V DOMINGO DE PASCUA, CICLO A

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Lecturas: Hch 6,1-7; I Pe 2, 4-9; Jn 10, 1-10.

 

 

La comunidad cristiana, como casa en la que Dios habita, es un lugar muy espacioso en el que hay muchas habitaciones. Esta imagen de la casa con muchas habitaciones la refiere Jesús: “No pierdan la paz. Si creen en Dios, crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. Si no fuera así, yo se lo habría dicho a ustedes, porque ahora voy a prepararles un lugar. Cuando me haya ido y les haya preparado un lugar, volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes.”

Al hablar de este modo, Jesús no sólo refiere al más allá. También habla del presente, de la pequeña comunidad cristiana que se va abriendo camino en medio de las vicisitudes de la historia. Jesús sueña que la comunidad de sus seguidores sea un espacio amplio en el que quepan todas las personas. Un lugar que no excluya a nadie, donde todo el mundo se sienta “como en casa”, un lugar en el que todos sintamos la compañía cercana y cálida del Resucitado.

Esta pequeña comunidad navega en medio del mundo y se ve jalonada por las propuestas de la cultura circundante. A los cristianos se les presentan muchos caminos posibles, diversas alternativas. En concreto, a la comunidad del discípulo amado se le presenta la posibilidad de un cristianismo gnóstico, una manera de comprender la fe demasiado intelectual y espiritualista, ajena a la conflictiva “carnalidad” del Crucificado que incomoda a más de un creyente. También se presenta la posibilidad de un cristianismo rigorista, esenio, más parecido al talante del Bautista que “ni comía ni bebía”(Mt 11, 18) que al estilo del Nazareno que “come y bebe.” (Mt 11, 19)

Ante estas diversas tendencias, la pequeña comunidad puede sentirse desconcertada. Como expresa Tomás, “si no sabemos a dónde va el Señor, ¿cómo podemos saber el camino?” Por eso se le recuerda algo fundamental: “Jesús es el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por él.”

Ante el peligro de un cristianismo demasiado espiritualista y desencarnado, se recuerda a los cristianos que “quien no come la carne del Hijo del hombre y no bebe su sangre, no tiene vida en él” (Jn 6, 53). Es decir, quien no asume la historicidad conflictiva del Jesús del evangelio, no puede llamarse cristiano.

Y ante el peligro de un cristianismo demasiado rigorista y puritano, más parecido a Juan bautista que a Jesús, se recuerda a los cristianos que Juan “no es la luz, sino un testigo de la luz.” (Jn 1, 8) Por eso, el Bautista mismo exclama: “El que viene detrás de mí, es más importante que yo, porque existía antes que yo.” (Jn 1, 15) El evangelista deja clara la preeminencia de Jesús sobre Juan, y la refuerza con el testimonio del mismo bautista:

“Éste es el testimonio de Juan, cuando los judíos [le] enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle quién era. Él confesó y no negó; confesó que no era el Mesías. Le preguntaron: Entonces, ¿eres Elías? Respondió: No lo soy. ¿Eres el profeta? Respondió: No. Le dijeron: ¿Quién eres? Tenemos que llevar una respuesta a quienes nos enviaron; ¿qué dices de ti? Respondió: Yo soy la voz del que grita en el desierto: Allanad el camino del Señor, según dice el profeta Isaías. Algunos de los enviados que eran fariseos le dijeron: Si no eres el Mesías ni Elías ni el profeta, ¿por qué bautizas? Juan les respondió: Yo bautizo con agua. Entre vosotros está uno que no conocéis, que viene detrás de mí; y [yo] no soy digno de soltarle la correa de su sandalia.” (Jn 1, 19-27)

Los cristianos, de ayer, de hoy y de siempre, nos veremos acechados por propuestas culturales de todo tipo. Por eso, es necesario que fijemos nuestra mirada en Jesús, que le conozcamos a él para que, por medio de él conozcamos también al Padre. Si queremos saber quién es Dios y cómo es Dios, miremos al Jesús del Evangelio. Pues Jesús está en el Padre y el Padre está en Jesús. Miremos las obras de este Jesús y hagamos las mismas obras que él hace.

Para marchar segura en medio de las inseguridades del mundo, la comunidad necesita ministerios. Pero los ministerios son servicios y no honores. Son estrategias concretas para cuidar de las necesidades del pueblo de Dios y no grados excelsos de cristianismo. No hemos de olvidar que el único sacerdote es Jesús y que su sacerdocio se confiere a todo el Pueblo Sacerdotal. Los ministros ordenados (obispo-presbítero-diácono) tienen sentido en cuanto ayudan a edificar y a servir a este pueblo sacerdotal; no sirven si pretenden privatizar la potestad sacerdotal arrogándosela exclusivamente y dejando al pueblo en condición de subordinación. Todo esto es lo que también nos recuerdan las lecturas del día de hoy.

En efecto, el libro de los Hechos nos recuerda que la función de los Siete -en la que la tradición ha visto reflejado el ministerio del diaconado- responde a la necesidad de “servir a las mesas” y a las “quejas de los helenistas contra los hebreos, porque sus viudas eran desatendidas en la asistencia cotidiana.” Este nuevo ministerio nace como una estrategia nueva que responde a una nueva necesidad.

Por su parte, la carta de Pedro nos recuerda la común dignidad de toda la comunidad cristiana en su ser Pueblo Sacerdotal: todos los creyentes somos “piedras vivas de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo.” Piedras al modo de Jesús, que es la “piedra angular, elegida, preciosa”. Todos somos “linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que nos ha llamado de las tinieblas a su admirable luz.” Queda claro: todo el pueblo es sacerdotal.

Ojalá que la comunidad cristiana siga siendo esta casa espaciosa en la que todos nos sintamos a gusto, este lugar libre de rigorismos y espiritualismos, libre de dignidades ni privilegios, en el que los hermanos nos encontramos y nos alegramos al servirnos mutuamente con amor.

Antonio Kuri Breña, MSpS.

Imagen destacada: El Salvador, El Greco 1608-1614. Actualmente el Museo del Prado, España.

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