V domingo de Cuaresma

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Lecturas: Is 43, 16-21; Flp 3, 8-14; Jn 8, 1-11.

Una de las cosas que llama poderosamente la atención de la figura de Jesús es su trato hacia las mujeres. Un trato digno, delicado y cercano, que sorprende más si consideramos la percepción que tendría al respecto un varón hebreo del siglo I. Es sabido que Jesús era hijo de una cultura patriarcal y segregadora, para la que ni las mujeres ni los niños contaban para nada. Ellos no tenían ni voz ni voto. Su valía social y religiosa –la de las mujeres- se circunscribía únicamente al ámbito doméstico y de la maternidad.

En la cultura del siglo I, compartida en toda la cuenca del Mediterráneo, quedaba bien asentado que las mujeres eran inferiores, irracionales, inestables e incapaces de controlarse por sí mismas, mientras que a los varones se les consideraba seres racionales, dotados de capacidad para auto-controlarse, superiores y más perfectos[1]. Reflejo de este modo de pensar es la literatura sapiencial judía, que exhorta continuamente a los varones a no fiarse de la mujer y a tenerla siempre bajo control, pues ella es “peligrosa”. Véanse, si no, los siguientes textos: Eclo 25, 13-26, 18; 42, 9-14; Prov 5, 1-23; 9, 13-18.

Para nosotros, este modo de pensar es exagerado y escandaloso, pero en la antigüedad era asumido como evidente. Jesús recibió una educación patriarcal en toda regla y, sin embargo, para él la relación con las mujeres fue algo muy diferente. A sus ojos, todos somos hermanos, iguales en dignidad, hijas e hijos muy amados de Dios.

Jesús vivía rodeado de amigas y discípulas. Allí están su entrañable amiga María oriunda de Magdala, también Marta y María las de Betania. Él contaba con fieles seguidoras como “Juana, mujer de Cusa el administrador de Herodes, Susana y muchas otras” (Lc 8, 3). Él curó a mujeres enfermas como la adolescente hija de Jairo, o la hemorroísa (Lc 8, 40-56). Se encontró con mujeres “paganas” como la siro-fenicia (Mc 7, 24-30) y “herejes” como la Samaritana (Jn 4, 1-26). Entró en relación con “pecadoras públicas”, como aquella que le lavó los pies con sus lágrimas y se los secó con sus cabellos (Lc 7, 36-50); y con mujeres “adúlteras”, como la que aparece en el evangelio de hoy.

Este pasaje, Jn 7,53- 8,11, no figura en los mejores y más antiguos manuscritos del cuarto evangelio. Entre los manuscritos que lo incluyen, unos lo hacen sin ninguna clase de indicación, otros lo ponen entre asteriscos, y otros lo colocan al final del cuarto evangelio. El pasaje, por otra parte, tiene muchas reminiscencias sinópticas, especialmente del Evangelio de Lucas[2]. Sea original de Juan o sea de los sinópticos, este caso de la mujer “sorprendida en flagrante adulterio” es un vivo ejemplo de la actitud de Jesús hacia las mujeres, notablemente contrastante con la actitud reinante en la sociedad de su tiempo.

El Levítico decretaba que si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo, los dos adúlteros habrían de ser castigados con la muerte (Lv 20, 10). Lo mismo sentenciaba el Deuteronomio, y añadía que “si un hombre encuentra en una ciudad a una muchacha virgen, prometida con otro hombre, y se acuesta con ella, llevarán a ambos a la puerta de la ciudad y les darán muerte a pedradas: a la muchacha porque dentro de la ciudad no pidió socorro y al hombre por haber violado a la mujer de otro. Así extirparás el mal de en medio de ti.” (Dt 22, 24). El caso de la adúltera era, pues, peliagudo para Jesús, máxime porque se daba en el lugar sagrado del Templo y ante sus representantes oficiales, maestros de la ley y fariseos. ¿Iba Jesús a atreverse a contradecir la ley de Moisés, la sagrada Toráh que mandaba apedrear a las adúlteras? ¿Iba a “escabullirse” sin comprometerse, dejando a la mujer abandonada a las fauces del león que amenazaba con devorarla? ¿Caería por fin en la trampa urdida por sus detractores?

A los acusadores lo que menos les importaba era la pobre mujer. Ella sólo era un pretexto para poner a prueba a Jesús y encontrar así un motivo de acusación contra él. Jesús lo sabe, y lo primero que hace es ganar tiempo, poniéndose a escribir y garabatear en el suelo. Aunque es difícil precisar el sentido de este gesto, yo me imagino que con él Jesús decía a sus adversarios: “no voy a entrar en este juego, no caeré en la trampa.”

“Pero como ellos insistían en preguntar, Jesús se incorporó y les dijo: El que de ustedes esté sin pecado, que tire la primera piedra. Dicho esto, se inclinó de nuevo y siguió escribiendo en el suelo. Oír las palabras de Jesús y escabullirse uno tras otro, comenzando por los más viejos, todo fue uno. Jesús se quedó solo, con la mujer allí en medio.”

Entonces, con infinita ternura y delicadeza, Jesús “se incorpora y pregunta: Mujer, ¿dónde están todos esos? ¿Ninguno te condenó? Ella le contestó: Ninguno Señor. Jesús le dijo: Tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no vuelvas a pecar.” A esta mujer, completamente despojada de su valía, expuesta como fuente de impureza y de pecado, Jesús la restablece en su dignidad personal. Las palabras de Jesús son inolvidables. Nunca las podrán escuchar los varones adúlteros que se han retirado irritados. Sólo aquella mujer abatida, aquella mujer que no necesita más condenas, pues Jesús confía en ella y quiere para ella lo mejor. De los labios de Jesús no brota ninguna condena[3].

Porque Jesús no viene a condenar, sino a salvar. Él viene para que ya no recordemos lo de antaño, ni pensemos en lo antiguo. Él realiza algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notamos? Jesús abre el camino nuevo de una sociedad igualitaria, en la que varones y mujeres podamos llevar una relación de pares. Este es un camino nuevo, en medio del desierto actual en el que impera la inequidad por cuestiones de género, de raza, de religión, de cultura, de condición social. En el yermo de un mundo violento, en el que se multiplican los feminicidios, seamos fieles seguidores de este Didaskalé, que abrió para nosotros un camino exento de prejuicios, etiquetas y condenas. Un camino de pura compasión y misericordia.

P. Antonio Kuri Breña, MSpS.

[1] E.ESTÉVEZ, El poder de una mujer creyente, Verbo Divino, Estella 2003, p. 234.

[2] Ver la nota a Jn 7, 53 de la Biblia hispanoamericana, traducción interconfesional, Verbo Divino y Sociedades Bíblicas Unidas, Navarra 2013.

[3] J.A. PAGOLA, Jesús. Una aproximación histórica, PPC, Madrid 2008, p. 229.

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