VI DOMINGO DE PASCUA, CICLO A

842 visitas

Lecturas: Hch 8,5-8. 14-17; I Pe 3, 15-18; Jn 14, 15-21.

 

Estamos cerca de la fiesta de Pentecostés, en la que celebramos al Espíritu que se posa sobre los discípulos reunidos en el Cenáculo, con María. Hoy las lecturas anuncian ya la presencia del Espíritu entre nosotros. Y hablar de Espíritu es hablar de trascendencia y de espiritualidad.

Hoy en día asistimos a una creciente sed de trascendencia y de espiritualidad. En estos momentos de tanta inestabilidad y crisis de todo tipo, sentimos una necesidad más acuciante por mirar hacia lo profundo, hacia la espiritualidad. Jesús puede ser respuesta a esta sed de espiritualidad que nuestro mundo siente, quizá hoy más que en otras épocas.

Esta espiritualidad se busca dentro de las grandes tradiciones religiosas, pero también fuera. A veces en un retorno a formas más propias del pasado, otras en una incursión por caminos nuevos. Muchos sentimos el hambre de una vida mística, de una sanación interior. Dentro de la superficialidad reinante, muchos buscamos una vida espiritual más profunda.

Nuestra sociedad actual presenta dos rasgos aparentemente contradictorios: por una parte, se acentúa el valor del individuo, incluso a veces se exacerba el individualismo. Por otra parte, asistimos a un fenómeno imparable de “mundialización” que hace de nuestra casa común -el mundo- una “aldea global”. Estos dos rasgos típicos de nuestra circunstancia histórica pueden ser obstáculo u oportunidad para la instauración de una nueva espiritualidad. Podemos globalizar la depredación, o podemos mundializar la solidaridad y la espiritualidad, aportando así a un cambio de estructuras sociales que permita que la voz de quienes no tienen voz o han sido silenciados sea escuchada.

Como sociedad tenemos la enorme oportunidad de aprovechar la globalización, de frenar la desastrosa explotación de recursos naturales, de conseguir un desarrollo más equilibrado y sostenible, de usar el avance tecnológico para apoyar a los países con escaso desarrollo y con niveles insoportables de pobreza. Todo esto tiene que ver con la espiritualidad de Jesús y con el cultivo de la no-violencia en el mundo. Pues sólo desde el respeto sagrado por todo lo que vive, desde la compasión y la solidaridad con los más pequeños, desde la confianza absoluta en el Dios de la Vida, podemos ser luz del mundo y sal de la tierra para cuantos nos traten (Mt 5, 13-16). Si vivimos al modo de Jesús, seremos fermento de vida digna en medio de la masa de nuestra sociedad.

Nuestra modernidad está fuertemente marcada por el desarrollo de la ciencia. Los avances científicos y las nuevas tecnologías están aportando una nueva conciencia a la humanidad, sin lugar a dudas. El avance científico permite desarrollos que antes nos parecían inimaginables. Pero también actualiza la tentación que desde el origen ha acechado al ser humano: querer ser como dioses, controladores del bien y del mal. Sucumbir a esta tentación, a esta carrera hacia lo imposible, acarrearía la deshumanización del planeta.

La ciencia y la tecnología permiten dar solución a muchos problemas en el mundo: problemas de salud, energía, desarrollo de los pueblos. Pueden posibilitar además la construcción de un mundo más igualitario y equilibrado, y contener el desenfreno de la ambición y del capital. Pero también pueden ser ocasión de lo contrario, sobre todo ahora que nos encontramos ante un mundo cada vez más desestabilizado.

El modo de vida y la propuesta de Jesús sigue siendo un referente para llenar de alma y de Espíritu, para potenciar y a la vez humanizar este avance científico y tecnológico. Porque quien vive al modo de Jesús se convierte en un agente positivo de transformación de la realidad de nuestro mundo. Con su palabra y sus obras, Jesús vino a plantear una revolución, vino a poner el mundo al revés. Como María reconoce en su cántico, la propuesta de Jesús “desbarata a los soberbios en sus planes, derriba del trono a los potentados y ensalza a los humildes, colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos (Lc 1, 51-53).”

La revolución de Jesús no llega por la violencia, sino por la nueva conciencia de que todos tenemos igual dignidad ante Dios; no llega por la imposición autoritaria, sino por el humilde servicio; no llega con el poder del dinero, sino con la disposición a compartir lo que se tiene. Jesús, profeta y místico, supo leer los signos de los tiempos y alzar su voz como mensajero de Dios. Él nos propuso una manera de vivir compasiva y solidaria, nos ofreció una espiritualidad místico-profética al alcance de todos:

Una espiritualidad que sana a los enfermos y los perdidos. Como nos recuerda hoy el libro de los Hechos, “la multitud escuchaba con atención lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los milagros que hacía y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos, lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados quedaban curados. Esto despertó gran alegría en aquella ciudad.”

Una espiritualidad del perdón incondicional, que nos permita establecer relaciones sanadoras, envueltas en el poder de la fe[1]. Como nos recuerda hoy la carta de Pedro, “más vale padecer por obrar el bien, si esa es la voluntad de Dios, que por obrar el mal. A semejanza de Cristo Jesús, el cual para llevarnos a Dios murió una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, muerto en la carne, vivificado en el espíritu.”

 

Una espiritualidad con Espíritu, como nos recuerda hoy el Evangelio de Juan. Pues es el Espíritu el que está junto a nosotros para sostenernos (por eso es parakletós). Es el Espíritu quien mora en nosotros. Gracias a ese Espíritu no nos quedamos huérfanos cuando Jesús se va, y gracias a Él comprendemos que Jesús está en su Padre y nosotros en él y él en nosotros.

Antonio Kuri Breña, MSpS.

 

[1] Para la propuesta espiritual de Jesús ver A.NOLAN, Jesús, hoy. Una espiritualidad de libertad radical, Sal Terrae, Santander 2007.

Imagen destacada: Jesús Resucitado, de Cecilia Valadez.

Comentar

Abrir chat
¡Hola! ¿En qué podemos ayudarte?
Powered by