II DOMINGO ORDINARIO

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Lecturas: Is 49,3.5-6; 1Cor 1, 1-3; Jn 1, 29-34.

 

El evangelio de este domingo nos presenta la versión que en el cuarto evangelio corresponde al bautismo de Jesús. El testimonio que el evangelista pone en boca de Juan el Bautista es elocuente: Jesús es el Cordero de Dios, que carga con el dolor del mundo, con esa dimensión oscura de la realidad humana llamada en términos religiosos, el pecado del mundo. Es decir, carga con todo aquello que rompe con nuestra armonía, que nos hace sufrir, que nos aliena de nuestro ser esencial.

Juan reconoce humildemente que Jesús, aunque viene después de él, tiene la precedencia, “porque ya existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua, para que Él sea dado a conocer a Israel”. Juan es sólo voz que grita en el desierto, en cambio Jesús es la Palabra que Dios mismo pronuncia, Palabra Salvadora que da respuesta al dolor del mundo.

Los cuatro evangelistas coinciden en su descripción de lo que podríamos llamar “la experiencia interna” de Jesús al momento del bautismo. Jesús toma conciencia de ser portador del Espíritu: sobre él baja y se posa el Espíritu Santo. Él ha sido ungido con ese Espíritu “para dar buenas noticias a los pobres, ha sido enviado a anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año de gracia del Señor.” (Lc 4, 18-19).

Eso justamente es lo que testimonia Juan bautista: “Vi al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre Él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja y se posa el Espíritu Santo, ése es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo’. Pues bien, yo lo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios.”

En el momento de su bautismo, Jesús ha escuchado que Dios le dice: “tú eres mi hijo muy amado, en ti tengo toda mi alegría”. Jesús sabe que, por su medio, Dios “ha rasgado los cielos y ha bajado”, ha roto con su silencio y ha dirigido su palabra nuevamente al Pueblo. Esta experiencia íntima es la que ha sostenido a Jesús a lo largo de toda su vida, la de saberse Hijo muy amado de Dios y portador de su Palabra.

Podemos decir que el momento de su bautismo fue para Jesús la toma de conciencia de su propia vocación y su condición de Hijo del Padre. Jesús ha sentido en su carne la voz de Dios que le dice: “Tú eres mi siervo, en ti manifestaré mi gloria”. El mismo Dios, que le ha formado desde el seno materno para que fuera su servidor y para hacer que Jacob volviera a Él y congregar a Israel en torno suyo —tanto así le honró el Señor y Dios fue su fuerza— le ha dicho: “Es poco que seas mi siervo sólo para restablecer a las tribus de Jacob y reunir a los sobrevivientes de Israel; te voy a convertir en luz de las naciones, para que mi salvación llegue hasta los últimos rincones de la tierra.”

Esta es la conciencia con la que actúa Jesús. Por su mediación, Dios rompe su silencio y vuelve a pronunciar su Palabra. Jesús es el Ungido, el hombre lleno del Espíritu de Dios. Jesús se descubre a sí mismo como Hijo muy querido: ¡Dios es su Padre y actúa en él! El bautismo de Jesús es el momento en el que germinan y dan fruto abundante -el ciento por uno- las semillas que Dios había sembrado en su amado Hijo.

Hablando metafóricamente, en la tierra de la humanidad de Jesús, en su “humus”, habían sido sembradas tres semillas desde el momento de su nacimiento: la semilla de la Palabra, pues él mismo era Palabra de Dios encarnada, el Verbo hecho carne. La semilla de la Filiación, pues él mismo era Hijo de Dios. Y la semilla de la Unción, pues como atestigua Lucas, fue anunciado a su madre que “El Espíritu Santo vendrá sobre ti…”

Estas mismas semillas que dieron fruto tan abundante en Jesús, también han sido sembradas en la tierra de nuestra humanidad, en cada uno de nosotros. Nosotros también podemos ser palabra de Dios para otros, podemos dejarnos mover por el mismo Espíritu de Jesús y, además, “no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos de verdad”. Como dice el apóstol Pablo a la comunidad de Corinto: Todos nosotros somos el pueblo santo de Dios, Dios nos ha santificado en Cristo Jesús. Todos aquellos que en cualquier lugar invocan el nombre de Cristo Jesús, Señor nuestro y Señor de ellos, cuentan con la gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de Cristo Jesús, el Señor.

Jesús descubrió su misión en el momento de su bautismo. Desde entonces, dedicó su vida a hacer fructificar lo que Dios había sembrado en él. Dichoso Jesús, pues Dios se pudo sentir orgulloso de Jesús, al punto de exclamar: “Tú eres mi hijo muy amado, en ti tengo toda mi alegría, en ti me complazco plenamente”.

Nosotros también tenemos una misión. A veces, los reveses de la vida no nos ponen fácil el descubrir esa misión o el cumplirla, sobre todo cuando de pronto cambian algunas condiciones. Cuando nos visita la enfermedad, el desempleo, los fracasos amorosos. Alguna de esas tres cosas o las tres cosas a la vez. Entonces las semillas sembradas en nuestro “humus” quedan literalmente enterradas, y la palabra que Dios nos dirige queda ensombrecida. Son momentos de tentación.

Es significativo que, en los tres evangelios sinópticos, al relato evangélico del bautismo de Jesús le siga inmediatamente el relato de las tentaciones. Marcos, por ejemplo, dice: “Inmediatamente el Espíritu lo llevó al desierto, donde pasó cuarenta días sometido a pruebas por Satanás. Vivía con las fieras y los ángeles le servían.” (Mc 1, 12-13) Y es que no cualquier manera de ejercer la misión es acorde con los pensamientos de Dios. En otras palabras, no cualquier estrategia cuida de nuestras necesidades más profundas. El camino del discernimiento consiste en eso: en encontrar los caminos concretos más acordes con nuestro “principio y fundamento”, con nuestra misión, con aquello para lo que Dios nos creó y a lo cual nos llamó. No es siempre fácil acertar con ellos.

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

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