V DOMINGO ORDINARIO, CICLO A

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Lecturas: Is 58, 7-10; 1Cor 2, 1-5; Mt 5,13-16.

Corren tiempos difíciles para el mundo, porque  pienso que la violencia, al menos en el lenguaje y los discursos nacionalistas, se ha vuelto más explícita. Aunque también es cierto que se alzan, en contraparte, voces de distintos actores sociales que claman por la apertura, la equidad y la tolerancia. En medio de un ambiente así de exacerbado, me pregunto cómo podemos mantenernos en el terreno de nuestra común humanidad, poniendo las condiciones para que las necesidades de todos sean atendidas por igual.

Las lecturas de este domingo nos dan pistas muy interesantes para lograrlo. En primer lugar, las hermosas palabras del profeta Isaías nos invitan a compartir nuestro pan con el hambriento, a abrir nuestra casa al pobre sin techo, a vestir al desnudo y a no dar la espalda a nuestro propio hermano. Isaías va directamente a la raíz: no puede haber paz sin justicia, la paz social es fruto de la equidad, la solidaridad y el compartir son indispensables para construir un mundo sin violencia. En otras palabras, los recursos han de ser invertidos allí donde se encuentran las necesidades.

Un paso muy importante para esta transformación es el cambio en el uso de nuestro lenguaje, el cambio en nuestra conciencia. Dice de nuevo Isaías: “Cuando renuncies a oprimir a los demás y destierres de ti el gesto amenazador y la palabra ofensiva; cuando compartas tu pan con el hambriento y sacies la necesidad del humillado, brillará tu luz en las tinieblas y tu oscuridad será como el mediodía.”

Para empezar a construir un mundo que funcione para todos, hemos de desterrar de nosotros el gesto amenazador y la palabra ofensiva. Hemos de liberarnos de la conciencia de escasez y separación en la que con frecuencia nos movemos; esa conciencia que nos lleva a pensar que solamente nos podemos afirmar a nosotros mismos si negamos al otro. Hemos de abrirnos a la conciencia de unidad y de abundancia y encontrar maneras colaborativas de trabajar con otros, aunque ellos no vean el mundo como nosotros lo vemos.

Son lamentables los discursos que escuchamos. Discursos que afirman que unos son mejores, más capaces e inteligentes que otros. Discursos que sostienen que no todos tenemos lugar en este mundo; que para que unos estén bien, otros han de ser expulsados. Discursos que proclaman la victoria del fuerte sobre el débil. Esos discursos ven la clemencia y la compasión como debilidades a superar, y la ayuda al pobre como malsano paternalismo.

Estos discursos son diametralmente opuestos al lenguaje con el que el apóstol Pablo se dirige a los cristianos de Corinto: “Cuando llegué a la ciudad de ustedes para anunciarles el Evangelio, no busqué hacerlo mediante la elocuencia del lenguaje o la sabiduría humana, sino que resolví no hablarles sino de Jesucristo, más aún, de Jesucristo crucificado. Me presenté ante ustedes débil y temblando de miedo. Cuando le hablé y les prediqué el Evangelio, no quise convencerlos con palabras de hombre sabio; al contrario, los convencí por medio del Espíritu y del poder de Dios, a fin de que la fe de ustedes dependiera del poder de Dios y no de la sabiduría de los hombres.”

Pablo apela a su propia vulnerabilidad, al poder de lo pequeño, a la sabiduría de lo necio, para anunciar el Evangelio. En sintonía con el Espíritu de Jesús de Nazaret, el apóstol afirma que la verdadera fuerza reside en nuestra vulnerabilidad. La fuerza y el poder del crucificado es la sal que puede dar sabor al mundo, es la luz que los cristianos podemos aportar.

Esto es lo que nos recuerda Jesús en el evangelio de hoy: “Ustedes son la sal de la tierra. Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor? Ya no sirve para nada y se tira a la calle para que la pise la gente. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad construida en lo alto de un monte; y cuando se enciende una vela, no se esconde debajo de una olla, sino que se pone sobre un candelero, para que alumbre a todos los de la casa. Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos”.

“Quien es justo, clemente y compasivo, como una luz en las tinieblas brilla,” dice el salmo 111. La compasión es la luz que el Señor trajo al mundo, la luz que por la acción de los cristianos puede brillar. “Que los últimos sean los primeros,” dice Jesús. La opción por los últimos, la defensa de los pequeños es la sal que nuestro Maestro aporta para dar sabor al mundo. Y nosotros como Iglesia somos portadores de esa sal.

En un reciente y bello texto, nuestro hermano Francisco, papa, nos recordó lo que implica para la Iglesia ser sal y luz. Ello implica “primerear, involucrarse, acompañar, fructificar y festejar[1].” Esta es la aportación específica de la Iglesia en la construcción de un mundo sin violencia, un mundo que funcione para todos.

“Primerear” significa adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos y llevarles la buena noticia de Jesús. “Involucrarse”, es meterse con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achicar distancias, abajarse hasta la humillación si es necesario, y asumir la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo. Además, la Iglesia “acompaña” a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean. Fiel al don del Señor, también sabe “fructificar”. Cuida el trigo y no pierde la paz por la cizaña; encuentra la manera de que la Palabra se encarne en una situación concreta y dé frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados. Por último, la Iglesia sabe “festejar”. Celebra y festeja cada paso adelante que la humanidad va dando hacia la paz. Si eso hacemos, pondremos las condiciones para que las necesidades de todos sean atendidas por igual.

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, msps.


[1] PAPA FRANCISCO, Exhortación apostólica Evangelii gaudium, no  24.

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