IV DOMINGO ORDINARIO, CICLO A

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Lecturas: Sof 2, 3: 3, 12-13; 1Cor 1, 26-31; Mt 5,1-12.

 

 

El pasaje de Mateo que hoy escuchamos es el discurso programático de Jesús, su propuesta de vida. Una propuesta rompedora, que encontramos en las versiones de Mateo (Mt 5, 1-16) y de Lucas (Lc 6, 20-26). En su versión  -mucho más elaborada que la de Lucas- Mateo se preocupa de trazar los rasgos que han de caracterizar a los seguidores de Jesús. Esta versión es importante en estos tiempos en que la Iglesia ha de ir encontrando su estilo cristiano de estar en medio de una sociedad secularizada.

Las bienaventuranzas, según la versión de Mateo, empiezan con esta desconcertante invitación: “dichosos los que eligen ser pobres, porque de ellos es el Reino de los cielos”. Así es como habría que traducir la frase, tan frecuentemente mal interpretada de “los pobres en el espíritu”; en griego: “oi ptôjoì tô pneúmati. Jesús nos dice que son dichosas las personas de corazón sencillo, que actúan sin prepotencia ni arrogancia, sin riquezas ni esplendor, sostenidos por la autoridad humilde de Jesús. Dichosos quienes deciden ponerse de parte de los pobres, pues de ellos es ya ahora el reino de Dios.

Elegir ser pobres es una invitación desconcertante que necesita explicación. ¿Qué puede significar esto en una sociedad que nos impele a ser cada vez más competentes, poderosos y espectaculares? Significa tomarse en serio el modo de vida de Jesús, hacer propio su camino de movilidad descendente. Este modo tan suyo de “subir, bajando”.

Mateo mismo explica en su evangelio lo que significa elegir ser pobres. Podemos verlo en Mt 6, 19-34: Se trata de no atesorar, de no acumular (vv. 19-21). Se trata de ser espléndidos, generosos. Se trata de servir a Dios antes que al dinero (v. 24), de abandonarse con confianza en la Providencia (vv. 25-30). Se trata de creer en un Dios que conoce nuestras necesidades y cuida de ellas, incluso antes de que se lo pidamos (vv. 31-32). Se trata de buscar primero el Reino de Dios y su justicia, y de vivir presentes en el presente (vv. 33-34). Lo que Jesús nos pide al invitarnos a elegir ser pobres es asumir otra manera de vivir, distinta del tener siempre más y vivir siempre más confortablemente.

Cuando Jesús convocó a sus seguidores, no esperaba de ellos que estuvieran muy metidos en la Iglesia, o que fueran muy cumplidores de normas y preceptos religiosos, o que estuvieran dedicados a grandes y solemnes eucaristías, a organizar grupos y movimientos pastorales, en fin. Lo que Jesús imaginaba, quizá, es algo parecido a lo que Isaías nos dice hoy: un puñado de gente pobre y humilde, gente que busca contribuir a la vida de los demás y seguir lo que Dios quiere. Gente que busca la justicia, que busca la humildad. Gente que confía en el nombre del Señor, que intenta no cometer atrocidades ni decir mentiras. Gente en la que no se halla una lengua embustera.

De hecho, los seguidores de Jesús pertenecían en general a la gente pobre y humilde, gente ordinaria del pueblo; aunque quizá habría también algunos ricos como Zaqueo. Y las primeras comunidades también estaban mayoritariamente constituidas por gente del pueblo pobre. Un testimonio del siglo II, el “Discurso verdadero” del filósofo pagano Celso, escrito que al parecer tuvo gran fortuna, denostaba a los cristianos precisamente por su condición humilde:

“Hay una raza nueva de hombres nacidos ayer, sin patria ni tradiciones, asociados entre sí contra todas las instituciones religiosas y civiles, perseguidos por la justicia, universalmente cubiertos de infamia, pero autoglorificándose con la común execreción: son los cristianos. Todo lo que de bueno tiene su doctrina, ya otros lo han dicho mejor. Son ignorantes que dicen generalmente: ‘No examinéis, creed solamente, vuestra fe os salvará; e incluso añaden: La sabiduría de esta vida es un mal, y la locura un bien.’

“Ellos dicen: si alguno fuera ignorante, simple, inculto, pobre de espíritu, que venga a nosotros con valentía. No quieren ni saben conquistar sino a los necios, a las almas viles y sin apoyos, a los esclavos, a las pobres mujeres y a los niños; si atisban en alguna parte un grupo de niños, de mozos de flete o de gente grosera, es allí donde implantan sus reales, estacionan sus industrias y se hacen admirar. Proclaman: Quien fuera pecador, quien no tuviera inteligencia, quien sea flaco de espíritu, en una palabra, quien sea miserable, que se aproxime, el Reino de Dios le pertenece.”  

Sin duda, la visión de Celso era una interpretación sesgada de las primeras comunidades. Pero lo que dice del origen de los primeros cristianos coincide con lo que el apóstol Pablo decía a la comunidad cristiana de Corinto: “Hermanos: Consideren que entre ustedes, los que han sido llamados por Dios, no hay muchos sabios, ni muchos poderosos, ni muchos nobles, según los criterios humanos. Pues Dios ha elegido a los ignorantes de este mundo, para humillar a los sabios; a los débiles del mundo, para avergonzar a los fuertes; a los insignificantes y despreciados del mundo, es decir, a los que no valen nada, para reducir a la nada a los que valen; de manera que nadie pueda presumir delante de Dios.”

Las comunidades de seguidores de Jesús, hoy como ayer, hemos de mantenernos en este estilo de vida sencillo al que él mismo nos invitaba: personas generosas que no se dedican a acumular o a buscar el prestigio social, personas vulnerables que se saben injertadas en Cristo Jesús, a quien Dios hizo nuestra sabiduría, nuestra justicia, nuestra santificación y nuestra redención. Para que se cumpla lo que dice la Escritura: “El que se gloría que se gloríe en el Señor.”

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

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