IV DOMINGO DE CUARESMA, CICLO B

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Lecturas: 2Cro 26, 14-16.19- 23; Ef 2, 4-10; Jn 3, 14-21.

 

El fragmento del libro de las Crónicas que leemos hoy es una admirable relectura de la historia del pueblo de Israel; en concreto, de uno de los momentos más dolorosos y decisivos, como lo fue el exilio en Babilonia. Digo que es admirable, porque la hermenéutica que el autor sagrado hace de tan dramático acontecimiento es muy positiva, pues lleva al pueblo a tomar conciencia de que las crisis son también oportunidad para crecer y evolucionar.

En efecto, los 50 años de largo exilio, en los que Israel lo perdió todo -su tierra, su templo, su religión, su libertad y hasta su propia identidad como pueblo- representaron a la vez un paso adelante de enormes dimensiones en su conciencia religiosa. El Pueblo comprendió que su Dios era el Dios de todos, el Dios Salvador y por tanto Creador de todo el universo; el Dios liberador que se manifiesta, no sólo a través de su pueblo elegido, sino también a través de los paganos como Ciro, rey de Persia que permitió el regreso de Israel a su tierra y la reconstrucción del templo de Jerusalén.

Para llegar a esta toma de conciencia, más universal, incluyente e integradora, el pueblo israelita hubo de pasar por una difícil prueba. ¡Ojo! No es Dios el que lo puso a prueba. Fueron sus decisiones equivocadas o –en todo caso- la dureza de algunos acontecimientos que la vida le presentó, las que constituyeron la prueba que les permitió evolucionar, en lugar de quedarse atascado en antiguos patrones de conducta.

Israel evolucionó como pueblo al darse cuenta de que la cerrazón que había mostrado, ante las saludables y a la vez incómodas advertencias de los profetas, lo había llevado a la desgracia. En la desnudez del exilio, en ese momento de oscuridad y de noche, Israel aprendió a escuchar y a descubrir que “el Señor, Dios de sus padres, los exhortaba continuamente por medio de sus mensajeros porque sentía compasión por su pueblo y quería preservar su santuario.”

Esto me lleva a pensar que el dolor, las crisis, los momentos de oscuridad y de noche en nuestras vidas son también ocasión para que la luz se manifieste de manera más plena. Precisamente esto es lo que está simbolizado en el precioso diálogo “nocturno” de Jesús con el fariseo Nicodemo.

Este hombre del partido fariseo, una autoridad entre los judíos, fue a visitar a Jesús de noche y le dijo: “Rabí, sabemos que vienes de parte de Dios como maestro, pues nadie puede hacer las señales que tú haces si Dios no está con él”. Nicodemo reconocía la autoridad del Maestro y buscaba sinceramente la verdad y la iluminación. Pero lo hacía de noche, porque sus dudas y miedos eran más poderosos que su confianza.

A pesar de ello, fue en esa noche en la que Jesús le reveló cosas, tan luminosos y profundas, como la necesidad de “nacer de nuevo para ver el reinado de Dios”, de “nacer del agua y del Espíritu”. Nicodemo se extrañó ante tal revelación y no acababa de entender las palabras de Jesús, pero él le dijo: “No te extrañes si te he dicho que hay que nacer de nuevo. El viento sopla hacia donde quiere: oyes su rumor, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así sucede con el que ha nacido del Espíritu.”

Hay que nacer de nuevo, nacer del Espíritu, para poder descubrir el viento suave de la presencia divina en los acontecimientos de nuestra vida; para saber descifrar el paso de Dios en nuestras crisis y pruebas, tal y como el pueblo de Israel aprendió a hacerlo. Hay que nacer de nuevo, nacer del Espíritu para descubrir en nuestra historia e inconmensurable amor de Dios: “tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que quien crea en él no perezca, sino tenga vida eterna.”

Echando un vistazo a nuestra historia, quizá podamos descubrir una larga lista de insatisfacciones, frustraciones, proyectos malogrados, culpas que no nos perdonamos… Pero si logramos descubrir en esos momentos -no sólo en los éxitos y bendiciones de la vida- la benevolencia de un Dios que está allí únicamente para ayudar, entonces comprenderemos que “como Moisés en el desierto levantó la serpiente, así ha de ser levantado el Crucificado, para que quien crea en él tenga vida eterna. Pues Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de él”.

El dolor no es sólo piedra de tropiezo, puede ser también lugar de iluminación. Todo depende de la lectura que seamos capaces de hacer de él. Porque la cruz es signo de amor, porque la cruz es salvación; es necedad para el que no cree, pero para el que cree es la fuerza de Dios. Estas son palabras de Pablo, que experimentó en su carne la transformación profunda de quien pasó de perseguidor a apóstol, pues comprendió que “Dios, rico en misericordia, por el gran amor que nos tuvo, estando nosotros muertos, nos dio la vida con Cristo y en Cristo. Pues por pura generosidad suya hemos sido salvados. Con Cristo y en Cristo nos ha resucitado y con él nos ha reservado un sitio en el cielo, para que se revele a los siglos venideros la extraordinaria riqueza de su gracia y la bondad con que nos trató por medio de Cristo Jesús.”

Podemos vivir en alegría nuestra vida, acogiendo todos sus matices: tiempos de luz y de oscuridad, momentos alegres o dolorosos, días de sol o noches oscuras. Todo forma parte de una unidad armoniosa en la que se manifiesta que estamos vivos “no por mérito nuestro, sino por don de Dios; no por las obras, para que nadie se jacte. Somos obra suya, creados por medio de Cristo Jesús para realizar las buenas acciones que Dios nos había asignado como tarea.”

Ser capaces de realizar una interpretación positiva de todos los acontecimientos de nuestra vida, depende únicamente de nosotros y de nuestra fe en el Dios Amor que nos ha sido manifestado en Jesús. Por eso dice Juan que “el que cree no es juzgado; el que no cree ya está juzgado, por no creer en el Hijo único de Dios.”

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

 Imagen destacada: Nicodemus and Jesus on a Rooftop, de Henry Ossawa Tanner 1899

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