PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO

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Lecturas: Is 2, 1-5; Rom 13, 11-14; Mt 24, 37-44.


“Caminar a la luz del Señor” es la invitación de este primer domingo de adviento, con el que nos preparamos a recibir a aquél que es “luz venida de lo alto”, Jesús. En palabras de Pablo: “Tomen en cuenta el momento en que vivimos. Ya es hora de que se despierten del sueño, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. La noche está avanzada y se acerca el día. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas y revistámonos con las armas de la luz”.

“Despertar del sueño”, aprender el milagro de vivir despiertos, en plena conciencia. Esta es una invitación que se repite en distintas tradiciones religiosas. El Evangelio de Mateo pone en boca de Jesús estas palabras: “Velen, pues, y estén preparados, porque no saben qué día va a venir su Señor. Tengan por cierto que si un padre de familia supiera a qué hora va a venir el ladrón, estaría vigilando y no dejaría que se le metiera por un boquete en su casa. También ustedes estén preparados, porque a la hora que menos lo piensen, vendrá el Hijo del hombre”. No son estas palabras de amenaza, sino de aliento. Velar, estar preparados, despiertos, atentos, para aprender a disfrutar la vida en todos sus detalles, para cuidar de nuestras necesidades, para protegernos también contra lo que nos pueda vulnerar.

¿Qué significa vivir despiertos, en atención plena? Para comprenderlo, podemos acudir a la sabiduría de otras tradiciones religiosas. Porque sumergirnos en otros ríos, llevados de la mano de buenos maestros, no puede sino enriquecernos.

Dice Thich Nhat Hahn, monje budista, que vivir despiertos significa “vivir en el presente maravilloso, para plantar el jardín de nuestro corazón con buenas semillas y para construir cimientos fuertes de comprensión y amor. Prometemos entrenarnos en la plena consciencia y la concentración, practicando para mirar y comprender profundamente y poder ver la naturaleza de todo lo que es y liberarnos de los lazos del nacimiento y la muerte. Aprenderemos a hablar amorosamente, ser afectivos, a cuidar de los otros ya sea por la mañana o por la tarde, para llevar las raíces de la alegría a todas partes, ayudando a las personas a dejar de sufrir, y responder con profunda gratitud a la bondad de nuestros padres, maestros y amigos.”

Vivir despiertos, según este cántico del místico sufí Rümi, significa darnos cuenta que el Amado está en mi: “Oh alma mía, he buscado de un confín a otro, y no hallé en ti nada que no fuera el Amado. No me llames infiel, oh alma mía, si te digo que tú misma eres Él. Oh vosotros que andáis a la búsqueda de Dios: no es necesario desplazaros porque Dios es vosotros. ¿Por qué vais tras algo de lo que jamás carecisteis? Solo vosotros sois, pero ¿dónde, ah, dónde sois?”

Y Etty Hillesum, holandesa judía nacida en 1914 en Middelburg y muerta en Auschwitz a la edad de 29 años, decía: “Aun cuando el cuerpo te duela, el espíritu puede seguir haciendo su trabajo ¿no? Puede amar y hineinhorchen – ‘escuchar interiormente’- a sí mismo y a los demás y a todo cuanto nos une a la vida. Hineinhorchen -¡cómo me gustaría encontrar el equivalente en holandés de esta palabra alemana…!-. La verdad es que mi vida es una prolongada escucha interior de mí misma, de los demás y de Dios. Y si digo que escucho interiormente, es realmente Dios quien escucha en mi interior. Lo más esencial y profundo de mí escucha lo más esencial y profundo del otro. Dios escucha a Dios.”

El arte de vivir despiertos pide de nosotros una práctica continua. Podemos vivir nuestra rutina diaria mecanizados, automatizados, “comiendo, bebiendo, casándonos”, haciendo las cosas porque “es lo que toca”, sin darnos cuenta de lo que hacemos, con la cabeza y el corazón en otra parte, distraídos y fuera de nuestro centro. Más aún, podemos vivir aturdidos, alienados, adormecidos en borracheras, lujurias, desenfrenos, en continuos pleitos y envidias.

O podemos vivir en atención plena, en plena conciencia, conectados al presente y a nuestra propia esencia, que es la habitación de Dios. Caminando a la luz del Señor. Escuchando interiormente -a sí mismo y a los demás y a todo cuanto nos une a la vida. Para ello, practicamos el arte de vivir despiertos.

Y ¿cómo lo hacemos? Cuando caminemos, hemos de ser conscientes que estamos caminando; cuando estemos sentados, hemos de ser conscientes que estamos sentados; cuando estemos tumbados, ser conscientes que estamos tumbados…No importa la posición en la que esté el cuerpo, el que practica ha de ser consciente de esta posición. Practicando de esta manera, se vive en una atención constante y directa del cuerpo…Sin embargo, la atención a las posturas del cuerpo no es suficiente. Hemos de ser conscientes de cada respiración, de cada movimiento, de cada sentimiento y
pensamiento, en pocas palabras, de todo aquello que tenga alguna relación con nosotros mismos.

Hemos de estar atentos a los hechos, sin juzgarlos ni evaluarlos. Hemos de conectar con los sentimientos que nos ocasionan estos hechos. Hemos de sentir nuestros sentimientos, para que ellos nos lleven a descubrir nuestras necesidades profundas, satisfechas e insatisfechas. Hemos de cuidar de nuestras necesidades. Solamente así, podremos estar atentos a escuchar compasivos las necesidades de los demás, y a contribuir a que los demás reconozcan, cubran y cuiden de sus necesidades.
Solamente así, podremos servir a la vida.

¿Vivir así es imposible? No. Es posible si practicamos. Si fue posible para Jesús, es posible para nosotros. El adviento es una invitación a vivir despiertos, encarnando la Palabra en nuestra carne. Viviendo en esa consciencia, agradecidos a Dios por el milagro de vivir, podremos experimentar que la vida sigue siendo hermosa, pase lo que pase, suceda lo que suceda. Comportándonos como en pleno día, revestidos de
nuestro Señor Jesucristo. ¡Casa de Jacob, en marcha! Caminemos a la luz del Señor.


Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

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