IV DOMINGO DE PASCUA

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Empiezo mi comentario haciendo una sugerencia que, por otra parte, no es la primera vez que la hago. Se trata de incluir en el rito bautismal, en el momento de la unción con el Santo Crisma, la mención a “Cristo Pastor”. Ungiendo con el Santo Crisma el celebrante dice: “Eres miembro de Cristo sacerdote, profeta y rey”. ¿Por qué no añadir “Cristo Pastor”? ¿Por qué, el ser ungidos en nombre de Cristo Pastor, es propio solo de las autoridades? Todos somos pastores unos de otros. Que me perdone la liturgia pero yo así lo hago. Y no es capricho. Es experiencia pastoral ya que el Espíritu Santo nos unge para el “servicio pastoral”.

Es propio de Cristo Pastor buscar a la oveja perdida, pero también formar comunidad, congregar en torno al mismo Jesús que está en el centro de la comunidad y la hace posible.

Mi sugerencia no es afán de novedad sino necesidad de realizar una evangelización integral que, al decir del Papa Juan Pablo II en la Catechesi tradendae CT 18 y 19, “es una realidad rica, compleja, dinámica y compuesta de partes esenciales y diferentes entre sí que es preciso saber abarcar en la unidad de un único movimiento y que, además, hay un modo ejemplar de realizarla”.

Ese modo ejemplar lo vemos en la actuación de Jesús que realiza una pastoral misionera y otra discipuladora y que expresó admirablemente san Lucas en Hech 2, 38 y Hechos 2, 42.

San Pedro, al impulso del Espíritu, predica a Jesús muerto, resucitado, glorificado y que da el Espíritu Santo. Y ante la pregunta qué tenemos que hacer hermanos, responde: “Conviértanse, háganse bautizar en su nombre para el perdón de los pecados y recibirán el don del Espíritu Santo porque la promesa es para todos”. Este es el kerigma, el número 1 de toda actividad pastoral. La cosecha fue abundante, dice san Lucas, se convirtieron como unos tres mil, desde luego, número simbólico.

En Hechos 2, 42 nos regala el retrato de todos ellos, de la primera comunidad “que perseveraban en la enseñanza de los apóstoles (palabra), en la fracción del pan (liturgia), en la comunidad (pastoral) y no había ningún necesitado (social). Este es el número 2 de la pastoral de una manera simultánea se vive en comunidad, se crece en el conocimiento de la persona y el mensaje de Jesús, se celebra la fe y se compromete uno en la transformación evangélica de la realidad.

De manera que Jesús se nos presenta como Profeta, Pastor, Sacerdote y Rey. Y nosotros, consagrados como él por el sacramento del bautismo somos ungidos con el Santo Crisma para ser miembros de Cristo Sacerdote, Profeta, Pastor y Rey.

Pero, que nos dice el Evangelio de hoy, Jn 10, 27-30: “Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen; yo les doy vida eterna y jamás perecerán, y nadie las arrancará de mi mano. Mi Padre que me las ha dado es más que todos, y nadie puede arrancar nada de las manos de mi Padre. El Padre y yo somos uno”.

Juan propone el tema del pastor a quien hay que escuchar y creer para tener vida eterna. Éste es el plan de Dios, y no hay otra vía de salvación. El Padre y Jesús son uno porque su unión es total. Jesús es el consagrado por el Padre.

Ese “mis ovejas” tiene un no sé qué de dulce y entrañable pertenencia. ¿Podemos imaginar cómo las diría Jesús? ¿En quienes pensaría? ¿Qué proyectaría para sus ovejas? ¿Imaginamos la fuerza y calidad de su amor? Se le llenaba la boca de goza al decir: “Mis ovejas…”

Y luego, habla de un par de manos fuertes, seguras, creadoras, firmes. Mira ahora tus manos, piensa cuántas cosas puedes hacer con ellas: puedes saludar, acariciar, trabajar, curar, señalar; o puedes, al contrario, amenazar, golpear, cerrar, castigar. De ti depende lo que hagas con tus manos.

Las de Jesús y las del Padre son para cuidar, defender, ayudar, fortalecer, acariciar, llenar de ternura. Y no nos queda más que decirnos: “yo soy una de sus ovejas”, “yo estoy en las manos de Jesús”, “yo pertenezco al Señor de los Señores, al Rey de Reyes, al amor de mi vida, al sentido de mi existencia, al que es uno con el Padre misericordioso.

Y cuando Jesús dice que “nadie las arrancará de mi mano”, es que nadie puede quitarnos de ahí, ni nosotros mismos podemos salirnos. También nosotros somos uno con Jesús, como Jesús es uno con su Padre.

¡Viva nuestro buen Pastor, nuestro único Pastor, nuestro Pastor que ha venido a darnos vida y vida en abundancia!

La semana pasada escuchamos a Jesús decirle a Simón Pedro: “Pastorea mis ovejas”. Pues nos da el encargo también a nosotros. Por eso estoy dispuesto, estamos dispuestos, a dar la vida como Jesús.

Este domingo del buen Pastor era también un domingo vocacional. ¡Sí, la vocación de cada uno, claro! Pero hay por ahí una vocación específica de una especial pastoral, la sacerdotal. Órale, hermanos jóvenes, no se hagan, éntrenle a la aventura de ser sacerdotes de Jesús. No le saquen, no se arrepentirán, vale la pena… que se los digo yo. Y si es de misioneros del Espíritu Santo pues mejor que mejor. Bueno, perdón por la propaganda, pero ¡ay de mi si no lo hiciera! AMEN.

P. Sergio García Guerrero, MSpS.

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