IV DOMINGO ORDINARIO, CICLO B

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Lecturas: Dt18, 15-20; 1Cor 7, 32-35; Mc 1, 21-28.

 

El evangelio de hoy presenta una de las actividades comunes de Jesús, atestiguadas por los evangelios: la de expulsar demonios. “A nosotros, hombres y mujeres hijos del positivismo ilustrado, nos cuesta trabajo aceptar y valorar la actividad de Jesús como curador popular y controlador de espíritus.[1]” Por eso mismo es fácil que malinterpretemos un texto como el de hoy, si nos quedamos únicamente en la literalidad del pasaje.

Jesús vivió en su entorno social una situación muy crítica: su pueblo, oprimido y acorralado de muchas maneras por el poderoso aparato tributario y militar del Imperio Romano, no encontraba una respuesta liberadora en sus líderes morales ni en la forma que les transmitían lo que -según estos mismos líderes morales- implicaba su fidelidad a la Alianza con YHWH. Ya lo denunciaba Jesús: “En la cátedra de Moisés se han sentado los letrados y los fariseos. Lo que os digan ponedlo por obra, pero no los imitéis; pues dicen y no hacen. Lían fardos pesados, difíciles de llevar, y se los cargan en la espalda a la gente, mientras ellos se niegan a moverlos con el dedo.” (Mt 23, 2-4).

Los más pobres, acosados por el endeudamiento, la exclusión y el empobrecimiento, quedaban fuera del sistema religioso farisaico, que los estigmatizaba aún más colgándoles la etiqueta de pecadores o de “gente perversa que no conoce la Ley.” Así, a la carga de su pobreza se sumaba la carga de un aparato religioso que, lejos de liberarlos y mirarlos con compasión, los excluía y los dejaba fuera del banquete de la vida y de la experiencia de la salvación.

Jesús actúa con la clara conciencia de que “el Espíritu del Señor está sobre él, porque él lo ha ungido para que dé la Buena Noticia a los pobres; lo ha enviado a anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año de gracia del Señor.” (Lc 4, 18-19). Por lo tanto, Jesús viene a liberar, viene a quitar pesadas cargas, viene a desatar cadenas y a expulsar todo aquello que atormenta a la gente y le daña.

Los “endemoniados” de tiempos de Jesús bien podían simbolizar a todos aquellos que vivían de manera más aguda la opresión del imperio romano, del sistema de injusticia instalado en su tiempo. Los “demonios”, como las legiones romanas de tiempos de Jesús, amenazaban y maltrataban sin piedad, llenaban de miedo.

Dice Ester Miquel que “Jesús fue un experto en espíritus. Su capacidad para acceder de forma controlada al mundo espiritual se fundamenta en su relación íntima con un Espíritu que él identifica como el espíritu del Dios de Israel (…) Gracias a los poderes recibidos del Espíritu que le posee, Jesús es capaz de sanar muchas enfermedades y expulsar los espíritus impuros que afligen a los sectores social o económicamente más vulnerables de Galilea (…) Tenemos razones para pensar que la población humilde de la Galilea del tiempo de Jesús atravesaba una época particularmente difícil y que, por tanto, estaba especialmente predispuesta a generar víctimas de posesiones negativas. Es pues, posible, que la vocación de exorcista de Jesús respondiera, al menos parcialmente, a una situación crítica muy concreta de su entorno social[2].”

A diferencia de los letrados y fariseos de su tiempo, Jesús nunca declaró a un paciente culpable de su propia dolencia ni buscó brujos sospechosos de haber provocado el mal. El mal que sufrían los enfermos y endemoniados no era consecuencia de sus muchos pecados, ni era castigo de Dios de ninguna manera. Podemos decir, más bien, que los casos de endemoniados eran, más bien, una simbolización dramática de la injusticia y el sufrimiento que padecía el pueblo pobre, atormentado por la violencia social imperante.

Consecuentemente, Jesús no sólo se preocupó de sanar el mal que sufrían sus pacientes, sino que puso también su energía e interés en cambiar el contexto humano donde estos pacientes se reintegraban…Lo que Jesús promovió como forma de alcanzar la salud o salvación permanente y general es la llegada del reinado de Dios: esta realidad humana transformada en una sociedad de hermanos y hermanas, donde la justicia y la paz pudieran encontrarse. En un contexto así, donde el Reinado de Dios se hiciera presente, sería posible la reintegración saludable y permanente de los enfermos sanados y los posesos liberados.

Nuestra misión es la misma de Jesús, la de ser “profetas de esperanza”. Esta misión nos la recuerda la lectura del Deuteronomio: “Yo haré surgir en medio de sus hermanos un profeta como tú. Pondré mis palabras en su boca y él dirá lo que le mande yo…” ¿Quién es hoy ese profeta, sino cada bautizado, cada hombre o mujer de buena voluntad que quiere de veras ser seguidor de Jesús en el mundo actual?

Por tanto, la invitación es clara. Así como en tiempos de Jesús, hoy también nosotros estamos llamados a construir juntos una sociedad de hermanos en la que comprendamos que aquellos que se hacen daño a sí mismos o hacen daño a los demás no es porque sean malos, perversos, injustos y pecadores, delincuentes que merezcan el castigo. Mirando las cosas con nuevos ojos, podemos comprender que los que se dañan a sí mismos o dañan a los demás es porque están sufriendo; porque ellos mismos están en una situación de gran sufrimiento y dolor. Mirarlos con compasión significa ayudarlos a liberarse de ese terrible sufrimiento que los aqueja, ayudarles a “salir de allí”, creando un contexto sanador en el que podamos afrontar cualquier tipo de abuso sin emplear la violencia, con una magnanimidad pacífica capaz de avergonzar al agresor. Una forma de vida en la que los conflictos se conviertan en oportunidades: ocasión de recuperar la dignidad, ocasión de confiar, ocasión de sabernos en las manos Buenas de un Padre que nunca nos abandona en la desgracia.

 

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

 

[1] E. MIQUEL PERICÁS, Jesús y los espíritus. Aproximación antropológica a la praxis exorcista de Jesús, Sígueme, Salamanca 2009.

[2] Ibid. p. 163 y 166-168.

 

Imagen destacada: Icono encontrado en internet, en búsqueda de la autoría.

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