I DOMINGO DE CUARESMA, CICLO C

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Lecturas: Dt 26, 4-10; Rom 10, 8-13; Lc 4, 1-13.

El evangelio de hoy nos presenta a Jesús tentado. “Él ha sido conducido al desierto inmediatamente después de su bautismo, con la palabra del Padre resonando en su corazón: Tú eres mi hijo amado…, pero ahora va a escuchar otras palabras que intentan convencerle de que no ponga su centro en este amor, sino en el poder, la vida fácil, la fama, las posesiones. Pero Jesús ha tomado una conciencia tan plena de su ser de Hijo, la Palabra del Padre le ha dado tanta seguridad y ha iluminado de tal manera su mirada, que ya le es imposible confundir a Dios con los falsos ídolos que le presenta el tentador: un dios en busca de un mago y no de un hijo; un dios contaminado por las peores pretensiones de la condición humana: poseer, brillar, hacer ostentación de poder, ejercer dominio.

“Frente al ídolo del poder y del tener, él se mantiene en pie; frente al deseo de utilizar su condición de Hijo en su propio beneficio, elige el camino de la obediencia; frente al discurso del éxito y de la fama, él elige el servicio. No ha venido para que lo lleven en volandas los ángeles, sino para cargar sobre sus hombros a la oveja perdida (Mt 15,5); no va a convertir las piedras en panes, sino a entregarse él mismo como Pan de vida (Jn 6, 51); sus manos no se van a cerrar con avidez sobre las riquezas porque las necesita libres para levantar a los caídos, sanar heridos o lavar pies cansados del camino; no va a cambiar la perla preciosa del Reino que le ha confiado el Padre por los otros reinos que el tentador le muestra desde el monte[1].”

Jesús pudo vencer la tentación porque se cimentó en el propósito para el cual había sido enviado. Se fió de la Palabra que había sido pronunciada en su interior: “Tú eres mi Hijo, el amado.” Israel también es invitado a recordar el mensaje liberador que había sido pronunciado en su propia historia de salvación: “Un arameo errante era mi padre. Bajó a Egipto y allí vivió como emigrante con un puñado de personas, convirtiéndose en una nación grande, fuerte y numerosa. Pero los egipcios nos maltrataron, nos hicieron sufrir y nos impusieron una dura esclavitud. Entonces clamamos al Señor, Dios de nuestros antepasados, y él escuchó nuestras súplicas y vio nuestra miseria, nuestras fatigas y nuestra opresión. Por eso el Señor nos sacó de Egipto con gran poder y destreza sin igual, con terribles portentos, señales y prodigios; nos condujo a este lugar y nos dio esta tierra que mana leche y miel.”

Al decir que no al tentador, Jesús estaba diciendo que sí al Proyecto de vida de su Dios. Al decir que no a los Baales, a los dioses de sus vecinos, Israel estaba diciendo que sí al deseo liberador de YHWH para su pueblo. Nosotros también podemos decir que no a la tentación si recordamos a qué le estamos diciendo que sí. Decimos que sí a vivir no sólo de pan, sino del gozo de compartir con los demás lo que somos y lo que tenemos. Decimos que sí a la fraternidad y al servicio humilde; decimos que sí a una sociedad sin poderosos ni grandes que opriman a los pequeños, en la que sólo Dios sea adorado. Decimos que sí a asumir el riesgo de tomar la propia responsabilidad de nuestros pensamientos, sentimientos y necesidades, de nuestras acciones y de nuestras relaciones, sin pretender que los ángeles de Dios nos lleven en volandas para que nuestros pies no tropiecen con piedra alguna.

Tomar la responsabilidad en nuestros pensamientos, sentimientos y necesidades implica dirigir la atención hacia nosotros mismos, antes que al exterior. Cuando alguien hace o dice algo que no me gusta y aparece en mí una emoción inconfortable, en lugar de quedarme en el juicio contra otra persona, puedo elegir escucharme con profundidad a mí mismo y descubrir las necesidades que están debajo de mis emociones, cuidar mis propias necesidades antes que preocuparme en lo que hizo la otra persona. La energía que pongo en culpar, quejarme o juzgar al otro, la dirijo a mi interior y me pregunto: ¿qué pasa en mí? ¿cómo me siento y qué necesito? De esta manera doy una nueva interpretación a lo que esta pasando.

Una segunda dirección que me puede ayudar a dar nuevo sentido a mis emociones es sentir curiosidad hacia lo que podría estar pasando en la otra persona, y que no es la interpretación negativa que yo en principio le he atribuido con mi juicio. Si yo recuerdo que todos los seres humanos compartimos las mismas necesidades, puedo imaginar cuáles son las necesidades que están vivas en la otra persona, al momento que dice o hace eso que no me gusta. Entonces podré dar un nuevo sentido a sus acciones. Este cambio es algo que sucede dentro de mí. Al yo tomar la responsabilidad de mis propios pensamientos, sentimientos y necesidades, estoy generando una transformación interior que repercutirá después en la respuesta que yo dé al exterior.

Tomar la responsabilidad de nuestras acciones significa romper con el hábito arraigado de culpar a los demás por las cosas que elegimos hacer. Vivimos convenciéndonos de que hay infinidad de cosas que hacemos, porque tenemos que hacerlas. “No me gusta ir a trabajar pero tengo que ir”; “No me gusta mucho mi suegra pero la tengo que llamar una vez por semana, porque esto es lo que hacemos en nuestra familia”; estos son solo pequeños ejemplos. Hacemos referencia al deber, a la obligación, a los impulsos, a los hábitos… a cualquier cosa que no tiene que ver con nuestra libertad de elección. El admitir que cada vez que hago algo es porque estoy eligiendo hacerlo, es una disciplina muy difícil. Es mucho más fácil convencerme de que no tengo elección, de que “tengo que hacerlo”.

Tomar la responsabilidad de nuestras relaciones significa abrir el espacio para que tus necesidades importen tanto como las mías. Buscar juntos la manera de cuidar de ambas necesidades. No se trata de establecer relaciones de intercambio: te doy para que tú me des, sino de tomar la responsabilidad de asegurarme que, en la relación, las necesidades de ambos están cubiertas. También significa procurar que los recursos lleguen allí a donde están las necesidades. No se trata de tener una respuesta correcta a cada situación, sino mirar en cada momento dónde están los recursos y dónde están las necesidades, y permitir que los recursos fluyan hacia las necesidades. Esta es la manera de hacer que el mundo funcione de la mejor manera y en su totalidad. Esta es una manera de discernir, cuando se presente la tentación.

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.


[1] D.ALEIXANDRE, Contar a Jesús. Lectura orante de 24 textos evangélicos, Ed. CCS, Madrid 2004, p.22.

Imagen destacada: “Le tentazioni di Cristo”, de Sandro Boticelli, 1480-1482, en la Capilla Sixtina.

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