LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR, CICLO B

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 Lecturas: Hch 1, 1-11; Ef 1, 17-23; Mc 16, 15-20.

 

La fiesta de la Ascensión del Señor es la fiesta de la exaltación de Jesús. El siervo es hecho Señor. Eso es lo que las tres lecturas de hoy expresan de diversas maneras, recurriendo a imágenes que, por supuesto, no han de tomarse a la letra. Lo que afirman las tres lecturas es que Jesús fue encumbrado a lo más alto, fue confirmado, justificado, glorificado, puesto a la derecha de Dios. A él se le concedió todo poder, en el cielo, en la tierra, en el abismo. A él toda gloria y todo honor por los siglos.

De esta manera se cierra el círculo perfecto de la misión de Jesús. Él, que siendo rico se hizo pobre por nosotros, para que nosotros nos enriqueciéramos con su pobreza, después de su humillación ha sido ensalzado por siempre. En él, Dios se hizo hombre, para que el hombre un día llegue a ser Dios. De manera que la fiesta de la Ascensión no significa únicamente la exaltación de Jesús Nazareno, crucificado, sino el “punto omega” de la humanidad entera, la plenitud de lo humano. En Jesús exaltado y glorificado, lo humano ha llegado a su punto culminante.

En la homilía XV del libro del Génesis, el sabio Orígenes de Alejandría dice: “Al leer las Sagradas Escrituras, debemos prestar atención al modo de usar los términos “subir” y “bajar” en cada uno de los pasajes. Pues si los examinamos detenidamente, descubriremos que casi nunca se dice que uno haya bajado a un lugar santo, ni se recuerda que haya uno subido a un lugar vituperable. Estas observaciones ponen de manifiesto que la divina Escritura no se ha compuesto en un estilo zafio y rudo, sino conforme a un método apropiado a la enseñanza divina y que se aplica menos a los relatos históricos que a las realidades y sentidos místicos[1].”

La carta a los Efesios nos recuerda que la Escritura dice de Jesús: “Subiendo a lo alto llevaba cautivos y repartió dones a los hombres”. Y aclara: “lo de subió, ¿qué significa, sino que bajó a lo profundo de la tierra? El que bajó es el que subió por encima de los cielos para llenar el universo.” El “bajar” y el “subir”, de acuerdo a lo que dice Orígenes, no se usan aquí con un sentido meramente local, sino místico y espiritual, un sentido que supone una lectura alegórica. ¿Cuál es ese sentido?

El sentido es que, en la glorificación de Jesús hemos sido glorificados todos. Según el pensamiento del Alejandrino, cuando se preparó este inmenso mundo, del cual los seres humanos formamos parte, se mostró al mismo tiempo –mediante la figura de la alegoría- qué elementos podían embellecer este pequeño mundo que es el ser humano, y que está llamado a cuidar de sí mismo y de todo cuanto existe. El ser humano es grandioso, posee la gloria del sol y la luna, y dispone la grandeza de resplandecer como el Sol en el reino de Dios.

Es más, en la condición del hombre hay algo todavía más eminente, que no se encuentra dicho en otra parte: “Y Dios hizo al hombre, lo hizo a imagen de Dios.” Esto no lo encontramos atribuido ni al cielo ni a la tierra, ni al sol ni a la luna ni a los astros. “Éste que ha sido hecho a imagen de Dios –dice Orígenes- es nuestro hombre interior, invisible, incorpóreo, incorruptible e inmortal; pues en tales cualidades se ve más justamente la imagen de Dios.”

Más concretamente, la imagen de Dios, a cuya semejanza ha sido hecho el hombre, es nuestro Salvador Jesucristo. “Él es el primogénito de toda criatura. De él está escrito que es el esplendor de la luz eterna y figura tangible de la sustancia de Dios; él mismo dice de sí: Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí y el que me ha visto a mí ha visto al Padre. Pues, como el que ve la imagen de alguien, ve a aquel del cual es imagen, así también mediante el Verbo de Dios, que es la imagen de Dios, ve uno a Dios.

“Así pues, el hombre fue hecho a semejanza de esta imagen, y por eso nuestro Salvador, que es la imagen de Dios, movido a compasión por el hombre que había sido hecho a su semejanza, viendo que, depuesta su imagen, había revestido la imagen del maligno, tomó, impulsado por la misericordia, la imagen del hombre y vino a él, como atestigua también el Apóstol cuando dice: Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de ser igual a Dios; sino que se vació de sí y tomó la condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres. Y mostrándose en figura humana se humilló, se hizo obediente hasta la muerte, una muerte en cruz.”

El ser humano se había desfigurado por el mal. Cristo resucitado y glorificado, Imagen perfecta de Dios, vino a devolverle al hombre su verdadera imagen. De modo que quien mira al Crucificado-Glorificado, puede mirarse a sí mismo como en un espejo blanquísimo. Y así, si se esfuerza por parecerse a Jesucristo, renovándose de día en día -según el hombre interior- a imagen de aquél que le hizo, podrá llegar a ser conforme a su cuerpo glorioso y resucitado.  “Contemplemos, por tanto –concluye Orígenes- siempre esta imagen de Dios (Jesucristo) para que podamos ser transformados a su semejanza. [2]

Estamos llamados a parecernos en todo a Jesús, haciendo y enseñando “todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido, movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo.” Estamos llamados a llegar a la misma altura a la que llegó Jesús crucificado-glorificado. Para ello, contamos con la asistencia del Espíritu Santo, pues Jesús mismo nos recomendó: “No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo.” Nos asiste la misma fuerza que asistió a Jesús, la fuerza del Espíritu Santo que se derrama abundantemente sobre todos y cada uno de los discípulos el día de Pentecostés.

 

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

 

[1] ORIGENES, HomGn, XV,1, Biblioteca de Patrística 48, Ciudad Nueva, Madrid 1999, pp. 290-291.

[2] ORÍGENES, HomGn I, 11-13, Biblioteca de Patrística 48, Ciudad Nueva, Madrid 1999, pp. 86-95.

Imagen destacada: “La ascensión del Señor”, de Giotto. 1305, Capilla de los Scrovegni, en Padua , Italia.

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