V DOMINGO DE CUARESMA, CICLO A

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Lecturas: Ez 37, 12-14; Rm 8, 8-11; Jn 11, 1-45.

 

El de Juan es -de los cuatro evangelios-   el más simbólico de todos. Conviene recordar esto al leer el precioso texto de la resurrección de Lázaro. En él se nos presenta una fuente inagotable de la cual beber, para dar sentido a temas tan fundamentales para nuestra existencia como la muerte y la resurrección, la noche y el día. Hay que abrirnos a un mundo nuevo de significaciones, en el que cada una de estas palabras tiene poco que ver con nuestras formaciones mentales.

Cuando el encuentro con la Palabra de Dios encarnada que es Jesús irrumpe en la vida del ser humano, lo que se produce es una resurrección. Según A. Aya[1], en árabe, hebreo y arameo, resucitar se dice de varias maneras, pero una de las raíces que comparten todas las lenguas semitas para expresar esta idea es Q-M. El texto griego de los evangelios traduce esta raíz semita con los vocablos anastatô, egéiro, exupníso, que en español traducimos por resucitar, levantarse o ponerse de pie, despertar…

La resurrección es un proceso de despertar, levantarse, ponerse de pie con firmeza, dejar la postración en la que vivimos. Resucitar es salir de nuestros sepulcros, quitarnos la pesada losa que cargamos sobre nuestros hombros, caminar en la luz, salir de la noche. Esto es lo que nos promete el profeta Ezequiel como acción de Dios: “Así dice el Señor Yahveh: He aquí que yo abro vuestras tumbas; os haré salir de vuestras tumbas, pueblo mío, y os llevaré de nuevo al suelo de Israel. Sabréis que yo soy Yahveh cuando abra vuestras tumbas y os haga salir de vuestras tumbas, pueblo mío. Infundiré mi espíritu en vosotros y viviréis; os estableceré en vuestro suelo, y sabréis que yo, Yahveh, lo digo y lo hago, oráculo de Yahveh.”

En el evangelio, Jesús dice: “Lázaro, nuestro amigo, duerme, pero voy a despertarlo”. Lázaro es símbolo de quien ha despertado del sueño, de quien se ha levantado y ha salido de su sepulcro, de quien ha sido vivificado por la efusión del Espíritu, se ha puesto de pie y se ha puesto a caminar. Es el hombre que ha experimentado en su propia carne que “la gloria de Dios es que el hombre viva”. El pasaje dice, a este respecto, que “la enfermedad de Lázaro no es para la muerte, sino para la gloria de Dios, para que sea glorificado el Hijo de Dios por ella”. Gracias a la acción resucitadora de Jesús, Lázaro camina de día, y “si uno camina de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si uno camina de noche, tropieza, porque no tiene luz.”

Resucitar es escuchar la Palabra poderosa de Jesús que grita con voz potente: “¡Lázaro, sal afuera!” Como Iglesia hemos escuchado, en la voz de nuestro hermano Francisco papa, esta misma invitación a salir afuera, a desatarnos de manos y pies y a caminar con libertad. Nos ha dicho el papa: “Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo. Repito aquí para toda la Iglesia lo que muchas veces he dicho a los sacerdotes y laicos de Buenos Aires: prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos[2].”

“Toda resurrección -dice A. Aya- exige una muerte previa. El concepto de muerte y de vida en la revelación semita no es exactamente igual al que maneja el hombre profano. ¿Cómo concebía Jesús de Nazaret la muerte y la vida? ¿Quiénes son para él los muertos y quiénes los vivos? Para Jesús, la pequeña hija del jefe de la sinagoga, a quien él resucita, no está muerta, sino dormida (Mc 5, 39). Y, como vemos en el evangelio de hoy, Lázaro también duerme. En cambio, el hijo menor de la parábola del Padre misericordioso (Lc 15, 32), “estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado.”

Así que la muerte física quizá no es la muerte definitiva; la muerte que mata es de otro tipo. Quien se encuentra con Jesús ya no experimenta esa muerte que de veras mata, pues “ha pasado de la muerte a la vida” (Jn 5, 24). Jesús mismo dice: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre.”

Dice Aya: “En la cosmovisión semita, más allá de las apariencias, hay gente que creemos que está viva y está muerta, y hay gente que creemos que está muerta, y está viva…Para quien ha llegado a la experiencia de la unicidad de la vida, hay muerte en la vida y vida en la muerte.” Sólo desde esa experiencia de unicidad podemos perder el miedo a perder y el miedo a morir. Sólo desde esa experiencia aprendemos que optar por la vida implica asumir nuestras muertes, las pequeñas y cotidianas que nos acompañan en cada renuncia, en cada enfermedad, en cada fracaso, en cada dolor… Y la gran muerte, aquella a la que Miguel Hernández describe como “un manotazo duro, un golpe helado, un hachazo invisible y homicida, un empujón brutal…[3]” que nos hace pasar a la otra orilla, y que es condición para que todo se convierta en Vida y vida abundante.

Lo definitivo no es, pues, la muerte física. Lo definitivo es la muerte que nos mata por dentro y nos roba la alegría. Dice Francisco: “…un evangelizador no debería tener permanentemente cara de funeral. Recobremos y acrecentemos el fervor, «la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas […] Y ojalá el mundo actual –que busca a veces con angustia, a veces con esperanza– pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo[4].”

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

 

[1] ABDELMUMIN AYA, El arameo en sus labios. Saborear los cuatro evangelios en la lengua de Jesús, Fragmenta Editorial, Barcelona 2013. Ver caps 9 y 10.

[2] Evangelii gaudium 49.

[3] Ver el poema Elegía, que escribió ante la muerte inesperada de su amigo Ramón Sijé.

[4] Evangelii gaudium 10.

Imagen Destacada:
Resurrección de Lázaro, Giotto di Bondone, 1304-1306.

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