólo en la literalidad de los preceptos, sino en su expresión más radical. No sólo no somos traidores a la Toráh, sino que somos sus más fieles defensores, los que la llevamos a su plenitud.

Dejando de lado este contencioso histórico, pasemos a lo que puede decirnos la Palabra a nosotros, hoy. La clave nos la da la primera lectura. Ella nos recuerda que Dios no obliga a nadie, sino que es admirablemente respetuoso de la libre elección del ser humano. “Si tú quieres, guardarás los mandamientos  -nos recuerda el libro del Eclesiástico. Él te ha puesto delante fuego y agua, a donde quieras puedes llevar tu mano. Ante los hombres la vida está y la muerte, lo que prefiera cada cual, se le dará.” Éste es el Dios de Jesús, un Dios que no obliga nunca a nadie, solamente aconseja, sugiere e invita, como bellamente decía San Ireneo de Lyón.

Por eso, se nos invita a oír el “SÍ” que hay detrás del “NO”. Todos los preceptos a los que alude Jesús están expresados como prohibiciones o preceptos negativos, tanto en su formulación vetero-testamentaria, como en su actualización jesuánica. Cuando escuchamos un precepto expresado con un NO, el precepto nos puede sonar a imposición, a exigencia. Y cuando escuchamos una exigencia, lo que nos queda es someternos o rebelarnos ante ella, pero no nos sentimos animados a colaborar. De allí la importancia de descubrir el “SÏ” que hay detrás de los “NO” de Jesús.

Escuchamos en boca de Jesús esta terrible sentencia: “Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, y el que mate será procesado. Pero yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano ‘imbécil’ tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama ‘renegado’ merece la condena del fuego.” Ante ello, nos queda simplemente echarnos a temblar. ¿Quién quedará en pie ante semejantes palabras? Y si lo oímos decir: “Habéis oído el mandamiento: no cometerás adulterio. Pues yo os digo: El que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior.” O si escuchamos: “Habéis oído que se dijo a los antiguos: ‘No jurarás en falso’ y ‘Cumplirás tus votos al Señor.’ Pues yo os digo que no juréis en absoluto”.

Traduzcamos estas implacables palabras, descubriendo el SÍ que hay detrás del NO, y veremos que el núcleo del mensaje de Jesús nos invita sencillamente a contribuir al bienestar de los demás y a servir a la vida. Cuando Jesús nos dice: no mates, no pelees con tu hermano ni lo llames imbécil o renegado, en realidad nos dice “cuida la vida, respétala, hónrala siempre.” Cuando Jesús subraya: no cometas adulterio, no mires a una mujer deseándola, lo que nos dice es “apuesta por el amor y la fidelidad.” Cuando Jesús nos insiste: no jures en absoluto, lo que en verdad nos indica es esto “di sí, cuando es sí, y no, cuando es no.” Así traducido, el evangelio de hoy nos invita a contribuir al bienestar de otros, a colaborar con Jesús en el servicio a la vida.

Recordemos lo importante que es aprender a traducir los mensajes negativos que recibimos de los demás. Cuando alguien se comunica negativamente con nosotros, tenemos cuatro opciones. Podemos culpar al otro, en este caso, culpar a Jesús por su intransigencia y su intolerancia. O podemos echarnos la culpa a nosotros, sentirnos derrotados y pecadores, incapaces de cumplir sus mandamientos. Pero también podemos darnos cuenta de nuestros sentimientos y necesidades, tomar conciencia de la alegría que brota en nosotros cuando servimos a la vida. Podemos, finalmente, darnos cuenta de los sentimientos y necesidades que oculta el mensaje negativo de la otra persona, traduciendo las prohibiciones radicales de Jesús por un mensaje positivo que nos invite a colaborar con él en la construcción de su Reino.  

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

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