IX DOMINGO ORDINARIO

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Parece ser que la región de Galilea, sus aldeas y el entorno del lago de Genesaret, fue el lugar geográfico en donde Jesús desarrolló su actividad. Y a decir de algunos, Cafarnaúm era como su centro de operaciones, el lugar al que con frecuencia regresaba. Es allí donde sucede la curación del criado del centurión narrada en el evangelio que escuchamos hoy.

Esta curación, narrada por Mateo y Lucas, es tanto más sorprendente cuanto que el protagonista es un pagano, un centurión romano que aboga por su criado enfermo y que está a punto de morir. Todos nuestros esquemas se rompen, las etiquetas y estereotipos caen al suelo ante la fe tan grande manifestada por este hombre. Este centurión romano, que ante los judíos porta la etiqueta de pagano, opresor e imperialista, resulta ser más creyente que los mismos hijos de Israel y manifiesta mayor apertura y disposición ante Jesús que sus discípulos.

Lucas subraya el respeto con el que este romano trata a Jesús, dado que ni siquiera se atreve a entrar en contacto directo con él. Le envía a unos notables judíos a pedirle que fuese a sanar a su criado. Estos ancianos se presentan a Jesús y le ruegan insistentemente, alegando que se merecía ese favor: “Ama a nuestra nación y él mismo nos ha construido la sinagoga.” Jesús decide ir con ellos. Pero cuando ya estaban cerca de la casa, el centurión envía unos amigos donde Jesús, llevando una misiva que deja sorprendido al Maestro: “Señor, no te molestes; no soy digno de que entres bajo mi techo. Por eso yo tampoco me consideré digno de acercarme a ti. Pronuncia una palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo tengo un superior y soldados a mis órdenes. Si le digo a éste que vaya, va; al otro que venga, viene; a mi sirviente que haga esto, y lo hace.” Jesús se admira ante la fe de este centurión y exclama: “Una fe semejante no la he encontrado ni en Israel.” Y cuando los enviados vuelven a casa, encuentran al criado sano.

Esta curación nos da qué pensar acerca de los estereotipos con los que con frecuencia etiquetamos a nuestros semejantes: este es un ateo, este otro es un pagano, aquél es un enemigo del pueblo, o un opresor imperialista…con excesiva frecuencia nos etiquetamos los unos a los otros.

Las etiquetas sirven para las cajas y los archivos. Vienen bien para ordenar los objetos inanimados y los documentos, pero no sirven de mucho para describir la verdad acerca de la naturaleza viviente y cambiante de los seres humanos. Desafortunadamente, la mayoría de nosotros crecemos aprendiendo a etiquetar a la gente. Decimos, sin pensarlo mucho, que “esa mujer es muy ruidosa”, “aquél es un sujeto desagradable”, “tú eres un grosero”, “yo soy demasiado sensible”. Decimos que nuestros niños son “buenos” cuando están dormidos o no están molestando a nadie y son “malos” cuando están enojados o molestos. Desde pequeños, sabemos que cuando los padres nos dicen: “sé bueno” ellos usualmente quieren decir “Estate quieto y haz lo que te dicen. No hagas nada que ocasione que los demás se molesten.”
Etiquetar a la gente como si fuera una cosa, antes que un ser viviente en continuo cambio y evolución, se vuelve algo tan habitual que no nos damos cuenta siquiera cuando estamos etiquetando o cuando los demás nos etiquetan. Si te pones a escuchar las conversaciones en un centro comercial lleno de gente, o escuchas la mayoría de los programas de televisión, podrás escuchar con cuánta frecuencia recurrimos a las etiquetas para describir y categorizar los comportamientos de la gente.

Pero las etiquetas, además de ser inadecuadas y dolorosas, pueden convertirse en “profecías anticipadas”. Si continuamente le dices a tu hijo que es un “bueno para nada” porque no hace las cosas como a ti te gustaría que las hiciera, tu hijo puede terminar creyendo que es un “flojo” y un “bueno para nada” y actuará de acuerdo a ello: “¿Para qué me molesto intentándolo? Si de cualquier manera me ven como un flojo, es que seguramente lo soy.”

Aprendemos también a dar a los demás, sobre todo a los mayores, el poder de que nos digan lo que somos. Y después transferimos este poder a nuestros pares y a nuestra siempre presente industria de la publicidad, que ayuda a “prosperar” a la gente diciéndole que es deficiente y que necesita comprar determinados productos para ser algo más de lo que son. Y así se socava la confianza en nosotros mismos, y aprendemos a mirar hacia afuera -en lugar de mirar hacia adentro- para buscar nuestra propia valoración e identidad.

Cualquier comparación que hagamos entre las personas, o entre nuestros hijos y los de los demás, nos lleva a dinamitar su estima propia: “¿Por qué compartes tus cosas como tu hermano? Deberías ser como él, que es tan bueno y generoso.” “Ojalá tu llegues a sacar las mismas notas que tu hermana en la escuela. ¡es la más lista de su clase!”

En lugar de iluminar la propia estima y de modificar el comportamiento de las personas, las comparaciones tienen el efecto contrario. Fijan las conductas y estimulan la hostilidad, los celos, la separación, el desánimo o la rebelión, porque nuestras necesidades de ser vistos, ser escuchados, de ser respetados y aceptados tal como somos, no se ven cubiertas.

El que un centurión romano, un pagano que no pertenecía al pueblo elegido por Dios, haya manifestado una fe y una confianza tan grandes en Jesús demuestra que lo que los demás pensaban de él no correspondía a la realidad. Las etiquetas que le había colgado la sociedad eran inadecuadas. Él no era ni un pagano ni un opresor. Sus emisarios judíos reconocían: “Ama a nuestra nación y él mismo nos ha construido la sinagoga.” Y Jesús mismo exclama: “en ningún israelita he hallado una fe semejante”.

Andaríamos mucho más libres por la vida y evitaríamos un cúmulo de violencias si nos quitáramos las etiquetas. Nuestra fe en los demás sería mucho más grande si fuésemos más conscientes de los condicionamientos que tenemos al mirar a los otros. Nuestras relaciones con los demás serían mucho más hermosas y si viviéramos cada encuentro con el otro como si fuera la primera vez que nos topamos con él.

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