PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO, CICLO C

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Lecturas: Jer 33, 14-16; 1Tes 3, 12-4,2; Lc 21, 25-28, 34-36.

“Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos, lo mismo que nosotros os amamos.”

Con esta bella petición que hace el apóstol Pablo a favor de la comunidad cristiana de Tesalónica, iniciamos el tiempo del adviento, tiempo de espera por la venida del Señor Jesús.

 

Esta petición me lleva a pensar: ¿cómo podemos rebosar de amor mutuo y de amor a todos? ¿es esto posible? Yo creo que sí, y creo también -porque lo he experimentado- que hay un camino concreto que nos enseña el cómo. Ese camino nos lo brinda el método de la comunicación no violenta, método desarrollado por Marshall Rosemberg que nos permite despertar a la empatía amorosa, con nosotros mismos y con los demás, y así a “rebosar de amor mutuo y de amor por los demás”. El modelo es simple, pero su fuerza de transformación es extraordinaria. Es, en realidad, el modo natural de conectar con nosotros mismos y de darnos desde el corazón.

 

John Cunningham describe en pocos párrafos este “despertar de la empatía” al que la comunicación consciente y compasiva nos conduce: “En el origen de la Comunicación compasiva está una intención, la intención de conectar de modo que la voz de todos importe, y lo que está vivo en cada uno sea sagrado. Nos enfocamos en los fenómenos básicos presentes en nuestra comunicación de cada día. Si nos mantenemos claros y atentos, descubrimos cuatro aspectos -sea que se expliciten o no- que están presentes: observación, sentimientos, necesidades, petición. Algo de importancia sucede en nuestro mundo, se mueve un sentimiento, nos damos cuenta que una necesidad es invocada, y hacemos una petición. Damos palabra a nuestro devenir, y hablamos.

 

“Sin embargo, con frecuencia, no nos mantenemos ni presentes ni claros sobre estos cuatro aspectos. Es como si estuviéramos incrustados en una matriz de lenguaje que mezcla y embrolla estos fenómenos básicos y terminamos nombrando lo que está sucediendo en formas que nos separan. Hemos nacido en una matriz de lenguaje –nuestra configuración cultural predeterminada- en la que las evaluaciones se mezclan con las observaciones, los pensamientos con los sentimientos, las estrategias con las necesidades y las exigencias con las peticiones. Terminamos así en expresiones que se centran en lo correcto/incorrecto, bueno/malo, apropiado/inapropiado…y en la interminable historia de si somos buenos, defectuosos o patológicos. Sobresalimos en el arte de diagnosticar lo que está mal, de analizar, de etiquetar, de reprochar y criticar. En esta matriz, en la que funcionamos como espectadores, a menudo nos quedamos con entendimientos lisiados, conexiones saboteadas y la fricción díscola del “todos contra todos”.

 

“Hemos de pasar de la matriz del espectador a la práctica de un vocabulario participativo. Como seres humanos, cada uno de nosotros es regalado con necesidades humanas universales. El conocimiento de estas necesidades nos cimenta en nuestra experiencia humana común y nos ofrece un vocabulario para desbloquear una dimensión hasta ahora oculta de la experiencia humana. Es un vocabulario que revela y celebra el que cada uno de nosotros está haciendo lo mejor que puede para seguir simplemente en el proceso del devenir.

 

“Desde nuestro primer hasta nuestro último suspiro, las necesidades humanas están emergiendo en nosotros: la necesidad de sentido, comprensión, conexión, seguridad, autonomía, integridad; la necesidad de importar, de ser visto, de ser escuchado, así como la profunda necesidad que tenemos de servir a la vida, de enriquecer la vida y de contribuir a los demás; y, por supuesto, la necesidad de jugar. Estas necesidades se hacen presentes, y forman un vocabulario para nuestro devenir. Están vivas en nosotros en todo momento y nos impulsan a la acción. En la medida que nos alfabetizamos en la lectura de las necesidades, empezamos a ver con ojos nuevos.

 

“Nuestros sentimientos están enraizados en nuestras necesidades y nos permiten conocer cómo fluye nuestro devenir. Ellos nos vinculan al presente y, con la práctica, pueden convertirse en cognitivos, en una forma de autoconocimiento. Junto con las necesidades, forman un arquetipo de la experiencia humana. En la medida que practicamos la Comunicación compasiva, descubrimos que cuando somos vistos en términos de nuestros sentimientos y necesidades, nos sentimos comprendidos y conectados. Es así como se despierta la empatía[1].”

 

Si practicamos el arte de aprender a escucharnos sin juicio ni evaluación, de aprender a descubrir las necesidades que están debajo de nuestros sentimientos, si aprendemos este lenguaje de la compasión y lo aplicamos a nosotros mismos y a los demás, entonces pondremos las condiciones para hacer posible el cumplimiento de las promesas que Dios ha hecho a sus hijos: “Mirad que llegan días –oráculo del Señor– en que cumpliré la promesa que hice a la casa de Israel y a la casa de Judá. En aquellos días y en aquella hora suscitaré a David un vástago legítimo, que hará justicia y derecho en la tierra. En aquellos días se salvará Judá y en Jerusalén vivirán tranquilos, y la llamarán así: Señor-nuestra-Justicia.”

 

Es decir, si practicamos este nuevo lenguaje de la comunicación consciente y compasiva, nacerán entre nosotros la justicia, el derecho y la paz como pequeños brotes, como un vástago que irá creciendo hasta convertirse en un gran arbusto, lozano y lleno de vida, que dará fruto a su tiempo. Construiremos un mundo en el que las necesidades de todos importen y sean atendidas.

 

De esta manera, sencilla y al alcance de nuestra mano, estaremos contribuyendo a que exista un mundo libre de guerras, castigos y represalias, en el que el Espíritu de Jesús vuelva a actuar. Entonces podremos alzar la cabeza; sabiendo que se acerca nuestra liberación.

 

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

 

 

[1] J.CUNNINGHAM, Compassionate communication and empathy awakening, en: http://sherrymccreedy.weebly.com/uploads/1/3/8/9/13896697/compassionate_communication__empathy.pdf

 

Imagen destacada: Espera, de Beth Sulleza RSCJ.

 

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