Santísima Trinidad, Ciclo C

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Lecturas: Prov 8, 22-31; Rm 5, 1-5; Jn  16, 12-15.

No tenemos un Dios solitario, sino comunitario. Eso es lo que celebramos este domingo: que Dios es comunión, comunidad perfecta del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Llegar a esta confesión de fe no fue algo nada fácil en la historia del cristianismo. Fueron necesarios muchos años, siglos más bien, de conflictos y controversias y cuatro grandes concilios de la Iglesia primitiva, con su compleja historia intermedia: el concilio de Nicea (año 325), el de Constantinopla (año 381), el de Éfeso (año 431) y el de Calcedonia (año 451). Estos primeros concilios recogieron puntos medulares de la reflexión trinitaria y cristológica que, dichos de manera muy sintética, serían los siguientes:

  1. Que si Jesús no es Dios, no nos ha sido dada en él ninguna salvación. El enigma de la historia continúa y las opciones absolutas siguen siendo una hybris que el hombre deberá pagar [aportación del concilio de Nicea].
  2. Que si Jesús no es hombre, no nos ha sido dada a nosotros la salvación [aportación del Constantinopolitano I].
  3. Que si esa humanidad no es de-Dios…entonces la divinización del hombre no está plenamente realizada y Jesús no es verdaderamente Dios [aportación del concilio de Efeso].
  4. Que si lo que es de-Dios no es una humanidad en cuanto humanidad y permaneciendo humanidad, no es el hombre lo que ha sido salvado en Jesús, sino otro ser [aportación del concilio de Calcedonia] [1].”

A la luz de esta apretada y lúcida síntesis que hace J.I. González Faus, vemos que al fondo de todo está jugándose la Salvación, la vida que el ser humano recibe de Dios. Al reflexionar en la Trinidad y en las relaciones entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, estamos no sólo aventurando teorías acerca de Dios, sino tratando de comprender la vida del ser humano que está al centro del Misterio. El salmo 8 lo dice de maravilla. Reflexionar sobre Dios nos lleva a preguntarnos, llenos de admiración: “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, ese pobre ser humano a quien le diste tanto poder? Apenas inferior a un Dios lo has hecho, lo coronaste de gloria y esplendor, todo lo sometiste bajo sus pies.”

El origen del ser humano está en esta Sabiduría divina que retozaba desde siempre en Dios. Esta Sabiduría de la que habla el libro de los Proverbios, y en la que los Padres de la Iglesia identificaron al Cristo preexistente, al Logos de Dios encarnado en Jesús. El origen, la fuente, la esencia de todo ser humano es esta Sabiduría que el Señor estableció al principio de sus tareas, al comienzo de sus obras antiquísimas.


Esta Sabiduría que fue formada en un tiempo remotísimo, antes de comenzar la tierra. Engendrada antes de los abismos, antes de los manantiales de las aguas, cuando todavía no estaban aplomadas las montañas. Cuando aún no había sido hecha la tierra y la hierba. Estaba allí desde el tiempo en el que Dios colocaba los cielos y trazaba la bóveda sobre la faz del abismo; cuando sujetaba el cielo en la altura, cuando ponía un límite al mar y asentaba los cimientos de la
tierra. Allí estaba esta Sabiduría, origen de todo, jugando en la presencia de Dios, gozando con los hijos de los hombres.

Si ese es el origen del Ser humano, su meta y destino es el Padre. Porque Dios es amor que se entrega y que unifica. Hemos salido de Dios y a Dios volvemos.  La divinización del hombre es la meta final, el destino último hacia el que nos dirigimos. Esa meta, ese destino, se ha cumplido en Jesús. En él recibimos las arras de nuestra salvación. Por eso, con justicia recuerda el concilio de Nicea que el Hijo es homoousios, no es una criatura, es tan Dios como el Padre, y por lo tanto “no hubo un tiempo en que el Hijo no existiera”. En otras palabras, en Jesucristo se verifica de manera única la apertura a lo divino, pues si Jesús no es Dios, no nos ha sido dada en él ninguna salvación. Y el concilio de Éfeso añade que si la humanidad -de la que participa Jesús- no es de-Dios…entonces la divinización del hombre no está plenamente realizada y Jesús no es verdaderamente Dios.

Y el camino, la ruta para llegar del origen a la meta, también es Dios. Dios Espíritu Santo. El Espíritu es quien ha logrado la Encarnación de Dios. Dios se ha encarnado, es decir, ha querido compartir nuestra vida humana hasta las últimas consecuencias en la persona de su Hijo Jesús. La Encarnación es fruto del desbordamiento del amor de Dios. Al hacerse hombre, Dios se da y se vacía todo Él para llenar nuestra vida con su divinidad. Por eso, con justicia recuerda el concilio de Calcedonia que Jesús es tan hombre como nosotros.

La Encarnación no es una visita. Dios “puso su morada entre nosotros” (Jn 1,14). Él ha venido, sigue viniendo, y se queda para siempre con nosotros y en nosotros, compartiendo nuestra misma suerte, nuestros éxitos y fracasos, nuestras alegrías y tristezas. Siempre revestido de fragilidad y sencillez, abrazando lo pequeño y vulnerable, porque Él, “siendo rico, se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza” (2 Cor 8,9).

Dios es amor, autodonación. Esa es su mejor definición y su identidad más profunda (1Jn 4,8). Por eso, la encarnación es un dinamismo inherente al mismo ser de Dios, que siempre se está dando, volcando, entregando, vaciando; que siempre está saliendo de sí para darse, para dar vida. Encarnación, Pascua y Pentecostés son manifestaciones de un mismo dinamismo, el de un Dios que no está cerrado en sí mismo, sino que se vuelca sobre nosotros para compartirnos su misma Vida. Es el misterio de un Dios Padre que se da todo Él en el Hijo (Dios-con-nosotros) y se nos ofrece todo Él como Espíritu de Vida (Dios-en-nosotros).

Este Misterio del Dios Trinidad está bellamente expresado en estas palabras de Máximo el confesor: “Dios es mendigo por su abajamiento, haciéndose mendigo por nosotros y tomando sobre sí, por compasión, los sufrimientos de cada uno. Él padece místicamente, por su bondad, hasta la consumación de los siglos, en la medida de la pasión de cada uno[2].”

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MspS.


[1]  J.I.GONZÁLEZ FAUS: Las fórmulas de la dogmática cristológica y su interpretación actual, EstEcl 46(1971)339-367, p. 344. Citado por S. ZAÑARTU, Historia del dogma de la Encarnación desde el siglo IV hasta el Constantinopolitano III, Santiago de Chile, 1994, pag. 1.

[2] (Myst, PG 91,713B). Cf. Amb 2, PG 91, 1360AB; Cent Gnost ,PG 90,1105Ds

Imagen destacada: La Santísima Trinidad,  Caro, Francisco (Atribuido a), Siglo XVII. Actualmente en una de las colecciones del Museo del Prado.

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