TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

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Lecturas: Is35, 1-6.8.10; Sant 5, 7-10; Mt 11, 2-11.

Adviento es tiempo de espera y de promesa: “lo mejor está por venir”, dice la profecía de Isaías a un pueblo que necesita ser consolado después de la amarga experiencia del exilio. El profeta anuncia buenas noticias a un pueblo devastado: “el desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría. Ellos verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios…Volverán los rescatados del Señor, vendrán a Sión con cánticos: en cabeza, alegría perpetua; siguiéndolos, gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán”.

Junto con el anuncio del profeta, viene la invitación: “Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes; decid a los cobardes de corazón: Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará.”

El profeta nos invita a sacudirnos la tristeza, la vacilación y la cobardía, pues lo mejor está por venir. Muy bien, pero, ¿Cómo saber que su anuncio no es mera ilusión? ¿Cómo estar ciertos de que esto se cumplirá, sobre todo cuando la realidad parece indicarnos lo contrario? ¡Son tantas las malas noticias y tan críticos los tiempos que vivimos! Quizá sea cuestión de que “se despeguen los ojos del ciego y los oídos del sordo se abran.” Quizá sea cuestión de saber conectar  -desde Dios-  con el presente, más que de esperar un futuro incierto. Quizá sea cuestión de practicar una espiritualidad de la resistencia, como la que Santiago apóstol nos invita a vivir en su carta de hoy: aguardar con paciencia y mantener firme el ánimo porque la venida del Señor está cerca.

En tiempos de incertidumbre y de crisis como los que vivimos, es necesario saber esperar. Santiago pone ante nuestros ojos la sabiduría del campesino que aguarda paciente el fruto valioso de la tierra, mientras recibe la lluvia temprana y tardía. Y nos invita a hacer memoria de la entereza y el ejemplo de los profetas, que hablaron en nombre del Señor y que demostraron paciencia en el sufrimiento.

La invitación de las lecturas de hoy va a contracorriente de un mundo como el nuestro, que nos ha hecho poco tolerantes a la demora y la frustración, que nos ha acostumbrado a los resultados rápidos y las satisfacciones inmediatas. En la lógica consumista del “úsese y tírese”, ¡cuánto nos cuesta saber esperar! La “obsolescencia programada” se ha apoderado de los bienes de consumo, de las relaciones humanas, de los proyectos de vida. Hoy en día es difícil pensar que cualquier cosa pueda durar “para siempre”.

Saber esperar. ¿Eso significa volver la mirada a un pasado que aparentemente ofrecía mayores certezas que los cambiantes tiempos actuales? Por supuesto que no, quien se aferra al pasado sucumbe a la nostalgia. ¿Entonces saber esperar significa estar siempre pendientes del futuro? Tampoco ésa es opción, pues nunca sabemos lo que el futuro nos traerá. ¿Qué significa saber esperar? La respuesta la encontramos en el Evangelio.

Cuenta Mateo que, estando Juan el Bautista en la oscuridad de la cárcel, duda y manda preguntar a Jesús: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?” El Señor, en su respuesta a los emisarios de Juan, no refiere a un pasado añorado ni a un futuro incierto, sino que invita a centrar la atención en la contemplación del presente, en lo que YA está aconteciendo: “Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!”

Centrar la atención en el presente, en lo que estamos viendo y oyendo, eso es saber esperar. Para saber esperar es necesario tener “ojos para ver y oídos para escuchar” lo que ya está manifestándose, aunque sea de forma seminal, humilde, oculta. Porque las manifestaciones de Dios nunca son espectaculares o aparatosas. Los signos del Reino se muestran en la pequeñez del presente. Dios está escondido, preñando el presente de eternidad con su acción salvadora. Por eso, Jesús continuamente invita: “quien tenga ojos para ver, que vea. Quien tenga oídos para escuchar, que escuche”. ¿Por qué nos cuesta tanto esperar? Porque teniendo ojos no vemos y teniendo oídos no escuchamos. Porque decimos que vemos, pero en realidad estamos ciegos.

El adviento es la invitación continua a mirar como miraba Jesús y a que Jesús vea por nuestros ojos. Si somos capaces de hacerlo, cuando en nuestra vida sobrevenga la tormenta y se nuble el horizonte, cuando nos entren ganas de abandonar el camino emprendido, no lo haremos sin antes haber hecho todo lo posible por terminar la tarea, por mantener la relación amorosa, por sostener el proyecto de vida.

Jesús veía en el Bautista a un hombre con una gran capacidad de resiliencia, de flexibilidad para saber reaccionar a la adversidad sin quebrarse: “¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito: Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti. Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista”

Unas palabras tan elogiosas no las dijo Jesús de nadie más. Y sin embargo, también dijo que “el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que Juan.” Porque  Jesús espera mucho más de nosotros, sus seguidores. Espera que adelantemos a Juan en fidelidad, en permanencia, en constancia. Ya lo decía a sus discípulos: “Permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí solo, si no permanece en la vid, tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.” (Jn 15, 1-7) Saber esperar y permanecer en Jesús. He aquí la invitación de un Dios que mantiene su fidelidad perpetuamente, que hace justicia a los oprimidos y da pan a los hambrientos.

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

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