III DOMINGO DE CUARESMA, CICLO A

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Lecturas: Ex 17, 3-7; Rom 5, 1-2.5- 8; Jn 4, 5-42.

 

La lectura del Éxodo, que escuchamos hoy, nos recuerda un momento fuerte de tentación para el pueblo de Israel en su largo peregrinar por el desierto. Los Israelitas se preguntaron: “¿Está o no está el Señor con nosotros?” ¡Cuántas veces, en nuestras crisis y nuestras noches oscuras nos habremos hecho la misma pregunta! ¿Está o no está el Señor con nosotros?

La respuesta del apóstol Pablo es contundente. Partiendo de su propia experiencia de encuentro con el Resucitado, nos responde. ¡Claro que está! Siempre está, pase lo que pase y suceda lo que suceda. La prueba más grande la tenemos en su entrega hasta la muerte en cruz. Pablo dice: “Difícilmente habrá alguien que quiera morir por un justo, aunque puede haber alguno que esté dispuesto a morir por una persona sumamente buena.” Pues la prueba de que Dios nos ama y está siempre con nosotros, consiste en que “Cristo murió por nosotros, cuando aún éramos pecadores.”

Esto sí que es amor gratuito e incondicional. ¿Cómo podremos llegar a amar así? ¿Es posible? Quizá sí es posible si logramos hacer el mismo camino que se nos muestra en el encuentro de Jesús con la samaritana, que el cuarto evangelio nos narra. Este largo diálogo en el brocal del pozo de Jacob, nos describe todo un proceso de encuentro para saciar nuestra sed.

El evangelio inicia contando que “Jesús, cansado del camino, se sentó tranquilamente junto al pozo. Era mediodía. Una mujer de Samaria llegó a sacar agua. Jesús le dice: Dame de beber”. El documento de Aparecida -en su número 65- nos recuerda que son cada vez más numerosos los rostros de Cristo sediento que nos pide, como a la Samaritana, ¡dame de beber!: Las comunidades indígenas y afroamericanas. Muchas mujeres, que son excluidas en razón de su sexo, raza o situación socioeconómica. Los jóvenes sin oportunidades de progresar en sus estudios ni de entrar en el mercado del trabajo. Miles de pobres, desempleados, migrantes, desplazados, campesinos sin tierra, que buscan sobrevivir en la economía informal. Los niños y niñas sometidos a la prostitución infantil. Los millones de personas y familias que viven en la miseria e incluso pasan hambre. Quienes dependen de las drogas, las personas con capacidades diferentes, los portadores y víctima del VIH-SIDA, que sufren de soledad y se ven excluidos de la convivencia familiar y social. Las víctimas de la violencia, del terrorismo, de conflictos armados y de la inseguridad ciudadana. También los ancianos, que además de sentirse excluidos del sistema productivo, se ven muchas veces rechazados por su familia como personas incómodas e inútiles. La multitud de personas que no sólo están abajo, en la periferia o sin poder, sino que están afuera; que no son solamente explotados, sino sobrantes y desechables.

Son estas multitudes, que viven con hambre y sed de justicia (Mt 5,6), las que nos han de movilizar hacia el encuentro verdadero con Jesús, encuentro que nos lleve a la conversión, la comunión y la solidaridad. Porque ¿quién dará a beber a tantos del agua de la vida, si nosotros mismos estamos sedientos como la samaritana? ¿Y cuándo dejaremos de distraernos, queriendo saciar nuestra sed en cisternas agrietadas que no retienen el agua, en lugar de acudir a Jesús y beber del agua que él nos da, para no tener sed jamás, y para que el agua que él nos dé se convierta dentro de nosotros en manantial que brota dando vida eterna?

Para encontrarnos con Jesús y convertirnos en manantial que a otros da vida, hay que seguir el mismo proceso de la mujer samaritana. Al inicio, la mujer se sorprende: “Tú, que eres judío, ¿cómo pides de beber a una samaritana? (los judíos no se tratan con los samaritanos).” En primer lugar, hemos de liberarnos de nuestros prejuicios y etiquetas, que nos llevan a creer que nuestros hermanos de sangre, nuestros semejantes, son enemigos y adversarios.

En segundo lugar, hemos de ser desenmascarados en nuestra verdad por la voz profética de Jesús: “Le dice: Ve, llama a tu marido y vuelve acá. Le contestó la mujer: No tengo marido. Le dice Jesús: Tienes razón al decir que no tienes marido; pues has tenido cinco hombres, y el de ahora tampoco es tu marido. En eso has dicho la verdad. Le dice la mujer: Señor, veo que eres profeta.”

En seguida hemos de revisar nuestras falsas imágenes de Dios, nuestras creencias limitantes e ideas raquíticas de lo que es el culto y la adoración verdaderos. “Dice la mujer: Nuestros padres daban culto en este monte; vosotros en cambio decís que es en Jerusalén donde hay que dar culto. Le dice Jesús: Créeme, mujer, llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén se dará culto al Padre. Vosotros dais culto a lo que desconocéis, nosotros damos culto a lo que conocemos; pues la salvación procede de los judíos. Pero llega la hora, ya ha llegado, en que los que dan culto auténtico darán culto al Padre en espíritu y de verdad. Tal es el culto que busca el Padre. Dios es Espíritu y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y de verdad.”

Únicamente después de haber hecho este recorrido, la mujer llega al Encuentro. “Le dice la mujer: Sé que vendrá el Mesías -es decir, Cristo-. Cuando él venga, nos lo explicará todo. Jesús le dice: Yo soy, el que habla contigo.” Nosotros nos podemos tardar la vida entera en hacer el mismo recorrido de la samaritana. No importa. Ningún esfuerzo es inútil cuando se trata de permanecer en una práctica espiritual que nos lleve a observar y contemplar los hechos, liberándonos de nuestros juicios y prejuicios. Una práctica que nos libere también de nuestras falsas imágenes de Dios. Una práctica que nos lleve a conectar con nuestra propia verdad y a descubrir nuestras necesidades profundas, a aprender a cuidar y a cuidarnos. Una práctica que nos conduzca a tratar a los demás como a nosotros mismos, con compasión y comprensión, con escucha verdadera. Sólo así llegaremos a experimentar que “Jesús es realmente el salvador del mundo”, como la samaritana lo hizo.

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

Imagen destacada:  Jesús y la samaritana en el pozo de Giovanni Francesco Barbieri II Guercino, 1640-1641.

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