II DOMINGO DE CUARESMA, CICLO A

885 visitas

Lecturas: Gn 12, 1-4a; 2Tim 1, 8-10; Mt 17, 1-9

 

 

El evangelio nos narra una experiencia íntima, a modo de teofanía. Jesús manifiesta a sus tres amigos más cercanos, Pedro Santiago y Juan, su destino glorioso. Les hace comprender lo que les espera -a Él y a ellos- si se mantienen fieles a la causa del Reino. Tras el fracaso aparente de la cruz se encuentra en germen la lógica divina de la exaltación gloriosa.

Para subir hay que bajar. Eso lo sabía muy bien Jesús. Y por eso, en el texto de la Transfiguración no queda fuera la cruz del Maestro, su abajamiento y su dolor. Pero se envuelven, transfigurados en el resplandor de quien ha entrado de lleno en la Luz que está sobre toda luz. La vida de Jesús se ilumina en su divinidad, porque él ha sabido sumergirse como ningún otro en las profundidades de ese Mar en el que todos nuestros arroyos desembocan, en la inmensidad de ese Océano cuyas diversas olas son nuestras pequeñas vidas.

El “monte alto” que aparece en el Evangelio de hoy no es la montaña donde Jesús fue tentado por el diablo. Representa, más bien, la experiencia por la que podemos “ver la gloria de Dios”. Si en el Antiguo Testamento la “Gloria” del Altísimo estaba en la Tienda de la reunión y luego en el espléndido Templo de Salomón, el Nuevo Testamento nos deja claro que la Gloria divina habita en el cuerpo humilde de Jesús, en su sagrada humanidad. Por el misterio de la Encarnación, por la humanización de Dios en Jesús, podemos decir -como afirmaba San Ireneo- que “la gloria de Dios es el hombre viviente, y la vida del hombre es la visión de Dios”. Ver a Dios significa tener parte en la vida.

El texto inicia diciendo: “Seis días después…” Según Gn 1, el ser humano fue creado “al sexto día”. El texto de la Transfiguración, y todo el misterio de la Encarnación es la ratificación y la celebración de todo lo que nuestra humanidad ha logrado, desde que la especie humana apareció sobre la faz de la tierra, hace unos seis millones de años, hasta la “plenitud de los tiempos”, en la que apareció Jesús, modelo de nueva humanidad. En Jesús y por Jesús, la humanidad toda es conducida -en un proceso de acercamiento paulatino al “Increado”- desde su infancia hacia la perfección. En Jesús transfigurado resplandece la imagen del hombre perfecto, tal como fue soñado por Dios.

El ser humano no nace perfecto, va alcanzando su madurez poco a poco, hasta llegar a ser capax Dei. Tenemos ya la imagen de Dios, pero hemos de adquirir la semejanza con Él. El Espíritu Santo va acostumbrando a la carne para hacerse capaz de Dios; paralelamente, el Espíritu se acostumbra a los ritmos lentos de la carne. Pasamos de la niñez a la adultez a través de un proceso que dura toda la vida. Nuestra gran tentación ha sido siempre la de querer ser perfectos, sin contar con la fragilidad y debilidad. La biografía personal de Jesús nos recuerda que hay que observar las etapas, y que el proceso de perfeccionamiento es gradual.

Es por eso que la liturgia, que primero nos presentaba el texto de las tentaciones -que representa el lado “oscuro” del camino de perfeccionamiento del mismo Jesús- ahora nos presenta su cara luminosa. Es el mismo camino en el que el Espíritu tiene un papel protagónico, como agua que humedece nuestro barro y lo conserva moldeable para Dios.

Si el texto de las tentaciones nos presenta toda la vida de Jesús desde la perspectiva de la debilidad, la Transfiguración nos presenta toda su vida desde la perspectiva de su gloria y su grandeza. Jesús transfigurado es Jesús resucitado. Y la resurrección es un proceso continuo -que comienza ya desde ahora- y que consiste en ser creados, crecer, llegar a la adultez, ser fecundos, consolidarnos, elevarnos a la gloria, y en la gloria contemplar a nuestro Señor. En horas bajas, tenemos una lámpara que alumbra nuestra oscuridad: la certeza de que Dios, que glorificó a Jesús, también nos glorificará junto con él.

Jesús transfigurado es, pues, el hombre transformado a imagen y semejanza de Dios. El Espíritu Santo es quien opera en nosotros este proceso de transfiguración. Y este proceso se ubica en la historia y no fuera de ella: en la de cada hombre y en la de la naturaleza humana completa se opera la transformación en Cristo, Hombre perfecto y nuevo Adán. Es un proceso unitario, que recorre el AT, el NT, la eternidad incluso. El AT -decía San Ireneo- es la etapa del Espíritu profético: Dios nos anunciaba por los profetas la venida de Jesús. En el NT, Jesucristo pasó todas las edades del hombre, para que el Espíritu Santo, que él poseía en plenitud, se acostumbrara a todas las edades del hombre. En la Eternidad y bajo el Espíritu Paterno, el hombre progresará de continuo en Dios, como quien recibe de Él nuevos tesoros con que nutrir su fe, esperanza y caridad, en continua conquista.

En la transfiguración de Jesús se unen -al mismo tiempo- su destino glorioso de Hombre resucitado y su aparente fracaso de Siervo crucificado. La gloria de Dios se manifiesta oculta en la debilidad. Jesús alcanza su “gloria” por el camino paciente del servicio oculto, del sufrimiento y la entrega amorosa hasta la cruz. En la Transfiguración, la misma frase que le dirigió el Padre a Jesús en su bautismo, nos la dirige a nosotros, sus discípulos: “Éste es mi Hijo querido, mi predilecto. Escuchadle”.

Escuchar a Jesús significa seguirle en la cruz, que es el momento de su glorificación. No hemos de olvidar nunca esto, pues a nosotros nos sucede lo mismo que al apóstol Pedro: queremos retener los momentos de ganancia, pero nos cuesta asumir la pérdida. Pero no se puede separar luz y oscuridad, dolor y gozo, muerte y resurrección. La propuesta del evangelio nos invita a romper con nuestro ganar, poseer y conservar siempre, para arriesgarnos en la pérdida, el derroche y la entrega, sin más garantía que la Palabra del Señor. En definitiva, vivir las bienaventuranzas es vivir como transfigurados: Ponernos de parte de los pobres, esforzarnos en ser misericordiosos y limpios de corazón, trabajar por la paz…Esas son las actitudes que nos llevarán, como a Jesús, a la transfiguración.

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

Imagen destacada:  La trasfigurazione de Rafael Sanzio,  1517-1520.

Comentar

¡Hola! ¿En qué podemos ayudarte?
Powered by