III DOMINGO DE PASCUA, CICLO A

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Lecturas: Hch 2,14. 22-33; I Pe 1,17-21; Lc 24,13-35

 

A pesar de que “Jesús de Nazaret fue un hombre acreditado por Dios, mediante los milagros, prodigios y señales que Dios realizó por medio de Él”, su vida terminó a los ojos de muchos en un fracaso total. En efecto, Jesús fue entregado por las autoridades de su pueblo; los Sumos Sacerdotes “utilizaron a los paganos para clavarlo en la cruz.” La breve e intensa vida de Jesús desembocó en una muerte infame.

Sin embargo, para quienes creyeron en él, la cosa no terminó así. Ellos afirman con convicción que “Dios resucitó a Jesús, rompiendo las ataduras de la muerte, ya que no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio.” Para sostener esta afirmación hacen alusión a lo que dice el Rey David, refiriéndose a Él: “Yo veía constantemente al Señor delante de mí, puesto que Él está a mí lado para que yo no tropiece. Por eso se alegra mi corazón y mi lengua se alboroza; por eso también mi cuerpo vivirá en la esperanza, porque tú, Señor, no me abandonarás a la muerte, ni dejarás que tu santo sufra la corrupción. Me has enseñado el sendero de la vida y me saciarás de gozo en tu presencia.”

Así pues, Jesús vive, según el testimonio de sus discípulos. Su resurrección ha trastocado de raíz nuestra vida, no sólo en referencia a la muerte física, sino al presente que nos toca vivir. Él nos ha enseñado el sendero de la vida. Él está a nuestro lado para que no tropecemos. Él “no fue abandonado a la muerte ni sufrió la corrupción”, sino que resucitó. Por estos motivos podemos “vivir con confianza filial en nuestro peregrinar sobre la tierra”, pues “nuestra fe ha de ser esperanza en Dios.”

¿Qué significa esto en lo concreto? Significa vivir nuestra vida sabiendo que Jesús camina a nuestro lado, como lo hizo con los discípulos de Emaús. “Él nos explica las Escrituras y parte para nosotros el pan.[1]” Él nos acompaña y nos permite vivir conectados, en comprensión y compasión.

El encuentro de Jesús con los caminantes de Emaús, que escuchamos en el Evangelio, es un camino que nos muestra lo que significa vivir así. En primer lugar, hemos de quitarnos las vendas y obstáculos que nos impiden reconocer a Jesús caminando a nuestro lado. Nos puede pasar como a los discípulos, que “iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.”

Los discípulos traían sus expectativas frustradas: “nosotros esperábamos que él fuera el libertador de Israel…y ya ves, van tres días que estas cosas sucedieron…” Sus creencias y formaciones mentales les impedían hacerse cargo de sus sentimientos y necesidades, les impedían abrirse a la novedad que les presentaba Jesús. Por eso, sus ojos no eran capaces de reconocer a Jesús, que caminaba a su lado. Es importante diferenciar lo que sentimos de lo que pensamos, creemos u opinamos; y distinguir nuestros sentimientos de los juicios ocultos, y las historias que nosotros mismos nos contamos acerca de lo que sucede.

Jesús ayuda a los discípulos a conectarse con ellos mismos. Él no juzga ni evalúa la actitud de los discípulos, no les reprocha que lo hayan abandonado, no les lanza un regaño moralista, sino que se acerca y se pone a caminar con ellos. Jesús ayuda a sus discípulos a tomar conciencia de sus sentimientos de desolación y pesimismo cuando les pregunta: “¿qué conversación es esa que traen ustedes tan llenos de tristeza?”

Y una vez que ellos conectan con su experiencia emocional interna, Jesús les alerta, les sacude y les llama la atención para que conecten en mayor profundidad, descubriendo lo que está vivo en él mismo y en ellos, sus propias necesidades y las necesidades de los discípulos. Por eso les dice: “¿No era necesario que el Mesías padeciera todo esto para entrar en su gloria?”

Con esta expresión Jesús les invita -no a echarse la culpa, lo que les hace sentirse desanimados, tristes, sin esperanza; tampoco a culpar a otros y verlos como enemigos- sino a darse cuenta de sus propios sentimientos y necesidades. Y también a descubrir las necesidades del mismo Jesús. La necesidad de los discípulos era hacer el duelo y saberse acompañados de manera nueva. A su vez, la necesidad de Jesús era amar hasta el extremo de padecer y dar su vida, por fidelidad a Dios y solidaridad con los suyos.

Una vez que conectan en profundidad con ellos mismos y con el Maestro, los discípulos hacen una petición a Jesús. Esta petición cuida de su necesidad de ser acompañados de manera nueva. Le dicen: “¡Quédate con nosotros, la tarde está cayendo! Él entró, para quedarse con ellos.” Jesús se queda con los suyos de manera nueva en el pan partido y compartido, en la comunidad reunida en Su Nombre. Desde entonces, cumple su promesa: “Cuando dos o más se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20).

Jesús también hace su propia petición a los discípulos cuando, sentado a la mesa con ellos, toma el pan, pronuncia la bendición, lo parte y se lo da. Con este gesto Jesús les pide: hagan esto mismo que yo hice, amen a mi manera y entréguense haciendo memoria de mí.

Una vez que los discípulos han hecho este camino de conexión profunda, llevados de la mano de su Maestro, entonces “se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció. Ellos comentaron: ¿no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las escrituras?” Si conectamos en profundidad, también nosotros podremos sentir cómo arde nuestro corazón cada vez que nos encontramos con el Resucitado en la fracción del pan, en la asamblea reunida, en nuestros encuentros cotidianos con todas las personas.

Antonio Kuri Breña, MSpS.

[1] Frase tomada de la plegaria eucarística V

Imagen destacada: Los discípulos de Emaús o Cena in Emmaus, de Caravaggio, 1596-1602,

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