N.S. JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

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Lecturas: 2Sm 5, 1-3; Col 1, 12-20; Lc 23, 35-43.

Jesucristo es, sin duda, Rey del Universo, como proclama el antiquísimo himno litúrgico que Pablo cita en su carta a la comunidad de Colosas: “Cristo es la imagen de Dios invisible, el Primogénito de toda la creación, porque en El tienen su fundamento todas las cosas creadas, del cielo y de la tierra, las visibles y las invisibles, sin excluir a los tronos y dominaciones, a los principados y potestades. Todo fue creado por medio de El y para El. El existe antes que todas las cosas, y todas tienen su consistencia en El. El es también la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia. El es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que sea el primero en todo. Porque Dios quiso que en Cristo habitara toda plenitud y por El quiso reconciliar consigo todas las cosas, del cielo y de la tierra, y darles la paz por medio de su sangre derramada en la cruz.”

Este Cristo glorificado, por quien todo fue hecho, cabeza de la Iglesia, en quien habita toda plenitud, es también el Jesús crucificado, humillado y escarnecido, que entrega su vida por un reino que “no es de este mundo”. Es decir, un reino que no sigue la lógica de los reyes y poderosos de este mundo. Pues su reinado es un reinado, no de violencia, sino de servicio: “si mi reino fuera de este mundo, mis soldados habrían peleado para que no me entregaran a los judíos. Ahora bien, mi reino no es de aquí.” (Jn 18,36)

El reino de Jesús no es como los de este mundo, no sigue su misma lógica. Ya lo decía Jesús mismo a sus discípulos, “mientras disputaban entre ellos sobre quién de ellos se consideraba el más importante. Jesús les dijo: Los reyes de los paganos los tienen sometidos y los que imponen su autoridad se hacen llamar bienhechores. Vosotros no seáis así; antes bien, el más importante entre vosotros sea como el último y el que manda como el que sirve. ¿Quién es mayor? ¿El que está a la mesa o el que sirve? ¿No lo es, acaso, el que está a la mesa? Pero yo estoy en medio de vosotros como quien sirve.” (Lc 22,24-27).

Jesús se sostuvo toda su vida en el servicio humilde. Y sin embargo, en el momento más difícil y oscuro, estando en la cruz, se le presenta la última tentación, por tres veces: “los jefes se burlaban de él diciendo: Ha salvado a otros, que se salve a sí mismo, si es el Mesías, el predilecto de Dios. También los soldados se burlaban de él. Se acercaban a ofrecerle vinagre y le decían: Si eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo. Encima de él había una inscripción que decía: Éste es el rey de los judíos. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.” Con burla y con insulto, los representantes del orden establecido y sus víctimas le echan en cara a Jesús que la opción por la que vivió y se desvivió fue totalmente inútil.

“Sálvate a ti mismo… no te metas en problemas… que cada uno se rasque con sus uñas… no es tu bronca… a ti no te toca…” es lo que escuchamos de muchas maneras y en diversos tonos cuando se trata de arriesgar algo a favor de los demás. ¡Vive egoístamente centrado en ti, cuidando tus intereses, tus negocios, tus ganancias! ¡Usa lo que tienes para beneficio personal! Si puedes, medra y “agandalla”. Pues, como popularmente decimos los mexicanos: “el que no transa, no avanza…” He aquí la lógica del poder de este mundo, el afán de ganancia exclusiva y la sed de poder.

Ojalá esta lógica afectara solamente al terreno de lo individual y privado. Lo grave es que tiene repercusión mundial, como ya lo denunciaba Juan Pablo II: “entre las opiniones y actitudes opuestas a la voluntad divina y al bien del prójimo y las «estructuras» que conllevan, dos parecen ser las más características: el afán de ganancia exclusiva, por una parte; y por otra, la sed de poder, con el propósito de imponer a los demás la propia voluntad. A cada una de estas actitudes podría añadirse, para caracterizarlas aún mejor, la expresión: «a cualquier precio». En otras palabras, nos hallamos ante la absolutización de actitudes humanas, con todas sus posibles consecuencias. Ambas actitudes, aunque sean de por sí separables y cada una pueda darse sin la otra, se encuentran —en el panorama que tenemos ante nuestros ojos— indisolublemente unidas, tanto si predomina la una como la otra. Y como es obvio, no son solamente los individuos quienes pueden ser víctimas de estas dos actitudes de pecado. Pueden serlo también las Naciones y los bloques. Y esto favorece mayormente la introducción de las «estructuras de pecado», de las cuales he hablado antes. Si ciertas formas de «imperialismo» moderno se consideraran a la luz de estos criterios morales, se descubriría que bajo ciertas decisiones, aparentemente inspiradas solamente por la economía o la política, se ocultan verdaderas formas de idolatría: dinero, ideología, clase social y tecnología.”[1]

Sálvate a ti mismo y despreocúpate de los demás, parece ser la consigna del orden éste, que nos ha arrojado en una crisis económica y política mundial sin precedente. Seguir por este mismo camino se vuelve ya insostenible. El único camino para preservar la vida de nuestros pueblos, la única manera de asegurar el futuro de la humanidad y del planeta, es seguir el camino del crucificado, que antes de salvarse a sí mismo, prefirió contribuir a la salvación de los demás.

El único camino viable para nuestra común supervivencia es la cooperación mutua, no la competencia y la rivalidad. Nuestra salvación es la inter-dependencia, la solidaridad a nivel personal, nacional e internacional. No somos islas, más bien “inter-somos”. No puedo ser Yo sin Ti, mi ser no puede afincarse en tu no-ser. No podemos seguir cayendo en la tentación de salvarnos únicamente a nosotros mismos, a costa de causar la ruina y la condena de miles de hermanos. No podemos seguir edificando el progreso de unos pocos sobre la miseria de las multitudes. Esto es una irresponsabilidad y una falacia, que tarde o temprano se vendrá abajo. Nadie puede salvarse a sí mismo a costa de la desgracia de otros, nadie. Jesús tenía mucha razón cuando clamaba: “quien quiera salvar para sí mismo su vida la perderá, pero quien se arriesgue a perder su vida por mi y por el Evangelio, ése la salvará”.

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, msps.

[1] JUAN PABLO II, carta encíclica Sollicitudo Rei Socialis, en el XX Aniv de la Populorum Progressio, no. 37

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