III DOMINGO ORDINARIO, CICLO A

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Lecturas: Is 8, 23b-9,3; 1Cor 1, 10-13.17; Mt 4,12-23.

La vida de Juan el Bautista estuvo muy vinculada a la de Jesús. Jesús manifestaba un gran respeto hacia Juan; eso es lo que traslucen estas palabras: “¿Qué salisteis a contemplar en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento?¿Qué salisteis a ver? ¿Un hombre elegantemente vestido? Mirad, los que visten elegantemente habitan en los palacios reales. Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Os digo que sí, y más que profeta. A éste se refiere lo que está escrito: Mira, yo envío por delante a mi mensajero para que te prepare el camino. Os aseguro, de los nacidos de mujer no ha surgido aún alguien mayor que Juan el Bautista. Y sin embargo, el último en el reino de Dios es mayor que él.” (Mt 11,7-11)

Y es que Juan, de alguna manera, fue el maestro que dio respuesta a la búsqueda de Jesús y que le inició en su camino. Jesús admiraba a Juan, la figura del Bautista dejó una huella profunda en su vida. Por eso, al enterarse Jesús de que Juan había sido arrestado, seguramente se sintió muy consternado, se retiró a Galilea, y dejando el pueblo de Nazaret, se fue a vivir a Cafarnaúm, junto al lago, en territorio de Zabulón y Neftalí.” Jesús supo leer este trágico acontecimiento como una señal del Cielo, que le decía: han arrestado al profeta, ahora te toca a ti continuar con la misión de anunciar la Buena noticia del Reino.

Desde entonces comenzó Jesús a predicar, diciendo: “Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos.” El evangelista ve cumplida la profecía de Isaías en este acontecimiento: “Si en días pasados el Señor humilló el país de Zabulón y el país de Neftalí, en días futuros llenará de gloria el camino del mar, allende el Jordán, la comarca de los paganos.

“El pueblo que caminaba a oscuras vio una luz intensa, los que habitaban un país de sombras se inundaron de luz.

“Acreciste la alegría, aumentaste el gozo: gozan en tu presencia, como se goza en la siega, como se alegran los que se reparten el botín. Porque la vara del opresor, el yugo de sus cargas, su bastón de mando los trituraste como el día de Madián.”

Con frecuencia, los evangelios simbolizan la vida de Jesús con la luz: su llegada es como un nuevo amanecer que proviene de lo alto (Lc 1, 78; 2, 32). Quien escucha a Jesús, ve la luz: “Nadie enciende un candil y lo tapa con un cacharro o lo mete debajo de la cama, sino que lo coloca en el candelero para que los que entran vean la luz.” (Lc 8,16; 11, 33). Ser salvados por Dios en Jesús es pasar de las tinieblas a la luz: “El ojo suministra luz a todo el cuerpo: por tanto, si tu ojo está sano todo tu cuerpo estará lleno de luz; pero si está enfermo, también tu cuerpo estará lleno de oscuridad. Procura que tu fuente de luz no quede oscura. Si el cuerpo entero está en la luz, sin nada de sombra, tendrá tanta luz, como cuando un candil te ilumina con su resplandor.” (Lc 11, 34-36)

El Evangelio de Juan es el que más destaca el símbolo de la luz para hablar de Jesús: Él es la luz del mundo (Jn 8, 12; 9, 5; 12, 35ss.46). Es la luz que ilumina a quien viene a este mundo, haciendo visible la luz en medio de las tinieblas (Jn 3, 19ss). En la venida de la luz, que es Jesús, se afirma la irrupción victoriosa de la luz divina en el mundo entenebrecido. Nosotros hemos de decidirnos, aquí y ahora, por pertenecer a la luz y abandonar las tinieblas.

El símbolo de la luz y de la visión es recogido también por los Padres de la Iglesia, como Ireneo. En frase famosísima, el obispo de Lyón dice: “La gloria de Dios es el hombre vivo, y la vida del hombre es la visión de Dios”[1] La salvación consiste en capacidad de conocer a Dios, de ver a Dios y ser iluminados por su luz.

Aquí el ver y el conocer tienen un sentido bíblico. No se trata de un conocimiento teórico o académico, ni de un conocimiento como posesión de la realidad y como prueba de existencia. El conocimiento es un acto de comunicación y un principio de relación. El conocimiento no puede quedar reducido a una función noética e intelectual, sino que tiene que ver más bien con una comunión interpersonal. Conocer a Dios y ser conocido por él (1 Cor 8, 3; 13, 12; Gal 4, 9; Jn 17, 3) significa establecer una relación íntima con él, estar en su presencia, participar de su vida; es una comunión existencial. La visión engendra la semejanza con la persona o realidad que es contemplada (cfr. 1 Cor 13, 12; 1 Jn 3, 2).

Jesús es la luz que viene a este mundo. Quien camina con él no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. Quien entra en relación con Jesús entra también en relación íntima con Dios. Y esa luz es expansiva y sanadora. Por eso Jesús “andaba por toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando la buena nueva del Reino de Dios y curando a la gente de toda enfermedad y dolencia.”

Para que esta luz se siga expandiendo y siga sanando, Jesús sigue llamando a otros a continuar su misión. Ayer llamó a Simón Pedro y a Andrés, a Santiago y a Juan hijos de Zebedeo, y ellos le siguieron. También llamó a Pablo “a predicar el Evangelio, y esto no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo.” Hoy nos llama a nosotros, a ti y a mi, para que le conozcamos y sigamos comunicando su luz, pues “no se enciende un candil para tenerlo escondido o bajo un cacharro, sino que se pone en el candelero para que los que entran vean la luz.”

Pertenecer a la luz, que es Jesús, y permanecer en ella; conocer a Dios y ser conocidos por él; relacionarnos con Jesús hasta llegar a la comunión íntima y existencial con él, ésa es nuestra misión común. Y esta no es una misión imposible o inalcanzable, propia solo de grandes místicos. No hace falta mucho para lograrla; lo único necesario es silenciarnos de vez en cuando, pues como dijo Thomas Keating: “El silencio es el lenguaje que Dios habla. Todo lo demás es una mala traducción.” Y también hace falta pasar por la vida haciendo el bien. Eso es todo.

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

[1] (Ad Haer. IV 20, 7)

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