V DOMINGO ORDINARIO, CICLO B

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Lecturas: Job7,1-4.6- 7; 1Cor 9, 16-19.22- 23; Mc 1, 29-39.

 

El libro de Job es un libro precioso de la Biblia. Intenta salir al encuentro del difícil tema del sufrimiento del inocente. Para una mentalidad arcaica, el infortunio de los hombres se debe a nuestros pecados. Así lo confirma el primer salmo de la Biblia: “Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los malvados, ni en el camino de pecadores se detiene ni en la sesión de los cínicos se sienta; sino que su gozo es la ley del Señor y medita su ley día y noche. Será como árbol plantado junto a acequias, que da fruto en su sazón, y su follaje no se marchita; todo cuanto hace prospera. No así los malvados, serán como tamo que arrebata el viento. En el juicio, los malvados no estarán en pie, ni los pecadores en la asamblea de los justos. Porque el Señor cuida el camino de los justos, pero el camino de los malvados se extravía.” (Sal 1)

Pero, ¿qué pasa cuando el hombre justo, cuyo gozo es la ley del Señor, sufre una desgracia tras otra? ¿cómo explicarnos el sufrimiento del inocente? El texto de Job expresa con viveza el dolor de quien no encuentra sentido a tanto sufrimiento: “El hombre está en la tierra cumpliendo un servicio. Sus días son los de un jornalero: como el esclavo, suspira por la sombra, como el jornalero, aguarda el salario. Mi herencia son meses baldíos, me tocan en suerte noches de fatiga. Al acostarme pienso: ¿Cuándo me levantaré?; se hace larga la noche y me harto de dar vueltas hasta el alba; me tapo con gusanos y terrones, la piel se me rompe y me supura. Mis días corren más que la lanzadera y se consumen sin esperanza. Recuerda que mi vida es un soplo y que mis ojos no verán más la dicha.”

¡Cuántas personas, por diversos motivos, hemos experimentado la misma noche oscura que describe Job! Sea por motivos físicos o psíquicos, por problemas en nuestras relaciones, por dificultades económicas o laborales, porque la vida nos presenta situaciones duras y conflictivas. Por lo que sea, de repente la vida se nos vuelve cuesta arriba, las noches se nos hacen interminables y los días se nos consumen sin esperanza. La vida pierde su sentido y el horizonte se oscurece.

Cuando esto nos sucede, estamos invitados a crecer y a evolucionar. Se nos invita a mirar lo que ha pasado para recoger el aprendizaje vivido. A buscar en lo profundo de nuestro ser un nuevo sentido de la vida. A salir más fortalecidos y maduros de las crisis. Un himno famoso de la liturgia canta: “La noche es tiempo de salvación”: los miedos e infortunios, las enfermedades y las pérdidas, los fracasos y las debilidades son parte de la vida. Entonces necesitamos respuestas que nos ayuden a comprender cómo –a veces- es necesario experimentar la vulnerabilidad para crecer, hacer un alto en la vida para llegar a conocernos a nosotros mismos con mayor profundidad. A partir de allí, podemos retomar nuestra vida con mayor sentido y fortaleza. Y podremos entonces experimentar lo que tan bellamente dice Pablo a los corintios: “Con los débiles me hice débil, para ganar a los débiles. Me he hecho todo a todos, a fin de ganarlos a todos. Todo lo hago por el Evangelio, para participar también yo de sus bienes”.

La posibilidad de salir airosos y crecidos de las dificultades de la vida no se da en automático. Es necesario contar con el acompañamiento de personas sabias y experimentadas, acudir a la ayuda de profesionales en la materia: médicos, psicólogos y psiquiatras, maestros y acompañantes espirituales. Es necesario también contar con el apoyo de una comunidad que nos fortalezca, expresar y compartir nuestra vulnerabilidad con los hermanos, en lugar de aislarnos o ensimismarnos. Estar atentos
a escuchar a los que se preocupan por nosotros y nos quieren bien. Y a partir de allí, ir tomando las propias decisiones e ir haciendo los ajustes necesarios en nuestra vida.

De esta manera, seremos capaces de asumir las limitaciones que nos sean inevitables, y de remontar aquellos dolores que sean temporales o evitables. En definitiva, se trata de afinar las capacidades de cuidado de nosotros mismos, de nuestros sentimientos y necesidades más profundas. Se trata de aprender a “monitorearnos”, para no caer en desgastes innecesarios, en rutas de riesgo o callejones sin salida.

Cuidar de nosotros mismos es condición indispensable, si es que queremos dedicarnos al cuidado de los demás. El ejemplo lo tenemos en Jesús. Podemos descubrir, en la descripción que hace el evangelista Marcos de uno de los días de actividad del Maestro, cómo él se daba los espacios necesarios para escuchar y alimentarse de la Palabra de Dios, para dedicar largos tiempos a la oración y al discernimiento, para cuidar de sí y beber de su propia fuente, que era el amor incondicional de su Padre Dios.

Conectado desde esa fuerza interior que Jesús cuidaba, salía al encuentro de las necesidades de los demás. Y entonces se dedicaba, con ternura y atención, a dar lo mejor de sí mismo. Después de alimentarse con la Palabra proclamada en el culto de la sinagoga, va a la casa de Simón y Andrés y encuentra a la suegra de Simón en cama con fiebre. “Él se acercó a ella, la tomó de la mano y la levantó. Se le fue la fiebre y se puso a servirles.”

Y luego, ya al atardecer, Jesús sigue atendiendo a toda clase de enfermos y endemoniados. Jesús, sanador y maestro en “discernimiento de espíritus”, es buscado por una multitud que se agolpa a la puerta. Con la fuerza interior que lo alimenta y de la que dispone, Jesús sana a muchos enfermos de dolencias diversas y expulsa a numerosos demonios.

Precisamente para cuidar de sí, para hablar con su Abbá, para conectarse con la Energía Amorosa Divina que lo habita, Jesús se levanta muy de madrugada, cuando todavía está oscuro, y se dirige a un lugar despoblado para orar. Y después, cuando Simón y sus compañeros lo buscan, continúa su tarea, predicando en las sinagogas y expulsando demonios por toda Galilea. Y así pasa sus días, cuidando de sí para cuidar de los demás.

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

 

Imagen destacada: Jesus Heals Peter’s Mother-in-law Sick with fever, de John Bridges.

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