V DOMINGO DE CUARESMA, CICLO B

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Lecturas: Jer 31, 31-34; Heb 5,7-9; Jn 12, 20-33.

 

Mientras que los evangelios sinópticos narran el misterio de la Transfiguración de Jesús (Mt.17,1-9; Mc.9,2-10 y Lc.9,28-36), el evangelio de Juan no narra explícitamente la escena del Tabor, sino que la evoca en el capítulo 12, cuando se menciona tanto la glorificación de Dios, como la voz paterna: “Ahora mi espíritu está agitado y, ¿qué voy a decir? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero si para esto he venido, para esta hora.

Padre, ¡da gloria a tu Nombre! Entonces, se escuchó una voz del cielo: Lo he glorificado y de nuevo lo glorificaré.” En realidad, a lo largo de todo el cuarto evangelio se nos presenta a un Jesús transfigurado.

Esta es la clave para abordar las lecturas del día de hoy: en el misterio de la Transfiguración Dios y el ser humano se han fundido en un abrazo tan íntimo y profundo que ya no se pueden separar. ¿Dónde termina la dimensión humana y dónde inicia la divina en Jesús? No lo sabemos, tampoco en nosotros, porque en realidad mientras más nos humanizamos, en mayor medida participamos de la gloria divina. Y mientras más “divinos” somos, más humanos nos manifestaremos. Eso es lo que significa el misterio de la Transfiguración. Si las acciones de Jesús, sus palabras y obras, estuvieron por sí mismas cargadas de significado pues ellas contenían valor simbólico y eran ventanas por las que el mundo visible se abría a la trascendencia, esto se vuelve especialmente claro en el misterio de la Transfiguración.

En él, la carne de Jesús resplandece con la gloria divina, la Luz que todo lo trasciende se transparenta en la opacidad de lo humano. Desde el Tabor emana una luz que ilumina -no sólo la vida concreta de Jesús de Nazaret- sino también la historia de cada ser humano, desde sus orígenes hasta su destino.

En las tres lecturas del día de hoy se expresa esta paradoja: es en lo humano donde se transparenta la Luz que todo lo trasciende. En efecto, en la primera lectura, Jeremías nos habla de una Alianza nueva, que será distinta de aquella que Dios hizo con los antepasados de Israel, cuando los tomó de la mano para sacarlos de Egipto, la alianza que ellos quebrantaron y que el Señor mantuvo. Esta Alianza nueva será así: El Señor meterá su ley en nuestro pecho, la escribirá en nuestro corazón, Él será nuestro Dios y nosotros seremos su pueblo; de modo que ya no tendremos que enseñarnos los unos a los otros, mutuamente, diciendo: “Tienes que conocer al Señor”, porque todos, grandes y pequeños, lo conoceremos, pues Él perdona nuestras culpas y olvida nuestros pecados.

La Alianza ya no es algo extrínseco, que haya de buscarse fuera, en leyes y ritos sagrados ajenos a la realidad humana. La Alianza se encuentra en el corazón de lo humano, en todo aquello que es propiamente nuestro, aunque sea frágil, débil, incluso vergonzoso. la Luz que todo lo trasciende se transparenta en la opacidad de lo humano.

Si contemplamos la segunda lectura, de la carta a los Hebreos, esto queda todavía más claro. En este fragmento se nos habla de la realidad humana de Jesús, la única realidad
posible: “Durante su vida mortal dirigió peticiones y súplicas, con clamores y lágrimas, al que podía librarlo de la muerte, y por esa cautela fue escuchado. Aun siendo Hijo, aprendió sufriendo lo que es obedecer, ya consumado llegó a ser para cuantos le obedecen causa de salvación eterna.” ¿Dónde queda la divinidad de Jesús? Pues precisamente en la hondura de su propia humanidad. Jesús, como todos los seres humanos, pasó por la oscura experiencia del dolor, puesto que sufriendo aprendió a obedecer. Lloró, clamó con intensidad a Dios, como lo hacemos también nosotros en nuestras noches de infortunio. Y por ello, por su abajamiento y por haber compartido todo lo humano, Dios lo exaltó y lo puso como causa de salvación eterna para todos los que le obedecen.

Lo que dice la carta a los Hebreos se concreta todavía más en el cuarto evangelio. Para Juan, la hora de la glorificación del Hijo es la hora de su abajamiento extremo por la muerte de cruz. Esos dos movimientos, el abajamiento y la exaltación, quedan fundidos en una misma “Hora”, la de la muerte en cruz. Al respecto dice Jesús: “Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado. Os aseguro que, si el grano de trigo caído en tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que se aferra a la vida la pierde, el que desprecia la vida en este mundo la conserva para una vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde yo estoy estará mi servidor; si uno me sirve, lo honrará el Padre.”

La realidad humilde del Siervo y la realidad gloriosa del Exaltado se funden en admirable Unidad. La humanidad y la divinidad. Si en el Crucificado/Glorificado quedan fundidas en eterno abrazo las dos dimensiones, la humana y la divina, ¿Por qué entonces nos empeñamos en separar aquello que Dios ha unido? Porque es verdad que continuamos categorizándolo todo desde un pensamiento dual: cuerpo-alma, espíritu-materia, sagrado-profano… ¿dónde empieza lo uno y dónde termina lo otro? ¿cómo podemos separarlos? Todo lo humano es divino; todo lo divino tiene que ver con lo humano.

Esto se hace más palpable, mientras bajamos a lo más humano. Nuestro dolor, nuestra limitación, nuestra finitud y falibilidad, nuestros miedos e incertidumbres, son camino seguro hacia Dios. Dios se manifiesta en todo ello. Jesús de Nazaret, el Jesús del Evangelio, es el único camino para adentrarse al unísono -con respeto y embeleso- a este doble misterio: el misterio de Dios y el misterio del ser humano, ambos indisolublemente enlazados en Jesús, Hijo de Dios e Hijo del hombre.

Muchos cristianos seguimos siendo presa de una visión dual de la realidad, del mundo, de la salvación, de nuestra identidad más profunda. No nos percatamos que en todo cuanto existe se manifiesta una admirable Unidad. Y si esto es así, luego esta Unidad ha de hacerse patente en lo concreto de la vida, sobre todo en la empatía que regalamos a los demás y en nuestra manera de relacionarnos, porque todos somos

Uno entre nosotros y Uno con Dios.

 

Antonio Kuri Breña Romero deTerreros, MSpS.

 

Imagen destacada: Tomada de  http://www.fundacionpane.org/lectio-divina-dominical-v-de-cuaresma-ciclo-b/

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