II DOMINGO ORDINARIO, CICLO B

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Lecturas: ISm 3,3b-10.19; 1Cor 7, 29-31; Mc 1, 14-20.

 

La liturgia de este domingo nos presenta, en la primera lectura, la vocación del joven Samuel. Este pasaje nos pone frente a la cuestión de si es reconocible la voz de Dios. Cuenta la lectura que “en aquellos días, el joven Samuel servía en el templo a las órdenes del sacerdote Elí. Una noche, estando Elí acostado en su habitación y Samuel en la suya, dentro del santuario donde se encontraba el Arca de Dios, el Señor llamó a Samuel y éste respondió: “Aquí estoy”. Fue corriendo a donde estaba Elí y le dijo: “Aquí estoy, ¿Para qué me llamaste?” Respondió Elí: “Yo no te he llamado. Vuelve a acostarte”. Samuel se fue a acostar. Volvió el Señor a llamarlo y él se levantó, fue donde estaba Elí y le dijo: “Aquí estoy. ¿Para qué me llamaste?” Respondió Elí: “No te he llamado, hijo mío. Vuelve a acostarte”.

El joven Samuel aún no conocía al Señor, pues la palabra del Señor no le había sido revelada. Sólo a la tercera vez que el joven Samuel se acerca al sacerdote Elí para decirle: “Aquí estoy, ¿Para qué me llamaste?”, éste se percata de lo que sucede e instruye a Samuel diciéndole: “Ve a acostarte y si te llama alguien dile: ‘Habla, Señor, tu siervo te escucha'”.

El evangelio también muestra a Jesús llamando a los cuatro primeros discípulos. En esta ocasión, dos discípulos de Juan son guiados por su Maestro hacia Jesús. “Este es el Cordero de Dios”. Los dos discípulos, al oír estas palabras, siguieron a Jesús. Él se volvió hacía ellos y viendo que lo seguían, les preguntó: “¿Qué buscan?” Ellos le contestaron;”¿Dónde vives, Rabí?” (Rabí significa “maestro”). Él les dijo “Vengan y lo verán “. Fueron pues, vieron donde vivía y se quedaron con él ese día.

En estos dos textos se ilustra de manera hermosa la manera como Dios habla, ¿cómo reconocerlo? En primer lugar, podemos decir que son necesarias las mediaciones para reconocer la voz de Dios. En el caso de Samuel, hizo de mediador Elí; en el caso de los discípulos, hizo de mediador Juan. Ambos hombres autorizados, puesto que eran hombres familiarizados con la voz de Dios, con su querer. Maestros y maestras, profetas, acompañantes espirituales, hombres y mujeres con experiencia honda y viva espiritualidad, nos pueden ayudar a descubrir el querer de Dios.

En el caso del Evangelio, se añade un segundo elemento: la transmisión a través del testimonio. Andrés encuentra a su hermano Simón y le comunica: “Hemos visto al Mesías”. La transmisión de la fe es esencial para la pervivencia de la experiencia de Dios y de Iglesia. Muchos de nosotros hemos recibido de otros esta experiencia: de nuestros padres, de nuestros hermanos, de quienes nos han precedido. Quizá nosotros mismos podemos ayudar a que otros crean o sean confirmados en su fe.

A partir de textos como éstos, en la Tradición cristiana muchos han explorado cuáles pueden ser las reglas del discernimiento o de la discreción de espíritus. Hay muchas sentencias de los padres del desierto, que hablan sobre ello. Alguna dice, por ejemplo: “Un hermano pidió al abad Antonio: «Ruega por mi». Y el anciano le contestó: «Ni Dios ni yo tendremos compasión de ti, si tú no tienes cuidado de ti mismo y se lo pides a Dios».” Aquí se encuentra otra regla básica: cuidar de ti mismo. Dios no suplanta tu parte, más bien reafirma tu responsabilidad.

Quizá muchos tememos escuchar a Dios porque confundimos la voluntad de Dios con una serie de pesadas cargas, de normas y prohibiciones, que coartan e impiden nuestra libertad de elección. Recordemos que sólo Jesús sabe qué es lo que Dios quiere, sólo él posee el secreto de cómo desea el Padre que hagamos su voluntad. Y cuando habla de ella, lo que nos dice es que esa voluntad del Padre es su alimento y el alimento es aquello que da vida, fuerza, ánimo y crecimiento al hombre, nunca algo que disminuye o empequeñece.

La voluntad del Padre es para Jesús algo deseable, algo que él va buscando apasionadamente, algo que le llena de alegría, todo lo contrario de una losa pesada que cae encima o un conjunto de preceptos que hay que cumplir irremediablemente. Jesús ve la voluntad del Padre como un proyecto de filiación y fraternidad humana, un deseo ardiente, confiado a él, de que ninguno de sus hijos se pierda.

Jesús supo también por experiencia que el querer del Padre puede resultar a veces tan incomprensible que la única respuesta posible es un abandono incondicional. Un rendirse confiadamente ante el misterio de Alguien mayor. Por eso, cuando llegó el momento del fracaso y la agonía, Jesús vive en plenitud aquello con lo que había enseñado a orar: “Padre, si quieres, aparta de mí esta copa. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.” Pero precisamente porque se fía absolutamente del amor de Aquel a quien llama Abba se atreve a decir: “En tus manos pongo mi vida.”

Por eso en la oración del padrenuestro Jesús nos ha enseñado a decir Abba antes de atrevernos a desear cumplir su voluntad, porque sólo aquel que se siente seguro puede poner los pies en las huellas de otro, solo el que se sabe sostenido se atreve a confiarse en otras manos, solo el que conoce el corazón de aquel que le llama a entrar en un proyecto, puede acogerlo, no con la resignación obediente del esclavo, sino con la complicidad entusiasmada del hijo[1].

Escuchar a Dios y decirle confiadamente: “habla Señor, que tu siervo escucha”, es entrar en el camino de la libertad. Acoger la llamada de Jesús a seguirle es ponerse en posibilidad de disfrutar la vida sin importar los condicionamientos de cualquier clase que le vengan del exterior. Pues “para ser libres nos ha liberado Jesús.” (Gál 3,5) Jesús nos invita a liberarnos de toda esclavitud, de todo prejuicio, creencia estereotipada, condicionamiento cultural o social. Nos invita a mantenernos libres delante de todos nuestros bienes, y a elegirle a él antes que al padre, la madre, la esposa, los hijos, los hermanos o hermanas, más aún, antes que a nosotros mismos, porque nos quiere libres ante todo y ante todos. Libres y felices, pase lo que pase y suceda lo que suceda.

 

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

 

[1] Todas estas reflexiones son de Dolores Aleixandre y Teresa Berrueta.

Imagen destacada: La pesca milagrosa, de Sanzio Raffaello, en 1515

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