V DOMINGO DE PASCUA

872 visitas

Lecturas: Hch 14, 21b-27; Ap 21,1-5a; Jn 13,31-33a.34-35.

En el libro del Apocalipsis se anuncia una buena noticia: “Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra han pasado, y el mar ya no existe.” Este lugar nuevo de vida digna en el que el mar (léase “el mal”) ya no existe, no es solamente un sitio atemporal y ultraterreno al que podríamos llamar “Cielo”. Es también una nueva forma de organización social en la que ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Es decir, una sociedad en la que los seres humanos podamos vivir como hermanos, en armonía entre nosotros y en respeto a todo cuanto existe. A esta forma de organización social -en la que Dios pueda morar entre los hombres, en la que ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos y será su Dios- Jesús la llamaba Reinado de Dios, Basileia tou Theou en griego, Malkutá YHWH en hebreo.

La Iglesia de todos los tiempos está llamada a ser signo y servidora de este Reinado de Dios. Esta Iglesia, cuya metáfora es “la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo.” Esta Iglesia, que es el pueblo de Dios, tiene como finalidad servir a esa realidad nueva que está emergiendo en semilla, a ese “otro mundo posible” en el que podamos vivir más fraternalmente, con mayor equidad, más reconciliados los unos con los otros.

Vista de esta manera, la misión de la Iglesia no se agota en ella misma ni en un simple esfuerzo por sobrevivir. Se proyecta en el horizonte más amplio del mundo a quien sirve. Ya lo decía clara y certeramente el Concilio Vaticano II: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana está integrada por personas que, reunidas en Cristo, son guiadas por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del genero humano y de su historia[1].”

La Iglesia de Jesús, lo sabemos, tiene una historia compleja desde sus inicios. Jürgen Roloff nos recuerda que “hemos de abandonar la imagen de que la Iglesia se desarrolló de forma lineal y pautada a partir de Jesús hasta alcanzar la forma determinante que ha llegado hasta nuestros días. La diversidad de modelos de comunidad existentes al principio, muestra más bien que la diferente autocomprensión de los creyentes, por un lado, y el entorno social, por otro, podían conducir a soluciones diferentes…los escritos del NT no nos transmiten un único modelo de Iglesia. Lo que se trasluce en ellos parece ser más bien una serie de modelos diversos de Iglesia que coexistieron y que, en algunos casos, compitieron unos con otros. Esta multiplicidad responde a la diversidad de los entornos sociales en los que se desarrollaron las comunidades[2].”

Esto es lo que nos recuerda la primera lectura que hoy leemos. La actividad misionera de Pablo y Bernabé extendió la frontera del cristianismo más allá de la cultura judía. El modelo paradigmático que se nos relata en Hch 2, 42-47 y 4, 32-35, de una comunidad de servicio en señal del Reinado de Dios que se acerca, se fue concretando en pequeñas iglesias locales que tenían tipos diferentes de organización. La Iglesia madre de Jerusalén, con Pedro, Santiago y Juan a la cabeza, tenía quizá una organización diversa de la que seguían las comunidades paulinas fundadas por Pablo y Bernabé. El corpus joanico (es decir, el cuarto evangelio, las cartas de Juan y el Apocalipsis) revela un modelo de organización diferente, que contempla la Iglesia como una comunidad de conocimiento dirigida por el Espíritu. También se puede ver en el NT la Iglesia como reunión de los creyentes en el Cuerpo de Cristo (1Cor 13) o como casa de Dios organizada de forma patriarcal (1 Tim 3).

En fin, que algunos autores han resaltado la versatilidad de la organización eclesial en los orígenes del cristianismo. Las comunidades cristianas de esta etapa de la Iglesia vivieron una experiencia eclesial que las distingue como Iglesia de comunión. En un cristianismo de corte escatológico, cuyo marco ideológico procedía del judaísmo, estaban organizadas de forma comunitaria, no centralista o monolítica. Son comunidades anunciadoras de la salvación que Dios trae a la humanidad.

El caminar de estas comunidades es plural, diferenciado, pero de comunión puesto que están unidas en lo fundamental. El primer período de las comunidades se distingue por la presencia de los apóstoles que orientan y dirigen las comunidades con la autoridad recibida de Jesús resucitado y su Espíritu. Después se comienzan a diferenciar las distintas tendencias teológicas y ministerios de servicio: los “carismáticos” (apóstoles, profetas y maestros), los “instituidos” (epískopos, presbíteros, diáconos). Cuando las divisiones al interior de la comunidad y las primeras herejías empiezan a despuntar, los ministerios instituidos adquieren mayor peso.

Más allá de la diversidad de carismas y ministerios, más allá de las tensiones debidas a las diferentes tendencias teológicas, hay algo esencial en estas comunidades. Eso esencial está claramente expresado en el mandato del amor que hoy escuchamos: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.” Muchas cosas han cambiado y ojalá sigan cambiando en nuestra Iglesia, pero hay una que no puede faltar nunca: el amor verdadero e incondicional entre los que nos decimos ser discípulos y seguidores de Jesús. Sólo así el mundo podrá confiar en que la Iglesia sigue teniendo algún sentido de existir.

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, msps.

[1] CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et Spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, n.1.

[2] JÜRGEN ROLOFF, La diversidad de imágenes de Iglesia en el cristianismo primitivo, SelTeol 164(junio 2002)244-250.

Comentar

¡Hola! ¿En qué podemos ayudarte?
Powered by