I DOMINGO DE CUARESMA, CICLO B

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Lecturas: Gn 9, 8-15; 1Pe 3, 18-22; Mc 1, 12-15.

 

Hoy leemos una parte de la famosa narración del diluvio universal. Esta es una “historia” que no es privativa del Antiguo Testamento. “El relato del diluvio, tal como es recogido en el Antiguo Testamento, debió tener su origen en la literatura próximo-oriental. De hecho, la historia del diluvio no parece haber nacido en Palestina, un terreno seco y sin apenas agua, sino que más bien parece haber sido importada de Mesopotamia, donde los ríos Tigris y el Éufrates se desbordaban periódicamente provocando inmensas inundaciones. En el sur de Mesopotamia, en torno al III milenio a.C. e inclusive antes, ya se han hallado diferentes versiones del diluvio, aunque el texto que se cita con más frecuencia es un fragmento del Poema de Gilgamesh, contenido en la tablilla XI y fechado en la segunda mitad del II milenio a.C., que parece ser la fuente de inspiración más cercana del diluvio bíblico, conocida por los hebreos al ser deportados a Babilonia en el siglo VI a.C.[1]

El que no sea un “relato original” de la Biblia hace más patente que lo verdaderamente importante del mismo es la interpretación que el autor bíblico ofrece de la historia. A diferencia del relato mesopotámico, en el que se pone hincapié en la importancia de aplacar la ira de los dioses que han decidido castigar a la humanidad con el diluvio, en el texto bíblico se resalta el compromiso que Dios mismo asume por cuidar la vida.

Para el AT, Dios es Señor de la Vida. Él mismo se compromete con una primera Alianza con los hombres y con todo ser viviente, que consiste precisamente en que “no volverán las aguas del diluvio a destruir la vida.” Dios no es enemigo a la puerta, sino aliado, amigo, protector, aquél que asegura la permanencia de la vida, el que acompaña y sustenta todo cuanto existe, para que se desarrolle y llegue a plenitud.

Este rasgo del Dios amigo de la vida se ve reforzado por la interpretación que los cristianos dieron del relato del diluvio. Ya en el NT, en la primera carta de Pedro leemos: Esa agua (del diluvio) “es símbolo del bautismo que ahora os salva, que no consiste en lavar la suciedad del cuerpo, sino en el compromiso con Dios de una conciencia limpia por la resurrección de Jesucristo.”

El agua del bautismo es un agua que da vida, que purifica y restablece. Dios no quita la vida, sino que la da a manos llenas. Dios nos acompaña y sostiene durante nuestra dimensión histórica, en la que vivimos el nacimiento y la muerte. Y nos une a su Vida en la dimensión última, en ese Eterno Presente por el que nada se pierde, sino que todo se transforma.

Los Padres de la Iglesia retomaron la interpretación neotestamentaria del diluvio y la enriquecieron, viendo que el arca que mandó hacer Dios es un símbolo de Cristo y de su Iglesia: “mandó Dios a Noé que construyese una Arca para salvarse de la inundación del Diluvio con los suyos, esto es, con su mujer, hijos, nueras y con los animales que por orden de Dios entraron con él en el Arca, lo cual es, sin duda, una figura representativa de la ciudad de Dios que peregrina en este siglo, esto es, de la Iglesia, que se va salvando y llega al puerto deseado por el leño en que estuvo suspenso el Mediador de Dios y de los hombres, el hombre Cristo Jesús, porque aun en las mismas medidas y el tamaño de su longitud, altura y anchura significan el cuerpo humano, con el cual real y verdaderamente, según estaba profetizado, había de venir y vino[2].”

Esta cita de San Agustín ya nos enlaza con el evangelio de Marcos, escueto e intenso al relatar las tentaciones de Jesús, el hombre Nuevo. Marcos dice así: “Luego el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Estuvo en él cuarenta días, siendo tentado por Satanás; estaba entre las fieras, y los ángeles le servían”.

Este texto resuena con otro famoso texto: el relato de la creación del ser humano según Génesis 2. Jesús es hombre verdadero y, como tal, es el nuevo Adán, el hombre Nuevo. Como Adán, Jesús es animado por el Espíritu, es “empujado” por Él.

Tanto en el relato del Génesis como en Marcos hay “fieras” que conviven con el hombre. Jesús aparece siendo servido por los ángeles; con esta imagen se da a entender que se recupera la armonía de la creación. El tiempo definitivo de la nueva creación, Dios lo inicia en Jesús. Jesús va a inaugurar una nueva humanidad, él es el nuevo y definitivo Adán (adam=ser humano) llevado a su plenitud en el reinado de Dios.

Tanto en el Génesis como en Marcos aparece la tentación de Satanás. La diferencia es que si Adán, estando en una situación de privilegio paradisíaco, sucumbe a la tentación, Jesús en cambio resiste a ella, aun estando en una situación de vulnerabilidad. El primer hombre, viejo Adán, encontrándose en una situación “paradisíaca” de total satisfacción, sucumbió a la primera incitación del mal. En cambio, el hombre nuevo Jesucristo, estando en una situación de “desierto”, carencia y hambre, se mantuvo firme en su fidelidad aun cuando fue tentado por tres veces.

Trasladando este ejemplo de Jesús a nuestra vida, podemos decir que la total satisfacción que nos ofrece el consumismo exacerbado, siembra en nosotros una sensación de hartazgo y vacío a la vez. Este estilo de vida consumista encuentra una alternativa en el estilo de vida entregado y fiel de Jesús. Ese estilo de vida es el que estamos invitados a reproducir.

 

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

 

[1] I. GONZÁLEZ HERNANDO, El diluvio universal, Universidad Complutense de Madrid. En: https://www.ucm.es/data/cont/docs/621-2013-11-21-6.%20Diluvio.pdf

[2] AGUSTÍN DE HIPONA, De civitate Dei, XV,26. En castellano, Ed. Porrúa, colecc. “Sepan cuántos…59, México 1979, p. 357.

 

Imagen destacada: Moretto da Brescia (Alessandro Bonvicino), Realizada en 1515–1520. La obra se encuentra actualmente en el Metropolitan Museum of Art.

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