IV DOMINGO DE PASCUA, CICLO A

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Lecturas: Hch 2,14. 36-41; I Pe 2, 20-25; Jn 10, 1-10.

 

El cuarto domingo de pascua es el domingo dedicado a la figura del Buen Pastor. Por eso, hoy escuchamos en el Evangelio estas palabras de Jesús: “En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas.” Jesús se identifica con la figura del pastor de las ovejas. Así mismo, usa el símbolo de la puerta, para hablar de su persona. Profundicemos en estas dos figuras.

Empezando por la segunda, Jesús dice: “Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto.” Hay puertas que son sólo de entrada: En una cárcel se entra, pero no se sale; en una unidad médica de cuidados intensivos se entra, pero probablemente tampoco salga uno con vida. La Iglesia no es ni una cárcel ni un hospital, y por eso ella quiere asemejarse a su Maestro. Si uno entra por ella estará a salvo; pero también podrá salir y encontrar pastos abundantes. Nos lo ha recordado, con bellas palabras, el papa Francisco: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos.”[1]

En cuanto a la figura del pastor, dice Xabier Pikaza que “la institución cristiana ha recogido la gran tradición israelita de los reyes y príncipes pastores, encargados de cuidar al pueblo de Dios. De esta forma ha elaborado una fuerte teología pastoral, donde los pastores (Papa, Obispos, Presbíteros) custodian y cuidan ovejas que deben ponerse en sus manos, para ser así dirigidas y cuidadas[2].” Pikaza nos recuerda también que “muchas veces, en vez de cuidar a su rebaño, estos pastores lo abandonan, descarrían o maltratan, como ha destacado de forma ejemplar Ez 34. Juan 10 ha retomado ese motivo, acentuando igualmente el riesgo de los malos pastores, frente a los que se sitúa Jesús, pastor-amigo que conoce de forma personal a las ovejas y entrega su vida por ellas, en donación enamorada.”

Jesús es el único Pastor que puede decir con verdad: “Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucharon…El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.”

Jesús es nuestro único Pastor, él nos ha traído vida abundante. Y nosotros, más que mansas ovejas, somos también pastores los unos de los otros, invitados como Jesús a dar la vida por los hermanos. Esto de ser mansas ovejas puestas al cuidado de diligentes pastores no hace mucho honor al espíritu de Jesús, pues en la comunidad no hay unos que estén arriba –como maestros, padres, instructores o pastores- y otros abajo como discípulos, hijos, alumnos u ovejas. Lo dijo Jesús a los dirigentes de la comunidad: “Vosotros no os hagáis llamar maestros, pues uno solo es vuestro maestro, mientras que todos vosotros sois hermanos. En la tierra a nadie llaméis padre, pues uno solo es vuestro Padre, el del cielo. Ni os llaméis instructores, pues vuestro instructor es uno sólo, el Mesías. El mayor de vosotros sea vuestro servidor.” (Mt 23, 8-11).

Nuestro único modelo es Jesús, Pastor y guardián de nuestras vidas. Él “sufrió por nosotros, dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas. El que no cometió pecado, y en cuya boca no se halló engaño; el que, al ser insultado, no respondía con insultos; al padecer, no amenazaba, sino que se ponía en manos de Aquel que juzga con justicia; el mismo que, sobre el madero, llevó nuestros pecados en su cuerpo, a fin de que, muertos a nuestros pecados, viviéramos para la justicia; con cuyas heridas hemos sido curados.”

Está claro qué actitud hemos de imitar. La del buen Pastor Jesús que nos dice con fuertes palabras: “no opongáis resistencia al que os hace el mal. Antes bien, si uno te da una bofetada en [tu] mejilla derecha, ofrécele también la otra. Al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica déjale también el manto. Si uno te obliga a caminar mil pasos, haz con él dos mil. Da a quien te pide y al que te solicite dinero prestado no lo esquives. Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos, rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre del cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos.” (Mt 5, 39-45)

Jesús nos dijo con claridad qué es lo que hemos de hacer, pero no nos dijo cómo lograrlo. ¿Es posible vivir al modo del buen Pastor? ¿es posible practicar su enseñanza y ejemplo? ¡Claro que sí! Hay una ruta práctica para hacerlo; una ruta que no está en el camino mental o del voluntarismo moral, sino en la conexión compasiva. Si nosotros permanecemos en el nivel mental -en el que nos movemos desde los juicios, las interpretaciones, los diagnósticos, las etiquetas, comparaciones y generalizaciones- solamente encontraremos enemigos a los cuales hay que eliminar, “ovejas descarriadas” a las cuales hay que exigir penitencia, o personas malas a las cuales hay que castigar para que se corrijan.

Pero si descendemos a lo profundo, aprendiendo a conectar desde el corazón, desde nuestra vulnerabilidad, desde lo que está vivo en nosotros a cada momento, aprenderemos a descubrir que frente a nosotros no hay enemigos, adversarios o rivales, sino hermanos tan necesitados como nosotros, con los cuales podemos caminar, a los cuales podemos apoyar y de los cuales podemos también recibir ayuda. En la comunidad, pues, no hay mayores ni menores, jefes y súbditos, sino hermanos que –siguiendo al único Pastor- buscan juntos el querer de Dios, querer de vida para su Pueblo.

Antonio Kuri Breña, MSpS.

[1] Evangelii gaudium no. 49.

[2] X. PIKAZA, Amor de hombre, Dios enamorado. San Juan de la Cruz, una alternativa, Desclée de Brouwer, Bilbao 2004, pp. 63-64.

Imagen destacada: El Buen Pastor.  Cristóbal García Salmerón, XVII. En el Museo del Prado, Madrid.

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